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El Blog de Sergio del Molino

FIRST, WE TAKE MANHATTAN...

Siento haber descuidado mis ¿obligaciones? blogueras, pero entenderán ustedes que esto del turismo es un gran invento, aunque un invento agotador. Una semana de trote por ciudades desconocidas machaca más que el trabajo por cuenta ajena cuando el contador ajeno chasquea su látigo en tu espalda. Así que los párpados y los dedos no siempre responden cuando termina el día para postear debidamente, y cuando lo hacen, no siempre hay una red wifí a mano o un sitio medianamente tranquilo donde escribir. Pero mi desidia bloguera es básicamente vacacional: estoy en un plan de hacer las cosas cuando me venga en gana. Como dicen los Babasónicos, “todo lo que pueda arreglar hoy, lo dejaré para mañana”.

Desde la última vez que me asomé al blog, hemos abandonado Turingia, hemos pasado por Dresde, en la bella y gutural Sajonia, y hemos vuelto sobre nuestros pasos para asomarnos a Leipzig, la que llaman Ciudad de los Héroes. Ahora estamos en Berlín, destino final de nuestro viaje, donde pensamos pasar unos días entre despendolados y amodorrados, intentando sincronizar nuestros metrónomos internos con los de esta ciudad.

Dos notas brevísimamente breves de Dresde y de Leipzig.

Dresde, un punto decepcionante. Todas las guías y todas las referencias que teníamos de la ciudad la ponían tan bien, que nos ha sabido a poco. Ciertamente monumental, aunque sepas que es un monumentalismo de pega, reconstruido sobre las ruinas de 1945, pero algo sosa e inane. Me transmitió más vibraciones la parte nueva y comercial, con la extraña y desaforada Praguer Strasse, donde dormíamos en un viejo hotel de aire soviético remozado, que la ciudad antigua. Tendríamos el día tonto, qué sé yo.

Leipzig es otro cantar. No es bella, pero sí extrañamente hermosa. O extrañamente atractiva. Se presenta como un preámbulo de Berlín, y en sus calles, la modernidad se empieza a desparramar con mucho más desparpajo. Se siente y se vive moderno, que no quiere decir necesariamente a la moda. Y, a la vez, se respira la historia. En ningún otro sitio de la vieja Alemania Oriental hemos visto ese sentimiento tan potente hacia lo que significó la RDA.

Tienen un estupendo museo donde te cuentan la historia de la vieja Alemania comunista, desde 1945 hasta la reunificación, y la verdad es que es un museo muy divertido y, a ratos, emocionante (hay que pedir en la entrada un folleto con la traducción al inglés de las cartelas, porque en la exposición está todo exclusivamente en alemán, y los que sólo lo hablamos en la intimidad no nos enteramos de un pijo). En algunos tramos, el museo adquiere un tono de “Cuéntame como pasó” que sintoniza muy bien con la percepción pop que se tiene hoy de aquello: hay un apartamento típico de un alemán de la RDA, con sus muebles retro, y un montón de productos de consumo que los alemanes orientales apenas podían consumir. Incluso los cacharros de espionaje de la Stasi (la policía secreta política) parecen sacados de un episodio de Superagente 86 y dan más ternura que espanto. Luego, paseando por la ciudad, encontramos una tienda dedicada exclusivamente a vender productos de la vieja RDA, para coleccionistas y fetichistas de lo retro. En este país hay verdadera fiebre consumista por todo lo comunista, y en Berlín la cosa es mucho más exagerada.

¿Veis como estoy de vacaciones y no tengo ninguna disciplina ya? He dicho que haría dos notas brevísimamente breves de Dresde y Leipzig y os he soltado un rollamen infumable. Si todavía seguís leyendo, solamente voy a decir una cosa sobre Berlín, y esta vez cumpliré mi promesa.

Antes de irnos de viaje, los telediarios y algunos periódicos nos bombardearon con informes sin fundamento y reportajes sin documentar que afirmaban tajantemente que los españoles, este año, se quedan en casa por la crisis. ¿Deberíamos quedarnos en casa por la crisis?, le pregunté a Cris. A lo mejor a la crisis le molesta que nos vayamos por el mundo a derrochar euros en fruslerías, y cuando volvamos ya no nos dirige la palabra. O nos encontramos en el buzón una severa admonición del ministro Solbes por ser tan malos españoles en tiempos de crisis. Sopesamos la cuestión y decidimos boicotear las estadísticas, pero me da que no fuimos los únicos. ¿Que los españoles no han viajado este año? ¿Pues qué hacen todos en Berlín? Juro que la cosa es exagerada. Nunca en ningún viaje nos habíamos tropezado con tantísimo español. O Halcón Viajes ha fletado vuelos en masa a un céntimo el billete o no me lo explico. Abundan más que los alemanes, por todas partes ves a españoles de cualquier edad y condición con un plano desplegado buscando con el dedo el Museo de Pérgamo o el Checkpoint Charlie. Lo prometo, es algo escandaloso, los berlineses se deben de creer que les han invadido los hijos de los emigrantes de los 60, en una especie de cruel revancha.

La crisis se va a poner de una hostia cuando descubra que nadie le ha guardado la ausencia estas vacaciones…

Otro día hablo más y mejor de esta maravillosa ciudad.

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