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El Blog de Sergio del Molino

¿MIEDO AL SEXO?

Lo pensaba mientras leía la última de Belén Gopegui, pero no es algo privativo de esta escritora, ni muchísimo menos. ¿Qué coño les pasa a algunos narradores con el sexo? ¿Por qué no saben integrarlo en sus textos con naturalidad? ¿No habíamos quedado en que ya no teníamos remilgos, en que los novelistas podían (debían) dejar su pudor a un lado y escribir follar, polla, teta, mamada, corrida y todo el léxico necesario? ¿Por qué les resulta tan difícil todavía hoy a algunos escritores narrar con corrección (no ya brillantez) una escena erótica? ¿Somos Julio Espinosa y yo los únicos que pensamos que la literatura es algo carnal, y que si hay sexo en las páginas, el escritor tiene que esforzarse por ponerte cachondo?

En las últimas semanas he leído tres enfoques muy distintos en dos escritoras y un escritor. Una, Zadie Smith, se muestra natural, vivaracha y genuina. Lo he contado más abajo. Tiene dos polvos magistrales en Sobre la belleza, perfectamente insertos en la acción, que la hacen avanzar y ayudan a comprender mejor a los personajes. Están narrados sin elipsis ni acelerones, pero tampoco con el detallismo aburrido del porno. Tienen su justo tiempo, y en el léxico no hay eufemismos: los coños no son oquedades, y las pollas no son enhiestas virilidades. Otro inglés, Nick Hornby, en Alta fidelidad, directamente pasa del sexo. Justo cuando va a empezar el mambo, se aprovecha del subterfugio del narrador en primera persona para achacar el pudor a su personaje y, como en las pelis ñoñas de los años 40, pasa del primer beso apasionado al desayuno de la mañana siguiente, raccord mediante. Recurso elegante, pero muy visto.

Pero el que más me ha llamado la atención es el de Belén Gopegui, porque ejemplifica un vicio muy extendido incluso en autores supuestamente liberados sexualmente. El lector va paseando por las páginas de El padre de Blancanieves. Podrá gustar más o menos, pero reconoces un estilo, una intención, un ritmo. Vas reconociendo sus rasgos, te acostumbras a caminar por el libro con la cadencia que le impone su autora, hasta que a dos personajes les toca meterse en la cama. Entonces, todo empieza a chirriar, todos los rasgos y el ritmo narrativo que ya creías reconocer echan el freno y, en lugar de la voz de Gopegui, asoma Corín Tellado, como si el censor la hubiera pegado allí. Emplea frases como "me sentaré despacio sobre su excitación". La página se llena de incomprensibles eufemismos repipis, cacofónicos: "Apenas el cuerpo ajeno excitando la excitación que ya sentían", "la volvía loca de placer con su boca"... El verbo se oxida, se siente incómodo, se retuerce y saca al lector del libro. ¿Por qué pueden narrar un viaje en autobús y no saben narrar un polvo? Si en el viaje en autobús, el autobús se llamaba autobús, y no "metálico cajón de deseos deslizándose por una cinta de promesas", ¿por qué los personajes no follan igual que viajan en autobús?

No me voy a poner freudiano. No creo que esto implique necesariamente que los autores que sufren este mal tengan una relación problemática con el sexo. No tiene nada que ver. Creo que la cosa está más relacionada con una falta de educación lectora, con la mala asimilación de una tradición y con pereza a la hora de enfrentarse a retos técnicos complejos. Porque un lector medio se encuentra a lo largo de su vida lectora con muchos viajes en tren, muchos paisajes campestres, muchas mañanas de domingo, muchas noches de jarana y muchas conversaciones en patios sombreados. Tiene un amplio surtido de referencias técnicas literarias para atacar en un texto esas situaciones. Pero, ¿cuántos polvos buenos se encuentra? Buenos de verdad, de los que te acaloran. Para aprender a narrar una escena de sexo, como para cualquier otra situación, los escritores recurren a la tradición, para seguirla o para romperla. Hay que aprender sus técnicas narrativas para saber cómo llegar al lector. Y los buenos polvos de la literatura no están en Galdós, ni en Dostoievski, ni en Tolstoi, ni en El Quijote. Los buenos polvos, los que pueden enseñar algo de técnica a un escritor, hay que buscarlos en el Marqués de Sade y en esa tradición erótica que siempre se ha considerado menor y que, por regla general, no se enseña en las universidades ni está al alcance de los adolescentes en las bibliotecas de sus papás. Vamos, que hay que currárselo, salir de las avenidas y callejear por sitios que no aparecen en las guías turísticas.

