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El Blog de Sergio del Molino

BUENOS Y MALOS

Leo al sabio Paul Theroux en En el gallo de hierro:

A pesar de que es cierto que cuesta trabajo volver interesantes a los virtuosos, también es verdad que resulta muy fácil tornar memorables, y en ocasiones fascinantes, a los viciosos.

Gran verdad a la que se enfrenta cualquier narrador con ínfulas moralistas (o sin ellas). Los tíos que miran al cruzar, que no intentan acostarse con la novia de su amigo, que trabajan sin denuedo y sin rechistar y que nunca intentan colarse sin pagar en ningún sitio son unos pelmas. Los quieres de vecinos y de compañeros de curro, pero no los quieres en tus novelas, porque las vuelven pesadas y cenagosas. Probablemente, tampoco les quieras como amigos. Al menos, no como amigos de aventurillas (quizá sí como amigos a los que se les pide un préstamo), y decididamente pasas de ellos como amantes. Pueden tener un pase como maridos, pero no como amantes.

Los periodistas tampoco los quieren en sus crónicas. Si hay que escoger entre entrevistar a Jack el Destripador y a un Nobel de la Paz, la elección es obvia para cualquiera (y si no lo es para algún periodista, que abandone la profesión ya y que se dedique a escribir vidas de santos, nos hará un favor a todos). Por eso las víctimas encuentran tantos problemas para despertar una empatía sincera y sin dobleces, porque nosotros estamos decididamente de parte del malo. La víctima no deja de ser un elemento pasivo, alguien a quien compadecer, pero rara vez comprender.

Y eso que creo que Theroux no acierta del todo en su frase. Dice que resulta fácil "tornar memorables" y "fascinantes" a los viciosos, como si el narrador tuviera la clave, como si el asunto fuera una simple cuestión de técnica literaria. No. Si resultan más fáciles de construir y funcionan mejor como personajes es porque son mejores personajes, porque fascinan por sí solos.

Los novelistas del XIX, que estaban obsesionados por que la virtud triunfase sobre el vicio, lo sabían muy bien. Por eso sus personajes caían en el vicio, para mostrarnos el camino equivocado. Pero también para entretenernos. Porque no se pueden mantener mil páginas de La Regenta, de Fortunata y Jacinta o de El Rojo y el Negro sin que un cura le coma el tarro a una señorita de provincias para trajinársela en un descuido, sin que un señorón se pierda por los bajos fondos siguiendo el olor vaginal de una chica pobre o sin que un tiparraco consumido por su ambición arrase a su paso todo lo que encuentra. That’s enterteinment, guys. Ahora, en los tiempos posmodernos que tenemos, los novelistas se niegan a meterse en esas construcciones catedralicias, y los directores de cine parece que están olvidando cómo se hacen. El espíritu pervive en Los Soprano y en algunas otras series, pero el común de los mortales ha de conformarse con Ana Obregón y los Miami. La cosa ha perdido mucho fuste.

Pero más allá de esta obvia atracción por el lado oscuro, la frase de Theroux (o el lamento de Theroux: parece que le da pena no poder construir una épica de la gente corriente y esforzada) remite a una tradición sólida de relatos del hampa. Esa atracción por los outsiders, los marginales, los tipos que viven al límite en todas sus acepciones: al límite de la ley, de lo socialmente aceptable, de su propia vida... Desde Homero (los dioses griegos parecen macarruzos portuarios que anteponen sus deseos y su líbido a cualquier otra cosa que se les cruce por delante) hasta su última y grandiosa manifestación, el desbordante James Elroy (que ya declina como un sol cansado), pasando por el ciego Borges, maestro de maestros en el género -y sin pisar jamás un tugurio hampón-, a la humanidad le ha encantado verse reflejada en todos esos vagabundos arrabaleros. Normal. Son humanos en estado puro, en la forma más pura de humanidad que se puede destilar. Viven en una región que no necesita metáforas, donde las navajas son navajas, donde los celos son celos, donde la muerte es muerte. Al estar fuera de la sociedad que habitan los lectores, desvelan mejor sus resortes y su inmundicia. De ahí lo fértil de su poética, y de ahí que, cuando un creador la cultiva con honestidad y talento, sin miedo, muchos lectores prefieran cerrar el libro y dedicarse a otras cosas. Señor Theroux, los malos nos atraen a contraluz, pero si nos miran de frente, apretamos el culo y cambiamos de acera. Yo no podría tomarme una cerveza con Tony Soprano, me cagaría de miedo, por mucho que me fascine como personaje.

