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El Blog de Sergio del Molino

MUCHO QUE APRENDER DE ZADIE

MUCHO QUE APRENDER DE ZADIE

Las madrugadas de esta semana, además de formar corrientes con las ventanas abiertas de la casa, he refrescado mi sesera con la adictiva lectura de Zadie Smith, autora a la que me resistía a hincar el diente. Por prejuicios estúpidos, la verdad: basta con que Babelia y Granta ensalcen a alguien para que a mí me mosquee y rehúya sus libros. Pero, gracias a la insistencia de Cris, declarada fan suya, me he metido al fin en su universo, a través de su segunda novela, Sobre la belleza, de 2005.

Mientras la leía, no se me iba de la cabeza un párrafo que le leí hace poco al gurú español de los críticos posmodernos, Vicente Luis Mora. En una conferencia que pronunció en Málaga y que tiene colgada en internet, dijo:

Es curioso que las mismas personas que reivindican tecnología punta para su coche, que exigen ciencia de primera y tecnología punta para el tratamiento contra el cáncer de su esposa, que buscan en la farmacia tecnología punta y medicamentos de última generación para sus males, se conformen luego culturalmente con producciones culturales anacrónicas, desfasadas, deslegitimando la vanguardia como concepto y las creaciones de tecnología literaria punta. Es contradictorio que personas que lleven un móvil tribanda en el bolsillo y se comunican por correo electrónico lean novelas con tecnología del siglo XIX, como si intentasen echar gasolina a un carro de heno.

Los vindicadores de la postmodernidad me recuerdan a veces a los futuristas de comienzos del siglo XX: flipados con la velocidad y con los coches de carreras. Está muy bien el símil de Vicente Luis Mora porque muchas veces parece que valoran las novelas como si fueran coches: solo las tienen en consideración si su tuneado sigue el canon de no seguir el canon: "Ey, tío, lee este libro, que está tuneao de puta madre, es un flipe". Para ellos, la innovación no es una herramienta de construcción literaria, sino un fin en sí mismo. No importa la obra en sí, sino la cantidad de rupturas de la narratividad "al uso" que incorpora. He aquí el absurdo: romper la norma es una norma obligada. En ese sentido, Zadie Smith ha de ser por fuerza una novelista despreciable a sus ojos.

También lo era un poco a los míos, he de reconocerlo. De los autores contemporáneos yo espero que me lo pongan un poco difícil, que no se les ocurra darme las cosas mascadas, que me enseñen nuevas perspectivas de las mismas historias. Porque asumo que la literatura como búsqueda de historias nuevas se agotó en Homero. Desde entonces, los escritores no han hecho más que buscar nuevas formas de contar las historias que ya narró aquel ciego. Formas que sean capaces de llegar al corazón de sus contemporáneos. Eso lo entendió perfectamente otro ciego, Jorge Luis Borges.

Sobre la belleza, en apariencia, no satisface esa necesidad. Se despliega como una novela con cierto aire victoriano. Huele a Brontë, a tradición clásica, a pulcritud de buena narradora empapada de literatura anglosajona. Como probablemente le echaría en cara Vicente Luis Mora, en Sobre la belleza hay correos electrónicos y teléfonos móviles, pero aparecen insertos en una tecnología literaria "obsoleta", que no se corresponde con la contemporaneidad de su argumento. Disociación de tema y forma. Quizá. Para ser postmoderna, Sobre la belleza tendría que haberse construido sobre textos de mails, mensajes sms y fragmentos de blog.

Pero cuando vas deslizándote suavemente por las páginas, los personajes y su mundo te van envolviendo muy sutilmente. Una extraña forma de empatía va creciendo en tí, hasta que te das cuenta de que Zadie te ha atrapado con sus artes de narradora. Entonces recuerdas por qué en el origen de los tiempos, los chamanes y los contadores de historias eran una misma persona: porque el contador de historias tiene un poder de encantamiento. La barrera brechtiana se rompe con facilidad, y en seguida te ves en medio de esa universidad petulante de Nueva Inglaterra, viviendo con esa cuadrilla de sentimentales hipócritas que ven cómo su vida, su cosmovisión, sus convicciones y lo que ellos creían saber sobre el mundo se va a la mierda sin remedio en una edad en la que ya no están para inventarse un lugar en el mundo nuevo.

