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El Blog de Sergio del Molino

LA CLASE MEDIA

LA CLASE MEDIA

A Karl Marx le daba asquito. La asimilaba a los campesinos y le negaba carácter de clase (sin conciencia, no hay condición). Burgueses venidos a menos o proletarios enriquecidos, resumía lo peor de ambas clases sociales: el servilismo del desheredado y la ambición depredadora del capitalista. Desde sus cálculos estratégicos, suponía un escollo para la revolución: no se unirían a ella porque no se les podía aplicar la primera parte de la sentencia que cierra el Manifiesto comunista: "Los proletarios no tienen nada que perder salvo sus cadenas; tienen, en cambio, un mundo que ganar". Sí, con la revolución podían tener un mundo que ganar, pero, a diferencia de los proletarios, sí tenían algo que perder más allá de sus cadenas. Poca cosa: un pisito a medio pagar, un coche monovolumen y quince días en la playa en agosto. Fruslerías, migajas que el gran capital les había arrojado para mantenerles quietos en sus casas y no secundar a los sans-culottes. Es más, unas fruslerías lo bastante jugosas incluso para disparar sobre los sans-culottes que las amenazan.

Marx puso el dedo en la llaga y, desde entonces hasta hoy, ningún revolucionario o aspirante a ha sentido más que el obligado desprecio por la clase media: aburrida, conformista, temerosa, desquiciada, aterrada por la perspectiva de que un revés en Wall Street la hunda en el fango. Ya ha sucedido. Ya han visto muchas veces que cuando una economía se va a la mierda, los pobres pasan a ser menesterosos, y ellos pasan a ser pobres. Hay todo un imaginario que les presenta como alfeñiques, arrugados ante los jefes, dispuestos a cualquier bajeza para mantener su precario estatus y con una obsesión por tener hijos ingenieros, médicos, abogados, que se aseguren una posición sin turbulencias. Son los padres de Mafalda, a los que Mafalda desprecia. Ansían el ideal de democracia soporífera que les vendió Churchill: no quieren más aventuras que las de Estudio Estadio los domingos.

Con este imaginario y su obligada némesis (el punk, los obsesionados por arriesgar, romper y liquidar, los hijos garbanzos negros que al final vuelven al redil) se puede historiar el mundo occidental desde la Revolución Francesa hasta 1989. Doscientos años limpios con un imaginario prístino, unas fuerzas sociales identificadas, unos objetivos vitales claros. Luego vinieron los años del fin de las ideologías, donde todos pertenecíamos a esa aborrecida clase media. Triunfante al fin, sin complejos, sin tener que pedir perdón al proletario por no tener callos en las manos. El tema se desplazó a un segundo plano en los grandes discursos literarios. Se esfumó un tiempo. Los narradores se preocuparon por otras cosas, venían nuevos retos que afrontar. ¿A quién coño le interesaba escarbar en un imaginario resobado, lleno de lugares comunes, agotado por el certero pero inane vómito punk?

Pero el eco de 1989 se ha apagado. El triunfalismo neoliberal, la prepotencia europeísta y la chulería de los nuevos economistas se han ido acallando, y de su silencio resurgen el desdén y la desazón. El mundo occidental vuelve a sentir el cosquilleo de la psicosis y, como siempre ha hecho, corre asustado en busca de relatos que le reconforten. O que le aclaren, porque escribir y crear es una forma de buscar esa claridad.

Vuelve la clase media, señoras y señores. Lleva unos años con nosotros, y la última novela de Belén Gopegui es un ejemplo de ello. En El padre de Blancanieves Gopegui retoma algunos tópicos novelescos sobre el tema y los actualiza. Vuelve a Goethe, vuelve a ese Fausto que escribe en medio de la noche, justo antes de que aparezca Mefistófeles: "En el principio, era la acción". Consciente o inconscientemente, Gopegui hurga en ese tópico literario en una novela muy irregular que habla de las habitaciones de la clase media, de la incapacidad de cambiar no ya el mundo, sino la propia vida, de la culpa y el autoengaño.

Lo hace con una estructura coral, con muy poquita acción y mucha charla entre bastidores, con personajes un poco arquetípicos, algo rígidos, que van enfocando distintas aristas del poliedro. El poliedro es la clase media y sus mezquindades, sus miedos, sus culpas.

