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El Blog de Sergio del Molino

MÍSTICA NÓMADA

MÍSTICA NÓMADA

Algún día viajaré a Australia. Me lo propuse hace tiempo. No por nada en especial: no siento fascinación por los canguros, dicen que los adorables koalas huelen que apestan, debe de hacer un calor achicharrante y el alcoholismo es deporte nacional (con permiso del rugby), por no hablar de que la cerveza australiana es de las peores que he probado. Ningún escritor australiano (¿existe la literatura australiana, un equivalente a Kipling?) me ha enamorado, paso bastante de místicas aborígenes y ni siquiera mi pasión por su cima cultural, la banda AC/DC, me empuja a hacer el viaje. Mi única motivación es que es la zona del mundo más alejada de mi casa. Sólo quiero ir allí para bajar del avión, pisar el suelo y sentirme, literalmente, en la otra punta del mundo. Piensen lo que quieran, pero la distancia es una droga muy potente.

Otras personas con algo más de enjundia cerebral que yo viajaron a Australia por otros motivos. Por lo visto, hay una nutrida colonia española de inmigrantes e hijos y nietos de inmigrantes que fueron llegando allí a lo largo del siglo XX. Apenas se habla de ellos, y eso que un español en Australia tiene que llamar más la atención que en Argentina o en Venezuela. Algunos aparecen en el libro que el gran viajero Bruce Chatwin dedicó a la inmensa isla del sur, Los trazos de la canción.

El mito de creación del mundo de los aborígenes australianos se llama el Tiempo del Ensueño. Fue la época en la que sus antepasados primigenios (que no eran personas, sino animales) hicieron su primer viaje y cayeron dormidos para siempre, formando los accidentes naturales del desierto. Para ellos, una meseta no es una meseta, sino un antepasado lagarto que descansa allí. Por supuesto, son lugares sagrados, y desde que el Gobierno australiano decidió restituir el daño que la "civilización" blanca había hecho a la cultura nativa, ninguna obra pública puede destruirlos. Por eso, antes de construir una carretera o un ferrocarril, gente estudiosa de las tradiciones y creencias aborígenes recorre con ellos los lugares por donde va a transitar la vía para comprobar que están libres de obstáculos de "ensueño". Si un jefe aborigen dice que esa sima por donde va a tenderse un puente es el refugio de un antepasado canguro, el tren deberá dar un rodeo para esquivarla.

Bruce Chatwin acompaña en este libro al vigoroso y bonachón Arkadi Volchok, un hijo de emigrados rusos que tiene la misión de verificar que el nuevo ferrocarril que sale de Alice Springs no daña los territorios sagrados de los clanes. Juntos visitan comunidades esmirriadas de techos de hojalata en medio del desierto y se sumergen en un mundo extraño y decadente donde Chatwin espera encontrar respuesta a algunas de las grandes preguntas que se ha ido planteando a lo largo de su vida viajera.

La cosa es complicada porque los aborígenes tienen un concepto de "territorio" totalmente distinto al de los occidentales. Ellos son nómadas y, por tanto, sus terrenos no están parcelados ni delimitados por un área geográfica. Para ellos, el territorio es el camino del antepasado, y de todos los antepasados que han hecho ese mismo camino. Para reconocerlo y no perderse en él, la senda lleva incorporada una canción. Camino y canción van unidos: hay que caminar al ritmo de ella y, si se canta bien en el orden correcto, los accidentes geográficos que jalonan la ruta van apareciendo en ella. Son los trazos de la canción que recorren toda Australia, y cada aborigen tiene la suya.

Básicamente, el asunto es así, aunque en realidad es bastante más complejo y, a su manera, hermoso. A partir de ahí, el viajero inglés empieza a divagar sobre el nomadismo como estado natural del ser humano. Habla de las corrientes migratorias que han sido constantes a lo largo de la humanidad y de cómo el sedentarismo es causa directa de la ruina y de la decadencia de las civilizaciones. En unas páginas febriles, iluminadas quizá por una fiebre real cogida en el desierto, o de la enfermedad que le mató (el sida), que cuando escribía el libro ya tenía que estar dentro de su organismo, Chatwin divaga por terrenos pantanosos y acaba lleno hasta las cejas de barro místico y primigenio. De nuevo el buen salvaje, de nuevo la culpabilidad del hombre blanco, de nuevo el rasero moral, los puros contra los pecadores y gordos sedentarios, los celosos guardianes de un territorio arbitrario y los felices y ácratas moradores de los caminos. Etimologías, hallazgos arqueológicos, pasajes de Darwin, filosofía pascaliana, poemas de Coleridge... Una batería apabullante de confusa erudición se amontona ante el lector con el único fin de demostrar que el estado natural del ser humano es el viaje y el nomadismo. Yo lo leo como un intento desesperado y agónico de alguien que sabe que va a morir pronto por darle un sentido a toda una vida dedicada a los viajes. No deja de ser hermoso a su manera, como los trazos de la canción.

Dice Pascal, citado por Chatwin, que los problemas del mundo se originan porque el ser humano es incapaz de estar un día entero encerrado en su habitación sin hacer nada. Esa comezón, ese impulso desesperado que todos sentimos por salir de casa y caminar es, para Chatwin, un débil reflejo de nuestros orígenes nómadas. Son nuestros antepasados que nos gritan a través de los genes que debemos seguir caminando. Por supuesto, se aparta de la ciencia y de la filosofía y se adentra en cenagosos mundos de fe y espiritualidad. O de como se quiera llamar. Su escritura se mete en el tuétano del sentimiento, retorciendo las palabras de la gente sensata y sabia. ¿No es eso, al fin y al cabo, lo que esperamos de la literatura?

Ahora tengo un motivo más para viajar a Australia.

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