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El Blog de Sergio del Molino

... THEN WE TAKE BERLIN

Franco y el franquismo odiaban Madrid. Después de 1939, los más duros del régimen plantearon al Caudillo que la capital de la Nueva España no podía estar en aquel nido pestilente de rojos. El Madrid liberal, republicano y socialista, el Madrid de la generación del 27 sólo merecía un escarmiento severo. Se plantearon reformas urbanísticas para acabar con ese Madrid anterior a 1939 que cambiaran de arriba abajo la fisonomía de la ciudad. Por suerte, Franco no tenía ni un clavel después de la guerra, y sus intervenciones en la ciudad fueron mucho más modestas de lo que los fascistas exaltados pretendían. El Arco de la Victoria que se puede ver en Moncloa es el resto más destacado de ese vano intento por destruir el viejo Madrid.

Si Franco consideró Madrid “territorio enemigo”, Hitler hizo lo propio con Berlín. Son curiosos los paralelismos. Hitler odiaba Berlín, que para él representaba la “Antialemania” (¿suena de algo?). Berlín era Babel. Una ciudad salvaje llena de comunistas, judíos y homosexuales, donde los cabarets marcaban el ritmo de la vida. Era la ciudad de Marlene Dietrich, de Bertolt Brecht, de Fritz Lang, de Von Stenberg. Eran las sugerentes notas de El ángel azul, los turbios movimientos de Makie Navaja y los cantos borrachos de Alexanderplatz. Nada que ver con la pura y digna Baviera, nada que ver con la idílica imagen de la sana y aria Alemania rural que el nazismo venía a glorificar. Por eso, Hitler también quiso destruir Berlín. Una exposición que se puede ver estos días en el Memorial del Holocausto enseña al detalle el megalómano proyecto del arquitecto Albert Speer para destruir la vieja, loca y bohemia Berlín y transformarla en Germania, la capital del III Reich.

A Hitler también le faltó parné para llevar a cabo su proyecto, pero lo que no llegó a hacer él lo hicieron los bombardeos aliados y la ocupación soviética. El viejo Berlín de las sombras expresionistas y el cabaret abierto hasta el amanecer se marchitó entre bloqueos, muros y guerras frías que en las calles de la ciudad se calentaban hasta casi arder. Desde 1933 hasta 1989 transcurrieron las décadas del horror en las que sólo unos cuantos punkies y okupas, y ya en los años 80, se preocupaban en el lado oeste de mantener vivo el espíritu libre de la ciudad (un espíritu tan libre que hasta su universidad se llama Universidad Libre de Berlín).

De 1933 a 1989 van muchos años. Suficientes para cercenar para siempre una civilización entera. Pero a Berlín no la han doblegado. Hoy, casi veinte años después de la caída del muro, Berlín aparece igual de salvaje y libre que en los años 20. Berlín es una gran fiesta, un jolgorio maravilloso e imparable que demuestra que el espíritu de las grandes ciudades con carácter puede sobrevivir a casi todo.
Mucho más moderna y vibrante que París y mucho menos pretenciosa que Londres, Berlín me está pareciendo la gran capital europea. El lugar donde se vive con más intensidad y más placer, donde las poses no son impuestas y donde realmente el disfrute ciudadano se antepone a cualquier otra consideración. Los berlineses las han pasado muy putas, tienen que bregar con un pasado reciente muy chungo que todavía aflora en muchas esquinas y lo único que quieren es vivir y dejar vivir.

No paramos. Estamos todo el día de acá para allá. Nuestro hotel ocupa un viejo edificio señorial del Berlín oriental abandonado por los comunistas y reconstruido ahora con un gusto maravilloso. El Berlín Este marca la pauta, ya que los bares, restaurantes, tiendas y galerías de arte más modernas se trasladaron en los 90 a este lado de la ciudad atraídos por los bajos precios de los alquileres. El viejo oeste ha perdido parte de su fuerza y de su encanto y se adormece aburguesado entre los aromas florales del Tiergarten. Berlín vibra y nosotros vibramos con ella. No sé cómo he tardado tanto tiempo en descubrir esta ciudad cabaretera y descontrolada, tan camaleónica y tan constante, tan calma y tan desquiciada, tan ácrata y tan ferozmente capitalista. El hoy del mundo se arremolina en sus calles mucho más que en cualquier otra ciudad europea y nosotros no nos habíamos enterado hasta hoy. Cuánto tiempo hemos perdido.

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3 comentarios

Markus Trapp -

Interesante comparación entre Madrid y Berlín (desde el punto de vista histórico). Y a los Berlineses que leen tu artículo les va agustar lo que escribes sobre el Berlín actual ("donde realmente el disfrute ciudadano se antepone a cualquier otra consideración"). Aunque soy de Hamburgo, aprecio mucho a Berlín y creo que tienes razón.

S. del Molino -

Gracias, Severiano. La de Unter den Linden ya la hemos visto. Hoy nos acercaremos a la de Potsdamer Strasse.

Severiano -

Sugerencia: visitar la Staatsbibliothek zu Berlin, edificio de Potsdamer Strasse. Es una biblioteca muy bonita por dentro y por fuera. Tiene otra sede en Unter den Linden, pero sólo es bonita por fuera (edificio del s. XVIII).
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