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El Blog de Sergio del Molino

UN WOODSTOCK NAZI

UN WOODSTOCK NAZI

Nos plantamos de buena mañana en la Hauptbahnhof de Núremberg. Voy sin desayunar -Cris no, que ha desayunado a conciencia en el hotel mientras yo apuraba el sueño-, así que me pido un café para llevar que me sabe a ceniza machacada y caldosa, y con él en la mano nos subimos al tranvía 9. Lentamente, el tranvía nos lleva hacia el sur de Núremberg, por arrabales cada vez más anodinos, hacia ese espacio donde las ciudades se van descomponiendo en bloques de ladrillo, señoras con carrito de la compra e hipermercados con parking al sol. Al final del recorrido, todo se vuelve verde. Hemos llegado a un parque boscoso, muy centroeuropeo, donde los largos y centenarios árboles crecen rodeados por setas enormes. Es el final de línea. A un lado, el extraño edificio sin forma clara en el que vamos a meternos: el Doku Zentrum, el museo donde se explica qué significa ese paraje.

El Doku Zentrum ocupa una parte del inacabado Palacio de Congresos del Partido Nacionalsocialista de Alemania. En sus laberínticas y semirruinosas entrañas, la ciudad de Núremberg ha construido un interesantísimo espacio donde te cuentan qué significó el nazismo para la ciudad y qué significó la ciudad para el nazismo. A través de fotos, películas de época, algún que otro documento y las voces de los testimonios, nos hacemos una escalofriante idea de cómo se vivía en el corazón emocional del nazismo.

Mucho antes de alcanzar el poder, en 1927, Adolf Hitler ya había elegido Núremberg como la ciudad-escenario perfecta para dar visibilidad a su movimiento. Ese año, el Partido Nazi escogió a la bella capital de la vieja Franconia como su sede para congresos, desfiles y mítines de masas. Durante la Edad Media, Núremberg fue una de las ciudades donde más veces se asentó la corte del Sacro Imperio Romano Carolingio y donde solían celebrarse las famosas dietas entre príncipes y reyes -de hecho, el tesoro imperial se guardaba aquí-, y al elegirla como enclave fundamental de las celebraciones nazis, Hitler quería que su movimiento se identificase con el glorioso legado medieval germánico.

Franco quiso hacer algo parecido con Toledo, ciudad que, hasta que se estableció la capital de Castilla en Madrid, ejerció un papel muy parecido al de Núremberg en tiempos de Carlos V. Pero a Franco no le llegaba el parné -lo estaba gastando en el Valle de los Caídos- ni tenía la imaginación delirante de Hitler, así que se limitó a reconstruir el Alcázar. Por supuesto, tampoco contaba a su lado con nadie ni remotamente parecido a Albert Speer. Quizá todo eso salvó a Toledo de la infamia que hoy pesa sobre Núremberg.

Después de llegar al poder en 1933, Hitler ordenó a Speer diseñar un enorme complejo al sur de Núremberg, a la vista de las torres del viejo castillo. Allí, varias veces al año, las masas nacionalsocialistas debían reunirse para desfilar y aclamar a su Führer, y la escenografía tenía que estar a la altura de las circunstancias.

El programa arquitectónico, tal y como lo explican en el Doku Zentrum, incluía una pista de desfiles de dos kilómetros de largo, un estadio con capacidad para 400.000 personas, una explanada para demostraciones militares y de las organizaciones nazis y un palacio de congresos en forma de teatro romano con capacidad para 50.000 asistentes. Todo colosalmente desproporcionado. El estadio solo se empezó a excavar, el palacio de congresos se quedó a la mitad y sólo la explanada con el graderío inspirado en el Altar de Pérgamo pudo verse terminada antes de 1939.

Hoy, en la pista de desfiles, los aeromodelistas vuelan sus maquetas de aviones mientras alrededor la gente toma el sol o pasea en bici. La gigantesca pista, que más parece de aterrizaje de supernaves espaciales que otra cosa, es un inofensivo y largo erial de baldosones blancos y negros.

