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El Blog de Sergio del Molino

WEIMAR

WEIMAR

Entramos en Turingia, y entramos en otra Alemania. La que fue la República Democrática Alemana, la que hace menos de 20 años era casi inaccesible al occidental medio. Antes de entrar, como despedida de Baviera, nos tragamos un concierto de órgano en la catedral de Bamberg. No soy melómano, pero me parece soberbio, con un repertorio moderno. Los conciertos de órgano en España suelen ser de piezas de Bach y clasiqueces varias. Aquí, un amable y sonriente organista checo ofreció incluso una pieza de un compositor vivo, que a ratos parecía oníricamente espacial, rollo Jean Michel Jarre. No es lo que esperaba oír en un recital de órgano, pero parece que no sólo quedamos encantados nosotros: el público, que llenaba la catedral, aplaudió a rabiar.

Entramos en Turingia y recalamos en Weimar. Vemos con sonrisa bobalicona los semáforos de la Alemania Oriental, convertidos en un icono pop en Berlín (ese señor con sombrero que corre encorvado). También vemos cabinas telefónicas amarillas propias de la RDA. Fósiles conservados con cariño de coleccionista retro. Inexplicables nostalgias. También vemos desfilar algunos de esos coches del bloque comunista, feos y tastarrosos, que hoy son buscadísimos por los más modernos del barrio.

Pero todas estas chorradas quedan eclipsadas por el gran drama de Weimar. Porque aquí, en esta pequeña ciudad del centro de Alemania, se escenificó con especial cinismo la tragedia nazi.

Weimar es la Meca de la cultura clásica alemana. En 1919, los próceres de la nación la eligieron para discutir y aprobar en ella la primera Constitución democrática de Alemania. Y la escogieron porque Weimar representa la Alemania de la filosofía y de la ciencia, tajantemente opuesta a los militarotes prusianos. Weimar es la razón hecha piedra. Weimar es la ciudad de Goethe y de Schiller, los dos genios del prerromanticismo alemán, especialmente el primero. Weimar es Goethe y Goethe es humanismo, sabiduría, sed incansable de conocimiento, filantropía y hedonismo amigable.

Por supuesto, fuimos corriendo a visitar la casa de Goethe, que fue un regalo que le hizo su mecenas, el duque Carlos Augusto. Los gestores de la casa-museo han tenido el buen gusto de no llenar las habitaciones con molestos cartelitos explicativos. Un folleto y un planito son suficientes para que recorras la casa a tu aire, que se conserva con buena parte del mobiliario original. Con pasos pequeños, porque la madera del suelo crujía una barbaridad, nos asomamos al dormitorio y vemos la cama donde murió el autor del Fausto. Ya sabéis que dicen que sus últimas palabras fueron: “Luz, más luz”. Si fuera verdad, sería muy bonito, pero yo soy de no creerme mucho estas frases de cine. Sé que la agonía no da para muchas genialidades, y generalmente morimos en silencio o emitiendo un barboteo.

No importa. La casa es fantástica. Ves el despacho y la biblioteca donde trabajaba Goethe, con sus volúmenes intactos y catalogados, y siempre da morbillo entrar en los santuarios de los genios. Salimos de allí sonrientes, colmados de mefistofeliana alegría, y recorremos una ciudad rebosante de cultura (hasta el empacho) que, en el fondo, sabemos turbia y pestilente.

Cuentan -aunque puede que también esto sea un bulo-, que a finales de los años 30, la gente bien de Alemania disfrutaba de la ópera y del teatro en Weimar en cálidas y entrañables veladas. Mientras, en el cielo, al norte de la estación de ferrocarril, se veía una gruesa columna de humo negro que todo el mundo ignoraba. Eran los crematorios de Buchenwald, el campo de concentración de las SS instalado diez kilómetros al norte de la ciudad.

Cuando finalizó la guerra, los vecinos de Weimar, incluida su administración municipal, dijeron que no sabían nada de las decenas de miles de personas que habían sido exterminadas en la puerta de sus casas. Dijeron que nunca vieron esa columna de humo, o que no la atribuyeron a nada en concreto, que creían que en Buchenwald sólo había un acuartelamiento de las SS, que nunca habían visto los trenes cargados de judíos pararse en la estación de Weimar antes de que el guardagujas cambiara para que pudieran dirigirse a Buchenwald.

