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El Blog de Sergio del Molino

JO, QUÉ NOCHE

JO, QUÉ NOCHE

El viernes estaba de rodríguez, solo, reventado después de una semana demoledora en el trabajo y con ganas de disfrutar de mi mismedad. A eso de las once de la noche, salía del periódico y arrastraba los pies hacia el sofá, un copazo narcotizante y un DVD con alguna peli densa y violenta de las que sólo puedo ver yo solo. No me parecía mal plan, la verdad, pero entonces sonó el móvil. Descolgué:

-¿Te echas una birrilla, o qué?

Tachán. El punto de inflexión. Al decir que sí y dar media vuelta hacia el bar piensas: "Bien, una cervecita, desconecto un poco y me río con un par de tontadas antes de irme a cenar algo a casa". Los caminos del autoengaño son inescrutables. Es cierto: nada parece presagiar que allí se esté cociendo algo distinto a un par de cañas postlaborales. De hecho, no vas vestido para la ocasión y de tu hombro cuelga tu bolsa de trabajo llena de unos libros que esa misma tarde te han llegado desde Canadá y que habías pensado empezar a hojear después de la peli.

Y sin embargo...

3.30 de la mañana. Garito El Zorro, reputado y refinado antro del centro de Zaragoza que tiene algo de club clandestino y opiáceo. Sigo con la bolsa de trabajo al hombro llena de los libros que han llegado desde Canadá, aunque he estado a punto de olvidármela en otros dos tugurios. Llevo el cuello de la camisa subido y un botón desabrochado porque están pinchando música disco de los 70 y hay que ponerse a tono con el ambiente. Ejecuto unos movimientos espasmódicos y sísmicos que con mucho atrevimiento califico de pasos de baile y bebo a medias una cerveza con mi amiga A. (que también se mueve espasmódicamente a mi lado) porque ya no nos entra más bebercio en el cuerpo y tenemos que ir sorbo a sorbo. Muy cerca de nosotros, un tipo clavado al Loco de las Coles toca una pandereta, hay una boa de plumas que va pasando de cuello en cuello por todo el bar, una chica negra con un impresionante pelo a lo afro que baila poseída por el espíritu de María Caracoles y un señor bajito de unos 60 años, calvo, con bigote, gafas de sol y jersey a rayas que toca una trompeta al ritmo de la canción que suena. ¿Cómo he podido acabar así, cuando mi plan era apoltronarme con alguna vieja peli de John Carpenter? Todavía lo ignoro, pero en ese rato llegué a una serie de consensos con mi amiga A.:

1. El ambiente y la gente del bar El Zorro parecían sacados de una peli de David Lynch. Yo pensaba en el fantástico prostíbulo de Twin Peaks. A., en Mulholand Drive o asín.

2. El señor bajito de la trompeta se salía de los esquemas lynchianos y entraba en el universo de los hermanos Fesser (que también son muy lynchianos a su manera). Coincidimos en que se trataba de un músico de la Legión que se habían dejado olvidado en Zaragoza el día del desfile militar.

3. Las chicas negras no deberían alisarse el pelo nunca: el look micrófono mola un montón.

Por mi cuenta, saqué una única conclusión:

-No se me puede dejar solo. Soy demasiado voluble y no sé decir que no a la penúltima copa. Nunca llegaré a nada en esta vida.

Y me encogí de hombros.

Las noches más divertidas de mi vida siempre han empezado con un codazo, un guiño o un "venga, que te invito a una". Ninguna festividad programada, ninguno de esos días en los que hay que divertirse por cojones (Nocheviejas, bodas, bautizos, comuniones, cumpleaños, funerales de acreedores, aniversarios de boda o jubilaciones de jefes) merece pasar a mi historia sentimental de la juerga. Bueno, quizá hay un par de Nocheviejas que sí se merecen un puesto en esa lista, pero son raras. ¿Quién dijo el topicazo ese de que la vida es lo que pasa mientras planeas otras cosas? A veces olvido esa actitud. A veces me ato a lo previsible, como si viviera en una telecomedia española donde sabes exactamente lo que va a suceder en la secuencia siguiente.

Como Griffin Dunne en Jo, qué noche, todos necesitamos de cuando en cuando decir "qué cojones", coger un billete de 20 dólares y salir a tomar un café con una chica que vive en la otra punta de la ciudad y a la que apenas conocemos de nada. Luego, los 20 dólares pueden volar por la ventanilla del taxi y, sin dinero encima, podemos empezar a encadenar una serie de absurdos hasta el amanecer. Como a Griffin Dunne, al amanecer nos esperará de vuelta la vida, con sus cadenas y sus monótonos crujidos, pero siempre nos quedará la duda o la ilusión de que la verdadera vida estaba en el paréntesis, allí donde un señor bajito con gafas de sol toca una trompeta. De hecho, quizá el paréntesis sea el día y sus horarios.

Foto: fue una noche muy tonta en Londres. Dijimos: "una pinta, y a dormir". Horas después estábamos haciendo experimentos fotográficos con la sobreexposición a las luces de neón. Hay muchas fotos vergonzosas, pero esta quedó sugerente. Yo le tengo cariño.

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3 comentarios

Mapis -

John Lennon es el autor de la frase, aparece en la canción "Beautiful boy". Qué pena que fuera demasiado joven para participar en "El tiempo es oro", hubiera arrasado.
Yo, lo más David Lynch que he visto en Zaragoza es el bar de la gramola, en la magdalena(esa Sabina mandando callar delante de una foto de la alineación del Numancia de 1986 ¿seguirá viva? Espero que si)

álvaro ortiz -

hace ya años que me declaro acérrimo seguidor del amigo lynch, quizás debería probar a caer por el zorro

saludos!

Enrique -

Siempre hay alguna sorpresa detrás de las paredes de El Zorro. O, al menos, la perspectivade una zorrera acompañada de pipas (aunque al última vez que estuve no había; supongo que simplemente se habrían acabado, ¿no?).
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