Lo que más impresiona son los restos de la tribuna desde la que Hitler veía desfilar a “sus chicos” (en la foto de arriba). Todos hemos visto esos desfiles en documentales de época. Todos hemos sentido cómo se nos erizaba la piel ante la parafernalia del terror desplegada en toda su fanática agresividad, con un marcial Führer asintiendo satisfecho ante la demostración de su poderío.

Aunque ya no se muestra como en esas películas, aunque no hay banderas ni símbolos nazis y aunque han desaparecido casi todos los elementos arquitectónicos que acogotaban al espectador, como las enormes columnas, que fueron demolidas en 1967 para evitar su desplome, a mí me parecía escuchar el ruido de los miles de tacones marciales que pasaban saludando brazo en alto a Hitler. Aunque es un lugar que la ciudad todavía utiliza (mañana mismo hay prevista una concentración de moteros de toda Europa), da la sensación de que la gente de Núremberg no siente especial apego por él. A la entrada del graderío, un cartel te previene del peligro de ruina y te advierte de que si entras, es por tu cuenta y riesgo. Las viejas estructuras nazis parecen sumidas en un moroso abandono y, pese a que otro cartel prohíbe expresamente hacer skate en las gradas, dos chavalines hacían cabriolas con sus monopatines justo detrás del balcón donde Hitler saludaba a las masas nazis.

El 22 de abril de 1945, los estadounidenses volaron la gigantesca águila de piedra con esvástica que presidía las gradas. Dejaron las gradas, nadie sabe muy bien si por alguna voluntad didáctica o por pura desidia, pero lo cierto es que la ciudad ha seguido dándoles uso hasta hoy, aunque con el abandono y la falta de restauración del conjunto, tanto el ayuntamiento como el Estado alemán parezcan querer invitar a la gente de Núremberg a no seguir frecuentando el viejo escenario del terror. La gente, sin embargo, es terca, y si hay carteles prohibiendo el skate es porque las viejas gradas nazis son la pista de skate más solicitada de la ciudad.

También se celebran carreras de coches: hay marcas de parrilla de salida en la pista que pisaban las huestes nazis. Pero lo que más éxito tienen son los conciertos-festivales de rock.

La verdad es que el espacio es perfecto para montar conciertos de masas. De hecho, cuando en el Doku Zentrum nos han contado cómo era la celebración de un congreso nazi o una reunión de las juventudes hitlerianas en Núremberg, nos ha recordado bastante a la organización de un macrofestival de rock de hoy. Había cervecerías de madera, vendedores ambulantes de salchichas y de pretzels, zona de acampada y espectáculos paralelos de todo tipo. Cientos de miles de nazis de toda Alemania se reunían varias veces al año en Núremberg en una fiesta muy parecida al festival de Benicásim.

En una vitrina del Doku Zentrum se conservan entradas para ver los desfiles, y programas de mano donde se explicaba cómo llegar desde la estación de tren hasta la explanada y cuáles eran los transportes especiales habilitados para los días de los festejos. Como en los festivales de hoy. Y, como en los festivales de hoy, los fans se apelotonaban en la puerta del hotel de la estrella esperando que ésta les saludase desde la ventana: así hacían los nazis en la puerta del hotel de Hitler, en la zona vieja de Núremberg.

Todo rito masivo acaba pareciéndose, da igual de lo que trate. Boris Vian decía que las masas nunca tienen la razón, y quizá la finalidad de la masa solo sea la de ser masa y, mientras pueda serlo, no importa mucho quién la aglutina, si Hitler, Stalin, los Rolling Stones o Chiquito de la Calzada.

Vaya, que puede que de Núremberg a Woodstock no haya tanta distancia.

Apunte absolutamente al margen.- Nos compramos unas salchichas nurenberger (pequeñitas y especiadas, muy apreciadas en toda Alemania) en un puesto callejero. Al oírnos hablar, el hombre nos pregunta si somos españoles. Le decimos que sí, y él nos cuenta que tiene una casa en Ibiza. Nos despedimos asombrados: ¿ha alcanzado Alemania el ideal socialista? Por fuerza ha de ser así. ¿Cómo, si no, un vendedor callejero de salchichas puede tener una casa en Ibiza? Hay que ver cómo las gastan en este país.

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