Blogia
El Blog de Sergio del Molino

DE TURISMO POR ZARAGOZA

Cuando el ejército se ha retirado y ha dejado de ocupar el centro de la ciudad, hemos salido de nuestra madriguera para disfrutar del paisaje de después de la batalla. Teníamos que ir a recoger las acreditaciones de prensa para la Expo y, con la excusa, nos hemos dado un laaaaargo paseo de esos que nunca damos. El centro de acreditaciones de la Expo estaba a reventar de periodistas: el domingo abría exclusivamente para gestionar las acreditaciones de prensa, así que nos hemos encontrado unos cuantos conocidos haciendo cola, claro que seguramente nadie aparte de mí ha tenido que soportar la humillación de la que he sido víctima. ¡Me han hecho un lifting en la foto de mi acreditación! Alguien ha photoshopeado la imagen y la ha estirado. Estoy apepinado, como Blas. No sé cómo tomármelo, la verdad. Espero que para utilizar el pase no tenga que apepinarme la cabeza para que el de la puerta no diga que el de la foto no soy yo. Cris, en cambio, sale estupenda, con proporciones de terrícola.

Con los deberes burocráticos hechos y toda una tarde de domingo sin militares desfiladores por delante, decidimos hacer turismo en nuestra propia ciudad, así que echamos a andar por los alrededores de la Expo y cruzamos la nueva pasarela del Pincho, de Manterola, que es fantástica. Desde allí se ve un skyline maravilloso de la Expo, y hemos constatado con tristeza lo que ya sabíamos, que la joya arquitectónica de la nueva Zaragoza, el Pabellón Puente de Zaha Hadid, se pierde entre la maleza. No hay forma de obtener una perspectiva suya decente. O se lo comen los edificios de la Expo, o se lo traga el gigantesco Puente del Milenio, demasiado cercano. Una pena, porque me han explicado que, arquitectónicamente, aquello es la bomba.

Íbamos a ponernos a despotricar, a expulsar algo de bilis municipal, pero el día estaba demasiado dominguero para cabrearse y estábamos en medio de algo fantástico: las riberas del Ebro llenas de zaragozanos y de algún que otro guiri. Tras décadas y décadas de tratar al río como un estercolero, al fin ha vuelto a formar parte de la vida de la ciudad. Aquello parecía la pradera de San Isidro en un tapiz de Goya: miles de personas encantadas de poder pasear y de retozar en la hierba a la orilla de un río que ya no hiede, aunque baja chocolatoso. Nos acordamos de París, de Toulouse, de Burdeos, de todos esos sitios donde la gente se sienta junto al río y deja pasar las horas. Me conformaría con que la Expo dejara como legado un río integrado al fin en Zaragoza. Ojalá ir al Ebro se convierta pronto en una rutina para todos. Eso sí, se echan de menos algunas cosillas básicas. Con mucho esfuerzo, y tras olfatear como sabuesos, hemos dado con una terraza orillera donde reponer energías con unos enormes y helados zumos de cebada. Las riberas están estupendas, los parques son maravillosos y los paseos al borde del agua, de puta madre. Pero faltan abrevaderos. No sólo vamos a ir al río a solazarnos y a meditar: muchos meditamos mejor con una jarra de cerveza y una ración de calamares. Por favor, más chiringuitos, señores munícipes.

Zaragoza ha mutado de forma bestial. En muchos aspectos, no es ni sombra de lo que era hace cuatro años. Mi trabajo me obliga a patearme bastante la ciudad. Puedo decir que no hay barrio ni rincón que no conozca, y en todos he estado por mil motivos y excusas diferentes. Pero ni cuando la pateo trabajando -porque la percibo de forma utilitaria, hago la faena, me monto en el taxi y me largo- ni cuando la pateo por placer nocturno -porque ya nos la sabemos, caminamos sobre seguro por abrevaderos hogareños- soy del todo consciente de lo muchísimo que ha cambiado. En este paseo, que hemos decidido hacer con ojos y modales de turista, nos hemos dado cuenta al fin de todo lo que está pasando.

Y también de lo que queda por hacer. Cuando hemos vuelto al centro y nos hemos adentrado por el Casco Histórico hemos vuelto a caer en la cuenta de que ha quedado marginado del cambio. No del todo, pero prácticamente. Se ha perdido una oportunidad irrepetible de inyectarle vida al corazón palpitante de la ciudad. Muchos de los proyectos que rondan desde hace décadas se han quedado sin hacer o se han hecho a medias: ¿por qué no se ha aprovechado para montar un museo de arte contemporáneo digno de ese nombre en uno de esos maravillosos palacios renacentistas que se caen a trozos? ¿Qué pasa con San Pablo, ese Barrio Chino local que no termina de tirar para adelante? Está muy bien que los millonazos de la Expo se hayan invertido en crear la red de Cercanías (que hace mucha falta), en mejorar los colapsados accesos y las rondas de circunvalación y en equipar los barrios periféricos tradicionalmente más marginales y deteriorados, como Oliver o La Almozara. Pero, ¿tanto costaba pensar en la Zaragoza de todos, la que pisaban los romanos, la que la artillería francesa convirtió en escombros hace 200 años?

