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El Blog de Sergio del Molino

ARTE BRUTO

Un poco cansados de tanto multiculturalismo de postín, volvimos a nuestra realidad en la orilla del Ródano, donde descubrimos un chiringuito hippy que vendía buena cerveza y zumos naturales. Allí, tirada en la hierba, la chobenalla ginebrina se relajaba sin protocolos y sin ver pasar Rolls Royces. Algún porrillo discreto y un ambiente de acampada al caer la tarde daban unos ribetes de fraternidad a la estampa. Parecía que nos habíamos transportado a Amsterdam, pero las bravas y alpinas aguas del Ródano son mucho mejor paisaje que los cenagosos canales holandeses.

Sin que aquellos hippies los sospecharan, nos fuimos a alquilar un coche, y nos dieron un cochazo por el mismo precio (no sé por qué nunca nos dan el coche que pedimos y siempre acabamos con uno mejor por el mismo precio). La verdad es que el mostrenco Toyota intimidaba un poco por la bucólica carretera del Lago Leman, pero tampoco desentonaba mucho con el resto del parque automovilístico.

Fuimos a Lausanne, y pasamos de las vistas sobre el lago, pasamos de sus calles empedradas y en cuesta y pasamos de su encantador e impoluto centro histórico. Al menos, al principio. Porque lo primero que hicimos fue aparcar frente al edificio de la Colección de Arte Bruto, la única razón por la que yo quería pasar por Lausanne.

En 1971, Jean Dubuffet donó a la ciudad de Lausanne una estremecedora y no del todo comprendida colección de arte que llevaba reuniendo desde 1945. Lo llamó “art brut”. Bruto, primario, sin pulir, surgido de las mismísimas entrañas de la mente y hecho por las más irreflexivas de las manos. Durante años, Dubuffet recorrió sanatorios mentales, psiquiátricos y centros de reinserción, y compró un montón de obras de arte hechas por aquellos a quienes la sociedad llama locos, dementes, desquiciados, lunáticos. Son las manifestaciones de mentes desatadas, preocupadas solo de sí mismas, ajenas a doctrinas o condicionantes sociales.

Dabuffet buscaba arte. Arte de verdad, no experimentos sociológicos. Desde Van Gogh, la relación entre arte y locura ha motivado miles de estudios, y la consolidación de las neurociencias ha dado mucha luz a conceptos tan difusos como los de “creatividad” o “inspiración”. Sí, hay ciertos estados alterados de la mente que predisponen a la creación. La locura puede generar artistas, y el arte -lo saben bien los psiquiatras gracias al esfuerzo de gente como Dubuffet- puede ser una forma de mantener la locura a raya. Muchos de los artistas de la colección de arte bruto pintaban o esculpían porque dar forma a ciertas obsesiones les calmaba, les daba perspectiva, les ofrecía un lugar en el mundo.

En fin, no me voy a extender mucho sobre el tema. Solo quería dejar claro que es una de las cosas que me fascinan, que cursé en su día un par de asignaturas de Filosofía que trataban el tema, que ahondé en estudios clásicos, como la Historia de la locura, de Foucault, y que desde entonces he procurado estar un poco al tanto de la bibliografía que se va generando, aunque de forma autodidacta y pachanguera. Como en muchas otras cosas, mi interés no pasa del nivel de diletante.

Por eso quería ver una colección mitificada en estos estudios sobre arte y locura. O sobre arte y trastornos mentales, que sería más apropiado. Y no me ha defraudado. La visita a la Colección de Arte Bruto sobrecoge hasta al corazón más pétreo.

Las piezas más antiguas, correspondientes a artistas que crearon su obra en sórdidos asilos y manicomios de finales del XIX y principios del XX, es más tétrica. Se aprecia en ella la angustia del paria, del rechazado por la sociedad. Hay mucho espiritista, mucho poseído, mucho visionario y muchas caras espectrales con angustia y lágrimas. En los más recientes -ahora se puede ver una muestra de artistas japoneses-, se nota un cambio de actitud. Se nota la mano de artistas que no están marginados en una celda y cuya labor es potenciada y alabada por unos terapeutas bien preparados que quieren que se cultive para la mejora de su enfermedad. Hay un talante muy distinto. La angustia y la opresión oscuras dejan paso a unas composiciones más libres, mucho más dadaístas. Antiguos y actuales coinciden, eso sí, en una acusada tendencia al horror vacui, a llenarlo todo, a no dejar ni un resquicio sin pintar.

El arte bruto, sin duda, es arte. Verlo con ojos compasivos es un error: no son pasatiempos de unos pobres desquiciados, sino la expresión genuina y compleja de unos artistas que no pueden expresarse de otra forma. Sus composiciones, sus texturas, sus colores, sus materiales responden a una necesidad y acaban desarrollando una técnica. Muchos son autodidactas, solo algunos han recibido formación artística más o menos compleja, pero todos acaban encontrando su vehículo y su medio de expresión. Y, como cualquier otro artista, transmiten sensaciones. Golpean al espectador, pueden llegar a dejarle K.O. con revelaciones inquietantes. La visita marea porque no da tregua: estos artistas no entienden de remansos. Lo tienen que soltar todo.

Así que, noqueados, salimos al extrañamente duro sol suizo, y proseguimos nuestro viaje de vuelta a la frivolidad. Llegamos a Montreux, donde los excesos del pijerio nos arrancaron alguna sonrisa, y paramos en Friburgo, la ciudad que marca la divisoria de aguas entre francoparlantes y germanohablantes. Así nos adentramos en otra Suiza, mucho más austera. Ahora estamos en Berna, la falsa capital de este falso país. Podría contar algunas cosas de la ciudad, pero creo que por hoy ya he escrito bastante. Volveré a conectarme en Zúrich, aunque creo que no será desde el Café Voltaire.

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