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El Blog de Sergio del Molino

SIN RESPONSABILIDAD

De vuelta y revuelta a este torrido país. Paseamos por Barcelona, nos metemos entre pecho y espalda un arroz a banda de los que no saben hacer en Alemania y nos quedamos tan panchos. Yo voy feliz: me he embutido en unas floridas bermudas sin bolsillos y ando por la calle indocumentado. No llevo cartera, ni llaves, ni monedacas. Todo lo que me reviste de dignidad ciudadana se lo he endosado al bolso de Cris. Le he dicho: "Hoy, tú eres yo. Toma mi DNI, mi Visa y mi disfraz de contribuyente honrado". Y yo me he puesto a caminar libre por la Rambla de Cataluña, entre tiendas pijas en las que no podía comprar nada. Administrativamente desnudo, económicamente insolvente, como un vagabundo de Brecht. Qué felicidad, qué descanso. Caminar sin nombre ni apellidos ni llaves de un domicilio fiscal al que volver de madrugada. Miro las vallas publicitarias y les hago burla con la lengua, porque esa publicidad no puede nada contra mí. Sin tarjetas de crédito y sin monedas para el autobús soy un peatón invisible para el mundo. No soy un consumidor, sólo puedo consumirme a mí mismo. Me calzo las bermudas y desaparezco, como el gourmet suizo ese que se largó de El Bulli sin soltar la panoja y todos creían que se había perdido. Qué gustazo.

Aprovecho mis nuevos superpoderes para despreocuparme de todas las pequeñas miserias que llenan nuestros días, incluso de vacaciones, y me quedo en Babia, que es el mejor sitio para quedarse. Y allí pienso en el amor, pero no en abstracto. Pienso en los grandes ligones que la literatura ha dado, en la envidia que dan esos cabrones de ficción que dejan nuestros esfuerzos seductores a la altura del betún. Pienso en Hans Castorp, el más increíble -y, por ello, más conmovedor- de los ligones que la historia de la literatura ha dado.

Hans Castorp, tímido, servicial, rígido, conservador y algo imbécil a ratos, se pasa unas 500 páginas de La montaña mágica (la mitad del libraco más o menos) mirando de lejos a la bella Madame Chauchat, una dama rusa casada con un hombre de apellido francés. Pasa capítulos y capítulos buscando desde lejos el contacto con sus exóticos ojos oblícuos y estremeciéndose con la sensualidad sobrenatural de sus brazos desnudos cuando ella se pone algún vestido veraniego. Filosofa sobre su piel, estudia anatomía para aprender ese cuerpo que ama en la distancia, se obsesiona, alcahuetea con una vieja institutriz que le pasa informes sobre la vida privada de Madame Chauchat: qué visitas recibe en la habitación, la extraña y laxa relación que le une a un marido lejano que habita en Daguestán, donde quiera que esté eso, los encuentros que mantiene con el doctor Behrens... Retorcido, enfermizamente enfermo, febril, va cosiendo maniáticamente la tela de araña de su obsesión, pero sin cruzar una sola palabra con ella.

Así lo mantiene Thomas Mann durante medio libro, con un genial sadismo de novelista, sometiendo a su personaje a un maltrato cruel e insoportable. Hasta que, con la misma brillantez (en Thomas Mann la palabra brillante se queda siempre corta), se produce el encuentro. La conversación se desata en francés, como corresponde a dos extranjeros cultos de la buena sociedad de la época, y Thomas Mann la escribe en ese idioma. Pero Madame Chauchat entiende el alemán, y varias veces pide a Hans Castorp que se exprese en su lengua natal, a lo que el joven Castorp se niega en redondo, y le dice:

-Moi, tu le remarques bien, je ne parle guère le français. Pourtant, avec toi je prefère cette langue à la mienne, car pour moi, parler français c’est parler en quelque maniere sans responsabilité, ou comme nous parlons en rêve. Tu comprends?

Es decir, traducido a mi torpe y sucio castellano:

-Yo, ya te has dado cuenta, no hablo a menudo el francés. Por tanto, contigo prefiero esta lengua a la mía, ya que, para mí, hablar francés es hablar, en cierta forma, sin responsabilidad, o como decimos, en sueños. ¿Comprendes?

Toma ya, Hans Castorp. ¿Cómo seguir con la lectura después de eso? ¿Cómo mantener el libro entre las manos después de ver que el personaje ha crecido tanto que se ha salido de las páginas y ha ocupado el edificio entero con su grandeza? Esto hay que leerlo al aire libre, para que la enormidad de la frase de Hans Castorp no nos aplaste y pueda volar libre y bien alta. Si cogiésemos a todos los compositores de la historia del pop, les metiéramos en una máquina para sacar la síntesis, la nata, lo mejor de cada uno de ellos, y utilizáramos ese extracto para componer la mejor canción de amor de la historia, el resultado sería un bodrio insulso y resabiado al lado de esa genialidad de Castorp. Y lo mismo pasaría si metiéramos en la máquina a todos los guionistas de la historia del cine, incluso a ese que escribió aquello de: "Si es diciembre del 41 en Casablanca, ¿qué hora es ahora en Nueva York?".

Aviso para futuros erasmus y para ligones de bellas guiris en el litoral ibérico: no intenten hacer este truco en casa, los resultados pueden ser desastrosos. A Hans Castorp le quedó sublime, pero en un chiringuito gaditano o en un bar de Bruselas a las dos de la mañana la frase puede sonar espantosa. Aprendices de ligones del mundo, inspírense en Hans Castorp, pero no le imiten. Hace falta mucho talento para que una imitación funcione.

Yo sigo caminando con mis bermudas, indocumentado, y me siento un poco como Hans Castorp cuando se dirige en francés a Madame Chauchat: sin responsabilidades, como en un sueño. Estoy tentado de utilizar mi nueva condición con ánimo seductor, y me vuelvo a mi Madame Chauchat particular, que sigue guardando en su bolso los atributos de la vida burguesa que he abandonado momentáneamente. Estoy a punto de lanzarme en picado con una maniobra que derrita el corazón de Madame Chauchat, pero entonces me doy cuenta de que llevo unas bermudas floreadas y una camiseta vieja. Nada de lo que salga de mi boca puede sonar creíble. Así que reculo a tiempo y hago alguna broma escatológica, mucho más apropiada para mi condición. Sin que me vea, suspiro y lamento mi facha de guiri despreocupado. Por la noche, me vestiré para matar (lo dice una canción de Thin Lizzy: "Friday night, dressed to kill"), pero entonces volveré a llevar mi DNI y las llaves de casa en el bolsillo, y no podré fingir que hablo sin preocupaciones, sin responsabilidad, sin nombre, sin profesión y sin número de identificación fiscal.

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