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El Blog de Sergio del Molino

UN VICIO REPUGNANTE

UN VICIO REPUGNANTE

Tengo eso que antes se llamaba un vicio y que ahora se llama meapilísticamente adicción (es curioso que prefiera de lejos la sonoridad rezumante y sugestiva de "vicio" a la asepsia tecnócrata de "adicción", y sin embargo me parezca más molón ser un "adicto" que ser un "vicioso", que suena a cura encerrado con niños en la sacristía). Es un vicio vergonzoso, pero no tanto como para impedirme confesarlo. Un vicio aterrador que me lleva por la calle de la amargura y que sólo con mucha fuerza de voluntad y sudores fríos logro mantener bajo control. Lo confesaré, aunque sé que muchos me despreciarán tras conocerlo. Este mundo puede soportar al heroinómano, al farlopero, al trasegador de soles y sombras y al abonado a las salas de bingo, pero aborrece a quien se sumerge sin freno en la crapulencia calórica.

Me llamo Sergio y soy adicto a los gofres con chocolate. Sólo con chocolate. Nada de natas, nada de helados, nada de mermeladas ni de siropes. Gofre con chocolate. Y hoy he recaído.

¿Cómo no recaer? Yo vivía tranquilo en Zaragoza porque esta ciudad es una negada en el arte del gofrerismo. No había un solo antro donde darse a esos placeres clandestinos. Créanme, los he buscado, y todo lo que había conseguido eran mierdas de calidad insultante, bollos rancios que no merecían llevar el nombre de gofre embadurnados de vaya usted a saber qué oscuro mejunge con resabios de cacao. Muchos adictos a los gofres han muerto por la acción desaprensiva de esos camellos que venden masas recalentadas en el microondas o que vienen empaquetadas en bolsitas. Yo vivía alejado de mi vicio en una ciudad donde no encontraba "dealers" que me sirvieran mercancía pura y de calidad. Así, a la fuerza, me desintoxiqué. Pero he vuelto a las andadas, porque he descubierto que en los Haagen-Dazs hacen unos gofres sublimes, lo más parecido a la idea platónica de un gofre que un adicto se pueda encontrar.

Además, los Haagen-Dazs tienen la ventaja de que no son los chiringuitos esquineros, marginales y playeros en los que me había surtido toda mi vida. El Haagen-Dazs es como un fumadero de opio: pillas la mercancía y te recreas en ella, refocilándote en tu gorda crapulencia. El ambiente de café distendido y acogedor invita a deleitarse con cada bocado. Así lo hago: me como el gofre exquisitamente servido en un plato alargado y acompañado por cubiertos (¡cubiertos!, como si el gofre fuera comida de verdad y no droga). Te sientas, con suerte, en un sillón, sacas un libro y dejas pasar media hora o más, hasta que se te cura el mono y has consumido unos capítulos de alguna lectura intrascendente y divertida, que no te distraiga demasiado del sabor del gofre.

Hoy lo he hecho solo, como hay que vivir los vicios, sin testigos. No pensaba hacerlo, pero la ocasión la pintaron parda: paseaba por la ciudad solo, no tenía que ir a trabajar ni había quedado con nadie. La tarde se extendía ante mí, urgía hacer algo clandestino sin miradas de reproche. Así que entré en el Haagen-Dazs con los ojos inyectados en sangre, reclamando mi dosis ("No me traiga la carta, ya sé lo que quiero, y lo quiero ya", le solté al camarero-camello). Cuando había devorado la mitad de ese monumento al colesterol y al endurecimiento arterial, saqué de mi bolsa de la Fnac un libro al azar, cualquiera de los que acababa de comprar, y me puse a leer. Resultó ser Historias de Nueva York, de Enric González, y me quedé atrapado por la lectura un rato largo, gozando voluptuoso como un sultán que se acaba de cepillar a Sherezade y escucha recostado sus cuentos para amenizar el post-polvo.

La verdad es que con Haagen-Dazs he reinventado mi vicio y lo he dignificado bastante. Se puede decir que he pasado del polvo rápido y esquinero a la puta de lujo en hotel de cinco estrellas. El espíritu crápula es el mismo, pero el goce es más reposado. Antes, devoraba los gofres en la calle, tras intercambiar unas monedas ansiosas con un vendedor callejero y ocultándome de las miradas indiscretas. Me lo zampaba a grandes bocados, pringándome entero de chocolate, y cogiendo muchas servilletas del mostrador para limpiar a conciencia las huellas de mi indignidad.

Todo empezó de niño, no recuerdo a qué edad. Yo he sido un niño playero, crecido junto al Mediterráneo. Como Serrat, pero sin dar la paliza a nadie. Mis veranos infantiles consistían en tres meses y pico de playa ininterrumpida: panzadas de arena, trote entre malecones, caza de pechinas y de cangrejos, saturación de melanina y picaduras de medusa. Como buen pueblo turistero, en los años 80 ya tenía un montón de cosas para dar gusto a los extranjeros, y algún belga espabilado montó un local pequeñito en el paseo marítimo con un niño meando dibujado en el letrero. "Gofres Manneken Pis", ponía en letras azules.