La tradición latina, por ser católica e inquisitorial y vivir más obsesionada con lo prohibido, es mejor que la anglosajona para iniciarse en esto. Ya en el siglo XIV circulaba en Castilla El libro del buen joder, y desde entonces se ha generado una rica y prácticamente desconocida tradición erótica que culmina en el siglo XX con la colección La sonrisa vertical, que al fin da carta de naturalidad (que no de naturaleza) al género. Ahí es donde tiene que picotear el escritor que quiera hacer creíbles sus escenas de sexo, para que fluyan con naturalidad dentro de la acción y no parezcan pegotes incómodos y sin sentido. Pero el primer paso, y esto vale para cualquier aspecto literario, es perderle el miedo a las palabras. No hay nada peor que encontrarse una "vagina" donde el cuerpo pide un "coño", o un "pene" donde lo que apetece agarrar es una "polla", por no hablar de lo mucho que corta el rollo tropezar con un "seno", por muy "turgente" que sea, en lugar de una "teta" como dios manda o el bajonazo que le sacude a uno cuando "alcanza el orgasmo" en lugar de correrse.

Hágannos un favor y guarden los orgasmos y las vaginas para los folletos de orientación sexual y para las charlas de instituto. En literatura, las metáforas y los sinónimos sólo sirven si son más expresivos, coherentes o eficaces que la palabra a la que sustituyen. Usar la metáfora como eufemismo es, como mínimo, una muestra de impericia y un fraude, porque la metáfora está para mostrar y penetrar más. Para decir más, para revelar lo que el lenguaje al uso no consigue mostrar, no para ahorrarle incomodidades al escritor.

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3 comentarios

Pedro de Paz -

¿No me jodas que conoces a Julio Espinosa?

Dale un fortísimo abrazo de mi parte. Dile que "de parte de Pedro de Paz, que recuerdos de las ballenas ocultas en el metro de Madrid". Él sabe. ;-)

Un cordial saludo,
Pedro de Paz

milmusas -

Hola, me presento: soy la pija narradora a la que hace referencia ACRey y me encuentro con ese problema de tener que llamar pene a la polla, pero hasta a mí, que nado en la mojigatería, me resulta afectado llamar pene al miembro. Qué jodido es resolver una escena de sexo sin caer en cualquiera de los dos extremos. Ya os contaré mi decisión final...
Y gracias por la entrada, me he reído un rato.

ACRey -

Hola Sergio. Estoy de acuerdo contigo. Pero no del todo. Por ejemplo, si el tono-lenguaje del narrador no incluye palabras directas, vivas, o naturales, del mismo campo de acción o de realismo como polla, teta, coño, etc, entonces, si por alguna razón en la trama hay acto sexual "follar como bien dices" ¿como resuelves narrar la folladera sin que parezca que sea un implante ajeno o un error narrativo cuando la narración (otra vez) rueda en un tono-lenguaje somero, fácil, sin sobresaltos, acorde quizás a una pija narradora, aunque estas también follen?
Un lenguaje brusco o real cae en el campo del realismo sucio, exponente Charles Bukowski. Te recomiendo el libro: Trilogía Sucia De La Habana. Gutiérrez, Pedro Juan (Anagrama)
Un saludo, y me gustaría hablar más contigo sobre estos temas en un espacio más amplio. Saludos nuevamente.
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