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El Blog de Sergio del Molino

SORPRÉNDEME

Publicado originalmente en mi blog de Heraldo, Ancas de Ranillas.

Gordas y broncíneas, las esculturas de Manolo Valdés se han aposentado en Independencia, recordándonos a los exposaturados zaragozanos que el mundo no se acaba en Ranillas, que hay una ciudad que sigue viviendo y gozando y sudando en sus centenarias, recalentadas y prosaicas calles.

Dicen que somos animales de costumbres, casi tanto como los perros, y que tendemos a hacer los mismos trayectos con los mismos rituales cada día. Lo han comprobado hace poco con un experimento sociológico haciendo un seguimiento de teléfonos móviles. Hace un tiempo, la directora de una unidad de trastornos del sueño me ilustró en una entrevista sobre la importancia que tienen los pequeños ritos cotidianos para conciliar el sueño. Ritos de sueño los llaman, una expresión que a mí me suena a título de libro de poesía erótica.

Concedido: los humanos somos tipos rutinarios con tendencia al aburrimiento, de ahí el éxito de ciertas fórmulas televisivas. Pero también buscamos desesperadamente el asombro, nos gustan los regalos sorpresa, nos divorciamos de quien no es capaz de arrancarnos una exclamación de cuando en cuando, y nos enamoramos de los personajes "salvajes e impredecibles". "What are you gonna do now? Something wild and unpredictible?", le preguntaba ansiosa Miss O’Shaughnessy a Sam Spade-Bogart en El halcón maltés ("¿qué vas a hacer ahora? ¿Algo salvaje e impredecible?").

Sí, sorpréndeme, pero no tanto como para que me dé un patatús. Sorpréndeme lo justo para alegrarme el día, la mañana, el instante. Lo suficiente para animarme a seguir caminando con una sonrisa. Ése es el deseo que hay detrás de la propuesta "Arte en la calle" de La Caixa, con las orondas esculturas de Manolo Valdés en el centro de Zaragoza: dejar que la ciudad te alegre el día con algo inesperado que te haga ralentizar el paso y desviar la mirada de tus quehaceres.

En lugares excepcionales como la Expo uno espera ser sorprendido constantemente. Exige la sorpresa en sesión contínua, sin tregua. Ranillas ha de ser un sorpresódromo, y los visitantes pedimos a las meninges de sus responsables un esfuerzo mayúsculo para que no nos aburran.

Pero la Expo es un paréntesis abierto en la ciudad, y a la ciudad no le exigimos esa sorpresa. Es más, muchos le exigen justamente lo contrario: serenidad, seguridad, certidumbre, orden. La poesía chispeante, en Ranillas; la prosa notarial, en la ciudad.

Hoy, los zaragozanos han dejado colarse unos versillos en la dura prosa del día a día. Han rodeado las cabezas y las meninas de Valdés, las han tocado, han dejado que los niños corrieran alrededor de ellas y se han hecho fotos poniendo caras entre los agujeros del metal. ¿Por qué la ciudad no nos da más alegrías como esta de vez en cuando?

El festival En la Frontera, rescatado de los turbulentos años 80 en el primer mandato de Belloch y ajusticiado sin piedad por la actual Administración municipal, con los bolsillos más tiesos que la mojama después de la Expo, pretendía darle algo de alegría a Zaragoza periódicamente. Sí, muchos pasaban ante las performances y las intervenciones artísticas poniendo caras raras, sin saber qué diantres significaban, temiendo mostrar su perplejidad para no quedar como paletos insensibles, pero otros muchos simplemente se dejaban llevar, disfrutando de la sorpresa de encontrarse algo que, según nos han enseñado en la escuela y en las ordenanzas municipales, no debería estar ahí, en medio de la calle.

Las infraestructuras, las inversiones y la modernización del urbanismo de la ciudad están muy bien y son unos legados fantásticos que nos va a dejar la Expo. Pero, ¿alguien ha pensado que de Ranillas se podría rescatar también ese espíritu juguetón? ¿No deberíamos exigirle a la ciudad que nos sorprenda y nos alegre el día más a menudo?
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2 comentarios

Anakrix -

Son preciosas!!! Las descubrí el jueves cuando iba al trabajo. Me encantan las esculturas y me encanta su efecto en los paseantes: las tocan, las observan, y todos acaban con una sonrisa.

Sor Presainthenight -

Un día amanecieron pintadas todas las papeleras de mi querido barrio rural. Unas mejor y otras peor. Pero todas pintadas. Un color bonito de fondo y decoradas como buzones, filas de hormigas, otras como si llevaran corbata... El efecto fue el deseado: sorpresa. El que todos los vecin@s al día siguiente, cuando fueran a trabajar o a comprar el pan, se tropezaran con algo nuevo. "El cacharro verde ese... hostia..." Supongo que alguien pensaría eso. Las papeleras parecían decir: "Eh, mírame... estoy guapa, ¿no?. Pues méteme tu mierda hasta el fondo..."

La cosa es que, como suele pasar en los núcleos pequeños, durante varios días hubo tema de conversación en la panadería y la peluquería. Había quien decía que habían sido los niños de la ludoteca... Otros que unos gamberros de Fuentes de Ebro (no sé por qué de Fuentes). Había a quien le gustaban y había a quien le daba igual. Pero para la alcaldía era un acto vandálico inadmisible. Aun más, hizo público un escrito donde decía que la "reparación de los daños" (que en realidad es volverlas a pintar de verde) alcanza la cifra de 6.000€. Así se criminalizó esa sorpresa. Tras el repintado, hubo quejas de algun@s vecin@s a los que les habían gustado las papeleras de colores.
Pero la cosa no acaba aquí. Mes y medio o dos meses después del crimen de las papeleras, el Ayto. de Zaragoza emprende la genial campaña de decorar sus papeleras con pegatinas y lemas. Más sosas que para qué. Pero bueno, se buscada el recordar a la gente con algo nuevo el uso de esas tristes papeleras que nos ven llegar a casa borrach@s por las noches o mañañas y nunca dicen nada. Lo de mi barrio, papeleras coloreadas por la gente, fue algo muy malo que hace la gente mala. Lo de Zaragoza, las pegatinas esas del Ayto. fue una idea genial y sorprendente. Pues eso.
Todo esto es para acabar diciendo que parece ser que el derecho de sorpresa está en manos de las autoridades.
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