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El Blog de Sergio del Molino

JORNADA DE PUERTAS ABIERTAS

Nuestra vida tiene puertas giratorias en varios sitios. La gente entra por una de ellas y sale por la otra. Unos lo hacen fugazmente, sin que te dé tiempo a retener su cara. Los hay que no se quedan mucho rato, pero el rato es tan intenso que dejan un recuerdo imborrable en la habitación. Toda tu vida podrás evocar su rostro, sus manos, su olor, la forma en que te miraron, pero nunca volverás a ver ese rostro, esas manos, ese olor, y nunca nadie más te mirará como te miraron ellos. Otros se apalancan ahí para siempre, dividiéndose en dos grupos: los que siempre están pero nunca terminas de saber muy bien qué hacen ahí ni quiénes son (esos compañeros de trabajo con los que no acabas de intimar, un primo del pueblo, tu peluquero gay...) y los que con su presencia ininterrumpida hacen feliz y vivible tu vida, aunque con un cambio de viraje sutil también pueden convertirla en un puto infierno (tu pareja, esos amigos con los que sales todas las noches y con los que tienes un initmísimo nivel de intimidad, compartiendo secretos y complicidades, tus padres...). Pero hay otro grupo de personas, que salen y entran por las puertas giratorias a capricho, aunque sabes que nunca se van realmente. Llegaron para quedarse, pero su culo inquieto o los azares del camino les impiden estar sentados y quietecitos como los del grupo anterior. Pueden pasar años sin volver a entrar en tu vida, pero no importa, porque realmente no se han ido de verdad: les has estado guardando el sitio, sabedor de que un día u otro acabarán ocupándolo. No permites que nadie se siente en su sillón, y cuando aparecen, aunque hayan pasado años, es como si les hubieras visto el día anterior. Se sientan en su sitio con la misma naturalidad y enseguida retoman la conversación donde quedó inconclusa, como si nada. Y tú, tan feliz. Ese grupo es muy pequeño, y hay intrusos que quieren infiltrarse en él, gente que aparece un buen día después de diez años y se sienta sin educación en un sillón que cree reservado para él. Sólo con verlos sentarse te das cuenta de que no hay nada que retomar, que ese tío es un extraño, un fantasma que habla sin ningún derecho en nombre de tu pasado.

Hace poco, uno de esos sillones que tenía reservados ha sido ocupado de nuevo por su propietario legítimo. Creo que lo ha encontrado cómodo, con las mismas hendiduras que dejó al marcharse. Hemos empezado a hablar y hemos redescubierto esas pequeñas cosas que conforman de verdad una amistad, ese sentido del humor afinado en la misma clave, esa rapidez de aguilucho para ver las intenciones del otro, esas zonas de sombra compartidas que pocos más pueden pisar. Es curioso: hay gente a la que no le puedes aplicar nunca el prefijo ex-, porque nunca han salido de verdad de tu vida, sólo han ido a por tabaco o a por más cerveza.

Así, mientras la vida se te llena de ex novias, apenas acumulas ningún ex amigo. Creo que eso sucede porque el amor es básicamente un proyecto en común, y cuando el interés por construir el proyecto decae, no queda apenas nada que una a esas dos personas, más allá de tres o cuatro sentimientos frustrantes. La amistad, en cambio, es sólo un estado de ánimo, un territorio compartido que no se construye y que no quiere ir a ningún sitio, que estaba ahí: los amigos se limitan a descubrirlo, sin erigir castillos encima de él. Cuando un amigo ha alcanzado tus zonas de sombra y ha conocido tu núcleo fuerte, ese amigo te va a reconocer siempre, por muchas capas que te pongas encima, por muchas vueltas que tu vida haya dado. Él será capaz de mirar por encima de la mierda que la vida va depositando encima de nosotros. Ésa es la complicidad que ves en sus ojos: sabes que él no está viendo al periodista, ni al bloguero, ni al lector de Cortázar, ni al frustrado novelista, ni al tío de la barba: él solo ve a Sergio, esa parte esencial que permanece tras las capas. Como yo le veo a él por encima de las cubiertas de mugre que se han ido acumulando.

Es un sentido anglosajón de la amistad, como de club de caballeros británico. No importan los años que Sir Aldrin haya pasado contrayendo enfermedades venéreas en islas de la Micronesia o poniéndose hasta las trancas de opio en un arrabal de Shanghai, porque cuando vuelva a Londres, encontrará su sillón del Reform Club libre, con su vaso de ginebra Bombay al lado, y a las siete de la tarde podrá comentar el editorial del Times con Sir Eliot, como si el Times fuera el del día siguiente a su partida, y no el de cuatro años después. La amistad es una de las formas en las que se nos presenta ese concepto tan difícil de aprehender llamado "hogar".

He sido críptico, antiliterario. Debería contar esto sin abstracciones ni metáforas: con nombres, calles, ciudades, bares, marcas de licores, diálogos y acciones ejecutadas de madrugada. Algún día lo haré, pero hay cosas que no deben salir todavía de la zona de sombra compartida.

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5 comentarios

Amma -

A mi me encanta cualquier cosa que provoque a otra las ganas de dar un abrazo.

manuel -

completamente de acuerdo. recortaré un trozo de lo que has escrito y lo usaré (con tu permiso) solo discrepo en lo que dices de que has sido antiliterario. de eso nada. has dado un mensaje universal y lo has hecho bien. así cada cual reconoce su circunstancia. eso es literatura.
gracias.

Anakrix -

Me han entrado unas ganas de darles un abrazo a unos cuantos...

Javivi -

Fantástico.

Carrero Blanco -

Amen hermano...
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