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El Blog de Sergio del Molino

AMOEBA

AMOEBA

Habla el sabio Diego A. Manrique en su columna de los lunes en El País de las tiendas de discos, y concretamente dice esto:

Para muchos, entre los que me cuento, hay pocos recintos más sagrados que los tres establecimientos de Amoeba en California, hangares donde caben todas las músicas: aparte del stock profundo, cumplen las reglas de los precios moderados y los empleados eruditos; ellos editan incluso un fanzine donde comparten sus hallazgos. Como debe de ser.

Sagrado, no sé, pero hermoso, sin duda. Casi una maleta de vinilos llené (y gastándome relativamente pocos dólares) en el Amoeba de San Francisco, que está junto al Golden Gate Park. Uno de los momentos más dulces del viaje a California que hicimos el verano pasado. Pasamos por las tres tiendas de Amoeba: la de San Francisco, la de Berkeley y la de Los Ángeles, que está en Sunset Boulevard. Tres monumentos a los aficionados al vinilo y al rock.

Son lo más parecido a la idea platónica de una tienda de discos. Todas las demás no son más que sombras de la caverna.

Alguna vez he hablado aquí de tiendas de discos, ese mundo en extinción. Lo que no sé si he confesado alguna vez es la punzadita de dolor que me aguijonea la cara interna del esternón cada vez que paso por la Gran Vía de Madrid y noto la ausencia de Madrid Rock (puede que casi la mitad de mi discoteca haya salido de esa tienda). Ahora hay un Bershka lleno de adolescentes. Ya no queda dignidad en la Gran Vía. Snif.

La foto que cuelgo es de Rasputín, la tienda de discos vecina (pared con pared) de Amoeba en Berkeley. De Amoeba no consigo localizar ninguna imagen entre las mil y pico que tengo del viaje. Como suele pasar con los sitios que te gustan y con las ex novias, nunca encuentras fotos suyas cuando las buscas.

En Zaragoza hay un bar que nos tira bastante (aunque cierra muy pronto) que ocupa el lugar de una histórica tienda de discos. En realidad, sólo ocupa la mitad del local original (la otra mitad sigue vendiendo discos, pero ahora es un Daily Price), pero conserva su nombre: Linacero. Con muy buen gusto y criterio, todo en el bar es un homenaje al vinilo y a la memoria de aquel establecimiento, que alimentó a varias generaciones de discómanos. Las mesas son discos y las paredes están cubiertas con carteles de conciertos que cuentan la historia musical de Zaragoza desde los años 80 hasta hoy. Y, por supuesto, no faltan los imprescindibles souvenirs, más o menos simpáticos o más o menos cutres. Los más destacados: una vieja guitarra de Labordeta y un traje de concierto de Bunbury (un habitual del antro, o al menos lo era). Pero nosotros vamos, para qué engañarnos, por el jamón y la torta del Casar que sirven para cenar y por las copas heladas gigantes de cerveza que ponen en verano.

El espíritu del vinilo sigue vivo.

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3 comentarios

OYE TU CABRON -

A QUE TE CHAFO LA CAEZA!!! LINACERO ES UNA MECA SAGRADA Y BUNVURY ES DIOS, A VER SI TE COSCAS!!!!

Juan -

En el Amoeba de San Francisco me encontré hace cuatro años a Eduardo Makaroff, uno de los componentes de Gotan Project y hermano de Sergio, el brillante compositor argentino. Como un adolescente imberbe me atreví a presentarme con los previos de rigor "me encanta vuestro grupo y tengo todos vuestros discos (entonces sólo tenían uno)". Hablamos de lo increiblemente baratos que eran los discos en USA, del pequeño paraíso que era la tienda, del páramo que era Europa... la nostalgia porteña nos atrapó de inmedato. He leído tu post y, joder, es que hice entonces las mismas reflexiones que haces tú ahora. Lo de Linacero es un triste sucedáneo de lo que fue ¿no crees? Salud

Gabriel -

Pues parece que vuelven los vinilos. En menor medida que antiguamente, pero ahora es fácil encontrarse estanterias con ellos, por ejemplo en FNAC.
A mi también me apasionan, y tengo una buena colección.
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