De ahí viene el concepto de "redención", importado de la moral cristiana e incrustado en los relatos populares. Por eso el chico de la moto muere y Peggy Sue se abraza al estudiante de Derecho que le comprará una bonita casa con jardín. Peggy Sue ha tenido su aventurilla, ha flirteado con el lado oscuro, y eso está bien, es entretenido. Folla un poco con desconocidos, pasa un fin de semana loco, pero acuérdate de que tienes que volver a casa. Cuando la cosa se pone peliaguda, Peggy Sue ha de redimirse, y debe encontrar un hombro amigo que acoja su redención. La poética hampona que no busca moralizar hurga en el individualismo, en el espíritu ácrata, en el rechazo a los valores impuestos, en la negación de la comunidad como ente. Por eso la detestaban por igual capitalistas y comunistas.

¿Quién no quiere ser un lobo solitario? Todos necesitamos nuestra dosis de perversión. En un capítulo de Doctor en Alaska, Holing, afectado por el deshielo, que vuelve a todos un poco locos, anda buscando camorra. Todos los años necesita pelearse con alguien, pero nadie acepta el reto, porque Holing es un morlaco que una vez mató a un oso. Holing es un tipo encantador y pacífico, que tras pasar media vida cazando juró no volver a matar a un ser vivo nunca más. Amigable, simpático, entrañable, es lo que se dice un buenazo de manual. Pero una vez al año, como él mismo confiesa, necesita golpear una boca que tenga dientes, hundir una costilla, sentir cómo se parte un hueso ajeno. Necesita provocar dolor en alguien, pelearse, reencontrarse con todo lo que reprime a diario.

A todos nos pasa lo mismo que a Holing, y por eso tenemos el cine y los libros y la música y los videojuegos, para vivir vicariamente todo aquello que la sociedad -ni nosotros mismos- no aceptaría. Los narradores pueden aprovechar esa vivencia vicaria para redimirnos, para calmarnos y devolvernos al redil satisfechos, o pueden intentar ir más allá y suscitar un cuestionamiento general de cómo y por qué vivimos como vivimos. Las diferencias entre ambos tipos de narraciones pueden ser sutiles, no siempre se aprecian a simple vista (en general, las cosas buenas y profundas tienen capas y lecturas dispares, nada se muestra evidente e inmutable). La experiencia vicaria puede ser un desahogo o una catarsis. En un desahogo, las cosas vuelven a la normalidad, tal y como estaban antes del subidón. En una catarsis, todo cambia, nada está en el sitio en el que lo dejamos antes de ella.

Como lectores, también podemos elegir entre el desahogo y la catarsis, y entre aburrirnos leyendo historias de monjitas virtuosas o divertirnos con crueldades sin cuento. Al menos, en teoría. Porque, a la hora de la verdad, tanto escritores como lectores, si son sinceros y tratan de esquivar cánones, habladurías y escuelas, se rigen por su propia fascinación, que es irracional y no deja elegir a nadie. Una fascinación que se escora casi siempre hacia el lado oscuro, como lamenta Paul Theroux. La elección real consiste en si queremos dejarla fluir y ver hacia dónde nos lleva, o si le cerramos la puerta y nos quedamos con la última serie de Emilio Aragón. A las monjas también les gustan los chicos malos, pero casi ninguna se descolgará de la ventana del convento a las tres de la madrugada para ir a follar con ellos. ¿Nos atreveremos nosotros a salir del convento, o nos contentaremos con imaginar que quizá, un día, saldremos de él? La peor de todas las opciones, sin duda, es darle a la manivela del cilicio hasta que cesa el deseo. Y eso lo hace mucha más gente de lo que pensamos. Mirad a vuestro alrededor, escrutad sus caras y tratad de adivinar qué reprimen y con cuánta rabia.

Ya sea con desahogos o con una catarsis que deje a todos fritos, déjense llevar de cuando en cuando, no hagan caso a su confesor ni a su maestra de mecanografía. Liberarán adrenalina, endorfinas y un montón de hormonas y neurotransmisores. Para su cerebro, será como unas vacaciones. Y después... Como decía el tango: ¿qué importa el después?

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