El problema de El padre de Blancanieves es que es una novela que funciona mejor como ensayo. Ni siquiera es una novela de tesis (algo insoportable para un lector del siglo XXI, al menos, para un lector inteligente con un pelín de bagaje a cuestas). Gopegui no ha sabido o no ha querido construir una narración literaria que funcione como tal: no hay voces reales, suenan impostadas, porque lo que realmente quiere hacer Gopegui es una aproximación cuasiteórica. Quiere una "teoría de la clase media" o un "informe de la clase media", por utilizar su terminología, pero no quiere hacer una novela de la clase media. Una lástima, porque si se hubiera decidido por tirarse a la piscina y construir una verdadera novela, habría ahondado mucho más. Ya decía Sábato que la novela alcanza a decir todo aquello que los tratados filosóficos no pueden aprehender. Las buenas novelas llegan más allá de donde los filósofos se encogen de hombros y se dan media vuelta.

Ojo, pero conviene no despachar alegremente El padre de Blancanieves, porque si como novela no funciona, leída como ensayo novelado llega a ser estimulante y revelador en ocasiones. Pero como ficción literaria hace aguas. Todo es cuestión de acercarse al texto con el talante adecuado.

Como narrador actual de la clase media me interesa mucho más un desasosegante individuo que este fin de semana ha estrenado (o reestrenado) peli: Michael Haneke. A Haneke le ocurre lo contrario que a Gopegui: que cuando se pone reflexivo y "ensayístico", aparece plúmbeo, coñazo y previsible  (ejemplo: El tiempo del lobo, desde mi punto de vista, un tropezón en su carrera que solventó en su siguiente y magistral peli: Caché), pero cuando se dedica a contar historias sin dar explicaciones ni ponerse a meditar, te atiza una descarga en la médula espinal.

Ahora estrena la versión americana de su mejor peli, Funny Games. No es una versión, es una copia plano por plano de la peli que rodó en Austria en 1997, pero para el público americano, con actores americanos que hablan en inglés. No la he visto, pero la crítica dice que no hay diferencia alguna, que es un calco perfecto.

Funny Games es la película más salvaje, inquietante e incomprensible de la filmografía de Haneke. Por encima de Code Inconu y de sus producciones austríacas anteriores. Sin ser explícitamente muy violenta, es probablemente una de las películas más violentas y desagradables que se puede encontrar un espectador. A alguien especialmente sensible, le puede helar la sangre esa orgía de sadismo de dos horas de duración.

No destriparé nada del argumento, no preocuparsen.

Lo que plantea Haneke en buena parte de su filmografía es: ¿qué pasaría si los miedos -a veces patéticos, paranoicos- de la frágil y desquiciada clase media se hicieran realidad? ¿Qué pasaría si, tal y como ocurre en sus peores pesadillas, suena el timbre y, al abrir la puerta, el horror puro entra en casa? ¿Cómo reaccionaría esa clase media que aparenta tenerlo todo controlado ante la irrupción material de sus propios temores?

Haneke fuerza el sadismo, se lanza en picado, sin concesiones. Nos planta la pesadilla en la cara sin edulcorar, sin esbozar una causa, sin camuflar la gratuidad del horror. Es más, en Funny Games se burla de quienes piden a gritos una explicación, de quienes le preguntan al torturador por qué le tortura.

Pienso que Haneke es austríaco, y pienso en su afinidad con otra escritora austríaca, de quien ha adaptado una novela, Elfriede Jelinek. Jelinek es una mujer con serios transtornos mentales que vive recluída en su casa y que ni siquiera acudió a recoger el premio Nobel. Y si pienso en Austria, pienso en Natascha Kampusch y en el monstruo de Amstetten. Y, por supuesto, pienso en una sociedad (de clase media) desquiciada, recocida en sus miserias suburbanas, atravesada por sus propias pesadillas.

La clase media ha vuelto como objeto y tema narrativo. Y no sólo en estos niveles: hasta en la tele, de donde nunca se ha marchado, la clase media es objeto de revisiones. Desde Allan Ball y American Beauty, la cultura popular americana anda rondando algunas inquietantes certezas sobre las urbanizaciones y la quietud de los chalets. Ahí está Mujeres desesperadas y A dos metros bajo tierra. Más actuales, Weeds o incluso Dexter, aunque ésta no se centre en el núcleo familiar como problema.

Vamos, que el tema preocupa. Y eso es porque la crisis se huele desde hace años.

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