Buchenwald. Como todos los campos de concentración nazis, su solo nombre ya impone solemnidad al discurso que lo menciona. Su sola mención trae sombras a las caras y hace bajar las miradas. Es la vergüenza colectiva que, como humanos, sentimos. Por muy hijos de puta que seamos. Por muy indiferentes que nos deje el dolor ajeno. Es leer o escuchar Buchenwald y sentir cómo se eriza el espinazo.
Hacia allí vamos, siguiendo las señales que marcan el camino en la carretera muy discretamente, con vergüenza. Weimar está rodeado de espesos bosques, los famosos bosques de Turingia, y nada más dejar la ciudad nos vemos envueltos en verdes sorprendentes para alguien acostumbrado al verano mediterráneo, y por fragancias montañosas y medicinales. Grandes robles y sauces en suaves colinas de cuento. Las colinas donde Goethe coqueteaba y follaba con sus amantes.

Tras un cortísimo paseo en coche, llegamos a Buchenwald. El corazón ya está encogido porque una señal tres kilómetros más atrás indica que ese camino se conoce como Sendero de Sangre. Una parte de él está adoquinado: es una parte del camino original que se ha conservado. Son los adoquines que pusieron los presos del campo de concentración de Buchenwald.

No hacen falta escenografías ni puestas en escena. Vamos predispuestos a soportar una propaganda plañidera y afectada, pero el lugar no la necesita. Sólo con pisarlo sientes cómo el se te encoge la boca del estómago. Todo tu interior se contrae en una mueca fisiológica de miedo, asco, vergüenza y angustia. Y todavía no has visto nada.

La calle que conduce a la entrada del campo se llama “Camino del Carajo”. Allí están las perreras y la comandancia de las SS. Un poco más allá, la única entrada a Buchenwald. Sobre ella, un reloj que marcaba el ritmo de los trabajos forzados y que está parado a las 15.15. Es la hora en la que los 21.000 prisioneros que quedaban dentro fueron liberados por las tropas estadounidenses, en abril de 1945.

No me quiero extender con Buchenwald porque no pararía. Por muchos libros que haya leído y por muchos documentales sobre campos de concentración y exterminio que haya visto, nada me había preparado para lo que hay ahí dentro. Había leído que en los hornos crematorios de los campos todavía olía a cenizas. No me lo creía. Pensaba que era una exageración, una sugestión excesiva del visitante compungido, pero es verdad. Los hornos crematorios de Buchenwald huelen a quemado todavía. Es impresionante e indescriptible, como un olor fantasmagórico. Provoca náuseas.

Ninguna lectura ni enseñanza te preparan para eso. Nada te prepara para ver la sala donde se ejecutaba hasta 400 personas por día con un tiro en la nuca. Nada te prepara para ver los instrumentos de tortura. Nada te prepara para ver las celdas de castigo. Nada te prepara para ver la jeringuilla con la que se aplicaba la inyección letal. Nada te prepara para ver los zapatos de niño pequeño recuperados entre las pilas de cadáveres sin quemar que los norteamericanos se encontraron. No escribiré más de Buchenwald. Todo sería tópico y miserable.

Volvemos a Weimar, donde la vida sigue. Lo agradecemos. Agradecemos reencontrarnos con la frivolidad y la cerveza. Eso siempre se agradece. Pero también miramos a los más viejos que pasean por la calle, sonrientes, del brazo de sus nietos o de sus perros (aquí todos tienen perro), con el júblio del jubilado. Y nos preguntamos si ellos también disfrutaron de la ópera y de la cena aquellos días, si leyeron extasiados a Goethe y a Schiller y si cerraron las ventanas para no ver la columna de humo que subía al norte de la ciudad, ni los gritos y lamentos de los trenes cerrados que paraban en la estación antes de acabar su recorrido en Buchenwald.

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1 comentario

ACRey -

Supongo que no esperas que te felicite por un relato tan bello. No lo necesitas. ¿Cierto? No lo hago.
Sirva de aliciente que quedo preparado, ataviado de horror, por si un día me topo con algún campo de concentración.
La Historia verdadera, es esta que se vive.

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