Belloch, tan fanfarrón como siempre, dice que tras la Expo, Zaragoza será la tercera ciudad de España. O no conoce nada su país o no sé cómo puede decir algo así sin descojonarse. Sí, arquitectónica y urbanísticamente, la ciudad tendrá unas cuantas cosas que enseñarle al mundo. Pero nada más. ¿Se ha dado Belloch una vuelta por Valencia? ¿Ha visto el Barrio del Carmen, lleno de vida a cualquier hora del día o de la noche? ¿Ha estado en Bilbao, más allá del Guggenheim? ¿Ha visto cómo se ha transformado el corredor industrial de la ría, cómo se ha reinventado tras la reconversión? ¿Conoce Sevilla, ha visitado alguna vez Córdoba? Incluso Málaga, que sigue teniendo unos problemas sociales gordísimos y más propios de Senegal que de la novena potencia económica mundial, ha dado un giro a su centro histórico, con una calle Larios viva y bien viva a todas horas. Lo de la Expo es espectacular, lo reconozco, pero seguimos siendo un páramo en muchos otros aspectos. Un páramo confortable y acogedor. Se vive muy bien aquí, pero se echan de menos la garra, el nervio y la ilusión que se respiran en otros sitios. Una actuación seria y creíble en el Casco quizás haría que las palabras de Belloch no sonaran a coña.

Pero qué sabré yo, que sólo soy un turista cansado de caminar.

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres
¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres

2 comentarios

Severiano -

Hace treinta años yo tenía 18 y fui al concierto de Quilapaýun que el sábado 31 de mayo se repitió en el Auditorio. A juzgar por el ambientazo, se diría que fuimos los mismos, la flor y nata de la juventud roja de aquel entonces. En aquellos tiempos se hablaba de libertad y amnistía, en la repetición la gente hablaba del colesterol y de cómo están tus chicos, en la universidad ya, supongo.

Hace años que vivo fuera de Zaragoza, pero no pude resistir la tentación cuando mi hermana me dijo que Quilapayún ofrecía de nuevo la Cantata de Santa María de Iquique, de modo que cogí el tren y me presenté en mi ciudad para pasar un fin de semana en el que, de manera insospechada, se ha unido lo antiguo y lo moderno. Hace treinta años, donde ahora el Corte Inglés había un colegio de monjas, con eso lo digo todo, y el Camino de las Torres era en buena parte, todavía, un auténtico camino con auténticas torres (o sea –para los de fuera- huertas valladas con una casa para vivienda). Todo el Actur eran huertas y campos de cereal, con acequias festoneadas de cañaverales, y el barrio de Ranillas un puñado de humildes casas bajas con corral en el que convivían desde siempre payos y gitanos.

El domingo por la mañana descubrí, como miles de zaragozanos, el hermoso paseo que se extiende desde el puente de Piedra hasta la pasarela del Pincho, con el magnífico parque de Ranillas, pasando junto al retranqueado club Helios. La enorme masa de agua que lleva el Ebro estos días es un espectáculo en sí misma. Desde la pasarela, un montón de gente miramos la Expo con curiosidad y casi con entusiasmo. ¿Estará lista a tiempo? Paseamos por el barrio de la Almozara, antaño el infecto barrio de la Química, ahora un barrio limpio, bonito, ordenado.

Por la tarde tomo un taxi para ir a la estación de Delicias, de regreso a casa. El taxista fuerza la conversación (no soy muy amigo de pegar la hebra con los del gremio) y para mi asombro descubro que está encantado con la Expo, todo le parece magnífico, incluso habla bien del alcalde y del Gobierno. Sin más demoscopia, subo al tren convencido de que la Expo va a ser un éxito. Ya ha sido un éxito: la conquista de las riberas del río para el esparcimiento de los vecinos (y las vecinas) es un paso decisivo en el desarrollo de la ciudad. Lo que falta, realmente, es una recuperación integral del barrio de San Pablo. Durante varios siglos ese barrio ha sido el alma (una de las almas) de Zaragoza y desde hace años se deteriora a ojos vista.

Enrique -

¡Ahí, ahí! Cerveza y calamares nunca sobran. Nosotros hicimos ese paseo hace un par de domingos y nos sentimos pateando una ciudad extraña y desconocida, que es ya, por suerte, nuestra ciudad.
¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres