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El Blog de Sergio del Molino

¿SOTANA O JERSEY DE CUELLO ALTO?

Alzheimer. Y galopante. Después de cenar vamos a tomar algo a un garito que aglutina a gente de todos los talantes y que, como el Monopoly, tiene público de 9 a 90 años. Antes íbamos mucho, ahora apenas lo pisamos. Una chica se me queda mirando y me saluda toda confiada. Pienso que me confunde con otro porque no me suena de nada, por más que rebusco en todas las capas de mi cerebro, pero disimulo. ¿Qué tal va todo? Bien, bien, ¿y tú?, respondo de perdido al río. Pone cara como de que no le van muy bien las cosas, a lo que yo respondo con la mejor de mis sonrisas: Bueno... esto... Rezo al dios en que no creo por que no se le ocurra contarme ninguna pena. Entonces ella hace una pregunta que demuestra que sabe a quien saluda, que no se ha equivocado: ¿Qué tal va todo por el Heraldo? No sé cómo logro zafarme de ella sin ser descortés, pero enseguida me veo en la barra, lejos del peligro. Uf, qué mal rato.

Hay temporadas en las que me pasa muy a menudo. Hay gente que me saluda, a veces con cariño sincero, y yo soy incapaz de ubicarlos en ningún mapa. Me apena mucho este problema de memoria que tengo, y sólo aspiro a que no se me note demasiado. En cualquier caso, lo curioso no es esto en sí, que supongo que es algo relativamente normal que le ha pasado a todo el mundo alguna vez, sino que estas personas suelen responder en serio a la pregunta "¿qué tal estás?". Ponen cara de circunstancias, esbozan un gesto torcido, empiezan a contarte que no encuentran curro, que su perro murió, que intentan dejar las drogas y no pueden... Qué sé yo. Horror, terror y pavor.

Mucha gente es incapaz de percibir el valor retórico de un saludo. Están deseando soltar sus miserias a la mínima de cambio, y se las largan al primero que pasa. Quizá por eso triunfan los programas como Hablar por hablar. Yo creía que triunfaban por el morbo cotilla del que escucha, pero ahora creo que es más poderosa la pulsión narradora de quien necesita desahogarse.

La pregunta es: ¿por qué yo? No me entendáis mal: me halaga que mis amigos me confíen sus miedos y sus problemas como yo se los confío a ellos, lo que no entiendo es por qué lo hacen personas a las que no les he dado una confianza previa. Quizá necesiten depender de la amabilidad de un desconocido, como Blanche DuBois.

Una de las cosas que más llaman la atención de un europeo en Estados Unidos es el ambiente de los bares nocturnos. Hay mucha gente que sale sola que no llama la atención. Lejos de interpretarse como un signo de patetismo o desesperación, los americanos salen solos con total normalidad. Y salen a conocer gente. Y se encuentran a mucha gente sola que también ha salido a conocer gente en los bares. Si tú llegas a un bar, tomas asiento en la barra y pides una cerveza, muy pronto se acercará alguien y entablará conversación contigo. Puede ser para ligar, pero lo normal es que sólo quieran charla. Cualquier excusa sirve para empezar a hablar, pero si eres extranjero el pie forzado es tu país de origen: "Tú no eres de aquí, ¿de dónde vienes?", y así empieza la charla, que puede derivar a cualquier cosa. Aunque se suele mantener en un tono hábilmente intrascendente que rehúye con naturalidad cualquier tema que pueda resultar conflictivo, especialmente la política y la religión, es fácil que acaben contándote su vida y, tras dos cervezas, ya has hecho un amigo nuevo. O has ligado. Pero se trata de una dinámica social muy fluida donde nadie busca un terapeuta de guardia: de lo que se trata es de relacionarse, no de lamentarse.

En España esto no funciona así, y lo que he comprobado es que las conversaciones etílicas que he mantenido con gente a la que he conocido en bares han resbalado rápidamente hacia la llamada de socorro. El alcohol suelta la lengua y te das cuenta de que tu interlocutor sólo busca echar fuera toda la mierda que lleva dentro, y mejor hacerlo contigo que con un amigo al que probablemente tenga ya harto. Los bares exacerban las pulsiones depresivas, y no deja de ser lógico que tus desgracias afloren cuando hay tantas personas fingiendo ser felices a tu alrededor.

Creo que tengo imán para ese perfil de hablador nocturno, y el Alzheimer que sufro al no reconocer a la gente que me saluda me hace más vulnerable. Me pillan con las defensas bajas. Así que tengo un dilema: no sé si salir por ahí con sotana y alzacuellos o con jersey de cuello alto de psicoanalista.

Exagero. Como siempre, exagero. Pero algo falla por ahí cuando tanta gente suplica ser escuchada y está tan poco interesada en escuchar.

Así me siento yo cuando me pasa una cosa de esas, como el prota de Jo, qué noche (está en inglés sin subtitular, lo siento):

 

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6 comentarios

Gumbagman -

Puedes hacer como hago yo:
a la gente que me apetece si que les digo "Hola, ¿qué tal?"; con intención de que me respondan, quizás de manera muy breve en ocasiones, pero que me respondan como se encuentran.
Por otro lado, a la gente que me la suda, coincidentes de trabajo, jefes, u otros gilipollas a los que veo habitualmente, les suelto un "Ey". Medio gritando. "Ey", mientras levanto la cabeza. Seco. Soso. Dejo fofas las cuerdas vocales. "Ey". Que me miren como diciendo "¿me estará vacilando?". "No te estoy vacilando, simplemente no me importa saber cómo estás".
Ese es mi consejo.
Por cierto, los comentarios muy buenos.
Salud

María -

Ahora comprendo tu extraña mirada del otro día, como si no me reconocieras... Y tu barba de azabache que antes no lucías... Oh cielos! Me dijo que trabajaba en el Heraldo, será verdad? Amable joven, si ves a alguien por el Heraldo con cara de rijoso y mirada lasciva, hazle saber que le espero. Siempre suya.

S. del Molino -

Yo no soy Toni, pero tú has de ser por fuerza sobrina-nieta de Corín Tellado. Tienes sus mismos adjetivos.

María -

¿No eres Toni, el apuesto joven de musculosos brazos, marmóreos pectorales y piernas de acero que me hacía crujir de placer mientras me abandonaba a la mieles del placer y la lujuria?

S. del Molino -

¿Qué perdiste tu qué entre mis brazos? Pues si quieres recuperarla, no sé donde andará. Se habrá perdido, porque yo no me quedo con esas cosas.

María -

Y yo que lo dejé todo por ti... Y yo que perdí la virginidad entre tus viriles brazos... Que dejé mi tierra por ti, que dejé mis campos y me fui lejos de allí... Y ahora no me reconoces... Nunca lo hubiera imaginado. sinceramente, Toni, me has defraudado.
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