Y entonces aparece la complejidad del artefacto narrativo, que hasta ese momento ha pasado desapercibida, porque es una maquinaria de relojería muy sutil que funciona entre tramoyas, lejos de la vista del lector. Es decir, que no es uno de estos libros con las tripas pornográficamente abiertas, que más que una lectura piden una disección. Zadie es pudorosa, y ha recubierto de buena literatura sus técnicas de ilusionista. Ahí aparecen, al menos, tres niveles de lectura, que hacen de Sobre la belleza un libro total, capaz de llegar al corazón de cualquier tipo de lector. Y, en ese sentido, recuerda un poco a una autora española que construye novelas parecidas: Almudena Grandes.

El primer nivel de lectura es el lineal, el que busca el lector que sólo quiere entretenerse con una buena historia. Las andanzas de los Belsey en un momento muy delicado de su vida, cuando una crisis matrimonial se junta con el descubrimiento iniciático de sus tres hijos, ya mayores y recién metidos en la universidad (salvo Levi). Las historia tiene suficiente fuerza por sí misma para acompañar al lector más distraído hasta el desenlace sin que este se descoyunte del esfuerzo.

Hay un nivel de lectura un poco más profundo y político-social, que habla de la contemporaneidad de la trama: Sobre la belleza es una novela sobre la parálisis de la intelectualidad estadounidense curtida y crecida en los valores contraculturales de los 60 y que se da cuenta de que los esquemas sobre los que ha cimentado su vida no sirven para enfrentarse al mundo post 11-S. No saben enfrentarse a la acometida de los neocon, no entienden el auge de los fundamentalismos religiosos y deciden recluirse en la cómoda e irreal universidad, donde las cosas todavía funcionan de acuerdo a su concepción del mundo. Sin embargo, el mundo real también se cuela en sus despachos y en sus aulas. Un mundo resquebrajado les exige una respuesta y ellos no saben ni qué cara han de poner ante los nuevos tiempos. Zadie Smith aborda esta cuestión mejor que muchos ensayistas. Otros temas aparentemente más explícitos, como el conflicto racial negros-blancos, la lucha de clases o el conflicto generacional, sólo aparecen bosquejados, sin alcanzar profundidad en la trama.

Por último, hay otra lectura todavía más profunda, de carácter estético-filosófico-literario. Como en una caja china, dentro del discurso de la novela hay otro discurso subterráneo, el que Howard, el protagonista, mantiene con sus teorías estéticas (de ahí el título). Es el núcleo duro de la novela, la concepción primigenia que permite desarrollarla. En Sobre la belleza se invita a una reflexión, inserta en la trama y habitual en los ensayos sobre arte contemporáneo, sobre la belleza. Sobre la subjetividad de la mirada y la capacidad de algunos de hacer objetiva esa subjetividad, sobre el desamarre del canon, sobre la verdadera ruptura de las convenciones, pero una ruptura íntima y nacida de las entrañas, despojada de esnobismo. La belleza como reconocimiento de uno mismo. Hay dos polvos memorablemente narrados en la novela, donde Zadie Smith pone a prueba sus excepcionales dotes técnicas como escritora. Los dos están narrados desde el punto de vista del hombre, lo que añade más mérito al oficio de Smith (creo que la mayoría de los polvos de la literatura universal no son más que fantasías sexuales de su autor: Smith se mete en la piel de un hombre desgraciado y construye algo significativo y valioso para comprender el libro, sin perder por ello la capacidad de poner cachondo al lector). Uno es con una joven negra veinteañera despampanante. El otro, con una negra muy gorda y menopáusica. ¿Cuál de los dos polvos es el que llena al hombre? ¿Cuál de los dos le acerca más a ese ideal platónico de belleza? Obviamente, el de la negra muy gorda y menopáusica. Hace falta tener una técnica muy depurada y un talento muy afilado para lograr ese efecto.

En fin, que Zadie Smith no es una ingeniera literaria, no construye artefactos de tecnología literaria punta, pero hace algo mucho más importante: es honesta, respeta a los personajes y respeta la inteligencia del lector, y sabe poner su talento y su pericia literaria al servicio de la obra, aunque eso implique un aparente "deslucimiento" formal. Hay mucho que aprender de Zadie.

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1 comentario

Anakrix -

¿Has leído "Dientes blancos"? Si en "Sobre la belleza" Smith analiza la crisis de la intelectualidad estadounidense tras el 11-S, en este otro libro habla de los problemas a los que se enfrentan los inmigrantes de segunda y tercera generación, que siguen siendo vistos como extranjeros pese a no tener apenas vínculos con el país de origen de su familia. Se nota que me gusta un poquito Zadie Smith, no? Me alegro de que la hayas descubierto
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