Si sabía suplicarle con arte a mi madre o si había algún tío o abuelo cercano al que sablear con las técnicas mafiosas de la infancia, alguien abría un monedero y me daba la provisión necesaria para que, a la hora de merendar, me acercase al chiringuito. Allí iba, me encaramaba al mostrador y pedía un "gofre amb xocolata". Alguna subempleada con acné atendía mi solicitud, rellenaba la gofrera con la masa y, tras unos minutos de impaciente espera, me entregaba un bollo tostado, esponjoso, abrasador y embadurnado de un chocolate espeso y azucarado que salía de una olla enorme. Venía semienvuelto con un trozo de papel de estraza con el logotipo del niño meón y era imposible de comer sin acabar pringado de arriba abajo. Poco importaba: me metía en el mar al acabármelo, y listo.

Así fue como me hice yonqui. Los "Gofres Manneken Pis" ocupan un lugar de privilegio en mi memoria de adicto. Nada, ni siquiera Haagen-Dazs, podrá superarlos.

Años después, en Madrid, fue donde mi vicio estuvo cerca de llevarme a la perdición colesterolosa (¿qué clase de vicio sería aquel que no es capaz de llevarte a la perdición?). Hay templos del gofre muy recomendables en Madrid. Se puede disfrutar de esas bombas calóricas en varios sitios, pero en ninguno como en la estación de metro de Sol. En el vestíbulo central, un chiringuito minúsculo impregna todo el metro de olor a chocolate y a masa azucarada. En las líneas 3 y 1 (en la 2, no sé por qué, se nota menos), el olor se aprecia ya en los vagones. Un ciego puede saber que estamos llegando a Sol porque huele ese reclamo dulzón ya en el túnel. A mí me perdían. Mataría por un grasiento gofre de ese chiringuito. Lo digo en serio, no me pongáis a prueba.

El problema es el siguiente, como comprenderán todos los que han vivido o viven en Madrid: intenten hacer un itinerario razonable y cotidiano de metro, para ir a cualquier sito a los que va la gente (compras, bares, curro, casa...). Bien, ahora intenten trazar el mismo recorrido sin pasar por Sol. ¿A que es más difícil, largo y sinuoso? Hay que pasar por Sol, es un imán, no puedes huir. Hubo una época -luego me mudé y pude salvarme, no sólo porque dejé de pasar por Sol, sino porque dejé de usar el metro, todo un privilegio al alcance de muy pocos- en la que pasaba por Sol hasta cuatro veces al día. Antes de comer, antes de cenar, el estómago aullando... ¿Saben la cantidad de veces que me he bajado en Sol, aunque no tuviera que hacerlo, me he comprado un gofre, me lo he zampado con ansia de adicto y me he montado en el siguiente metro para proseguir el viaje? Era un vicio solitario, pero alguna vez me pilló algún conocido (normal: estaba exhibiéndome ante medio Madrid) y tuve que confesarlo.

En Zaragoza no tenía problemas. No gofres, no problem. Pero ahora ha venido Haagen-Dazs a recordarle a mi boca esa añeja y querida sensación. Cortar con el tenedor ese bollo recién hecho, encontrarlo esponjoso e hinchado por dentro (nada peor que un gofre mazacote), dejar que penetre el chocolate por los cuadrados y sentir el estallido crujiente de los bordes requemados... Dios, qué placer. No sé si sobreviviré a esto, amigos. No sé qué me saldrá en los próximos análisis médicos, pero Haagen-Dazs me ha arruinado la vida. A ver en qué queda todo esto.

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10 comentarios

Enrique -

Probablemente sí que fueran más de seis, sí.

S. del Molino -

Ni idea, no me suena de nada. De todas formas, ¿cuántos años hace de eso? Porque si son más de seis, por entonces yo sólo vivía intermitentemente en Zaragoza.

Enrique -

Me dice mi novia, yo no lo recuerdo, que hace unos años había un sitio de gofres en Independencia, al lado del cine (hoy cines, o lo que sean) Palafox. ¿Qué pasaba con ésa?, ¿la conocías?

Antonio -

Con nata, sí!
(Es que debo ser afrancesado)

S. del Molino -

Con nata, no!!!!
Aunque habría que decir "avec chantilly", porque lo de la nata es un añadido francés. Los belgas sólo le hechan azucar glass por encima del chocolate. ¡Qué manía tienen los franceses de meter nata en todas partes!

Antonio -

Sergio, lo mío es peor: me gustan con nata.

¡Un gofre sin nata sólo es pecado venial!

¡Abrazos!

El futurible ingeniero -

En la expo, en el pabellón Belga, puedes comerte unos cojonudos.

Ahora sí, son más pequeños que una galleta Chiquilín y cuestan 3 €...

markus wolf -

no os tomaran en serio hasta que no empeceis a atracar pastelerias

S. del Molino -

Vaya que si reconforta. Ya sabes que estamos en la cuarta división de los adictos, después de los drogadictos, los alcohólicos, los ludópatas y los enganchados al móvil. Nadie nos toma en serio, pero deberíamos hacernos fuertes. Un saludo.

milmusas -

Me llamo Milmusas y soy adicta al chocolate. Sé que has hablado de temas mucho más polémicos e interesantes en tu blog, pero no he podido evitar responder a esta entrada en concreto: tú solo sucumbes al gofre con chocolate... pero, ¿sabes lo que es vivir por el mundo cuando el chocolate en cualquier estado te acecha en cada esquina?
No quiero ni seguir hablando del tema que me salen churretones sólo de pensarlo.

Me he sentido muy identificada con este texto, y por experiencia sé que saber que no eres el único chiflado capaz de pararte en una estación de Metro para comprar un antojo, reconforta bastante.
Un saludo.
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