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El Blog de Sergio del Molino

RITOS Y MITOS

RITOS Y MITOS

Total, que a uno le vienen los furores de la pubertad y quiere ser escritor, o algo asín. Y empieza a darle vueltas a las palabras, le salen cosas cursis y pimpolludas, se inspira en las pecas de su compañera de pupitre e instigadora de erecciones, se enamora, o finge que se enamora, y va llenando folios de cosas que le salen de la cabeza. Somos primates, y por tanto, aprendemos por imitación: leemos algo que nos emociona y queremos hacerlo igual. Imitamos estilos, atmósferas, reinventamos personajes, llenamos papeleras de basura y más basura protoliteraria.

Sí, amigos, las cosas no salen como debieran. Tras intentar imitar muchas veces a ese escritor que les vuelve locos y comprobar que lo suyo es bazofia prensada que no se parece ni por el forro al modelo original, la mayoría lo deja. Para entonces ya están estudiando una carrera, sientan la cabeza y hablan con condescendencia de su vicio juvenil. Su poco talento literario lo vuelcan en escribir cartas al director a su periódico, y si alguna vez le publican una, dan por satisfecho su prurito de autor. Sólo una pequeñísima minoría persevera más allá de lo razonable, y es de esa pequeña minoría de donde salen los escritores. Son corredores de fondo que se adaptan mal a la sociedad del éxito rápido y ruidoso.

El grueso del pelotón de esos pelmas incansables que siguen aporreando teclados descubre que tal vez el fallo esté en que no viven como escritores de verdad. Quizá la cuestión no esté en el qué sino en el cómo. Y descubren que las memorias, las biografías, las entrevistas y las solapas dan mucha importancia a ese cómo. Te cuentan que Brecht trabajaba de pie, paseando por su despacho y corrigiendo y reescribiendo varias obras a la vez. Te cuentan que Saramago escribe en portugués en una planta de su casa mientras su mujer, en otra planta, traduce al castellano lo que escribió el día anterior. Te cuentan que a Cortázar le salían mejor los cuentos en los aeropuertos, mientras esperaba a embarcar, y que los garabateaba en papelotes que guardaba por los bolsillos y que alguien se los pasaba a limpio en casa. Te cuentan que Vargas Llosa escribe en bibliotecas señoriales de la vieja Europa, en horario de oficina. Te cuentan que Millás prefiere levantarse a las seis de la mañana y escribir en silencio hasta las once, cuando se baja a comprar el periódico y a zamparse un desayuno. Otros prefieren la noche y un lingotazo. Unos se rodean de diccionarios de sinónimos y otros alejan de sí cualquier libro que pueda contaminar su escritura. Los hay que se vuelven insoportables, que se bloquean a la mitad, que no se quitan el pijama y la bata en un mes, que apestan y provocan divorcios con estrépito. Hacen el pino, se compran una casa en la costa de Almería, viajan a París en busca de inspiración, sólo encuentran adjetivos los días de lluvia o dejan de follar para retener sus fuentes creativas por dentro.

Total, que el aprendiz de escritor se encuentra con un montón de modelos, pero la cosa está clara. Si uno quiere que le salga un Vargas Llosa, se va a la British Library; si quiere un Brecht, despeja la habitación de muebles, y si quiere ser Saramago, se busca una mujer comprensiva. La lógica es aplastante: si haces como ellos, por fuerza te tiene que salir lo mismo que a ellos. Es lógica de retrete: si comes yogures te saldrá fluido, rollo Paul Auster, y si comes arroz, te saldrá durillo, rollo Faulkner.

La mitomanía funciona así, amigos. Goethe tuvo un seguidor fanático que hasta se acostaba con las amantes que él iba dejando por el camino, a ver si así se le pegaba algo del genio (creo que sólo consiguió unas pocas ladillas). El caso es que los propios escritores le dan mucha importancia a esas cosillas: "Mi primera novela la escribí con una Underwood de los años treinta", confiesan con tono solemne. Y unos cuantos chavales corren al Rastro a buscar su Underwood.

Por supuesto, estas imitaciones no sólo no dan resultados, sino que suelen acabar con amistades y noviazgos. La gente sensata se aleja del plasta que se dejó un sueldo en una Underwood a la que le falta la letra a ("no importa, escribiré una novela sin una vocal, como Perec", dirán). Así que se quedan perdidos en las puertas del parnaso. Es esa fauna que merodea las presentaciones de libros, que coge los canapés con timidez y que vigila desde el fondo de la sala como el fantasma de la ópera.

Pero en esa minoría minoritaria hay un puñado de escritores honestos que, más que llevar una vida de escritor, lo que quieren es escribir. Y a ello se dedican, aunque nadie les haga caso, aunque todo lo que consigan sean unos libros que sólo editan editores aventureros y perversamente bibliófilos, que compran cuatro locos y que sólo reseñan publicaciones de segunda fila. Su única preocupación es su voz, cómo afinar su voz para que no se parezca al guirigay que la ensordece. Algunos, como Roberto Bolaño, se mantienen en la brecha hasta pasados los 40 tacos, y sólo entonces, cuando todo parecía perdido, se ven reconocidos. Algunos, como el propio Bolaño, mueren jóvenes y se convierten en mitos. Y entonces les salen imitadores por todas partes.

Quizá lo más doloroso y lo más recomendable sea asumir lo que dice Rafael Reig en Literatura para caníbales: la literatura no es más que un señor en pijama que escribe en una casa para que le lea otro señor en pijama en otra casa. Nada más, ni nada menos. Lo demás es coctelería y tramoya.

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4 comentarios

S. del Molino -

¿Lo cualo? He intentado leerlo, pero me supera.

Severiano -

Lo que dices es muy cierto, pero entre los poetas es peor. Tú no has visto el Campeonato Mundial de Poetas Pesados:

http://poetaspesados.blogspot.com/

http://es.youtube.com/watch?v=JPmgFM1gYNg

S. del Molino -

Gracias, Enrique. Pero líbreme quien sea de dar toques de atención. Yo sólo parloteo. Y claro que no hay que renunciar a las mitologías, lo que es chungo es convertirlas en modo de vida.

Enrique -

Luis Antonio de Villena aún va más allá y en cierta ocasión comentó que la poesía es una cosa que escriben unos señores con gafas para que la lean otros señores con gafas, que a su vez viven de escribir sobre esos señores con gafas. Creo. O algo así. Es bien cierto lo que escribes, aunque no por ello hay que renunciar a todas las mitologías (quizás tu blog sea un ejemplo de que tú tampoco renuncias a algunas). Sabias palabras que nos dan un toque de atención cuando podemos estar a punto de ser ése que coge el canapé tímidamente. La solución es la que propones y, por qué no, comerse desaforadamente todos los canapés. Enhorabuena por esta entrada.
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