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El Blog de Sergio del Molino

ENVIDIA COCHINA

ENVIDIA COCHINA

Vuelve la gente de vacaciones y, a pesar de la crisis, te cuentan sus viajes. Te cuentan emocionados qué han hecho, qué han comido, qué han bebido, qué han escuchado. Y me gusta escuchar sus relatos. También te enseñan sus fotos, y eso me gusta menos. O tratan de enseñártelas mientras tu cerebro produce a toda velocidad frases de excusa para librarte del marrón. Lo siento, amigo, o te llamas Henri Cartier-Bresson o tus fotos no me interesan. Ya tengo unas que hice yo, tan malas y desenfocadas como las tuyas. Cuélgalas en un blog, que ahí las puede ver quien quiera y el resto del mundo podemos ignorarlas tan ricamente. Es lo bueno de los blogs, que quien quiere enseñar, enseña, y quien quiere ver, ve, pero nadie se siente obligado a nada.

Álvaro Ortiz, el gran comiquero que ilustra mis dominicales Cosas de Blogueros en Heraldo, ha estado en Nueva York este verano. Qué envidia, qué ganas de volver. Otras dos amigas también han estado por allí hace poco y me han puesto los dientes largos. No sé qué tiene Estados Unidos que me atrae tanto (de hecho, la idea original que teníamos para este verano era recorrer la costa este desde Washington hasta Quebec, para complementar el viaje por la costa oeste que hicimos el año pasado, pero al final nos fuimos a Alemania). En lugar de hacer fotos, Álvaro ha hecho dibujos en su libreta. Se sentaba en un café o en un banco y dibujaba lo que veía. El resultado son unos apuntes del natural maravillosos, y ha colgado unos pocos en su blog, que podéis ver pinchando aquí. El que reproduzco arriba es una calle de Brooklyn vista desde la ventana de un restaurante indio.

Ay, Nueva York, qué gran sitio. Imagino que un hispano que visitara Roma en los tiempos del imperio sentiría algo parecido a lo que sentimos nosotros -súbditos de las provincias europeas del Imperio- al patear Nueva York: el deslumbramiento y el mareo del paleto al recorrer la capital del mundo. Recuerdo que cuando estuvimos en Nueva York hacía frío, había restos de nieve en las aceras y placas de hielo en Central Park. Yo llevaba mi vieja chupa de cuero y siempre caminaba con un enorme vaso de café de los que beben los americanos. Más que para bebérmelo, lo llevaba para tener las manos calientes. Visitamos muchos sitios, pero mis recuerdos más vivos son los del callejeo. Lo mejor que se puede hacer en una ciudad es pasear, pasear y pasear.

Me acuerdo de lo emocionado que estaba cuando llegamos. Pasamos de los autobuses y de los transportes turísticos -los odio con todo mi ser- y cogimos el metro desde el aeropuerto JFK, que está lejísimos. La estación de metro era descubierta y, entre la bruma del jet lag, mientras esperábamos el tren, me recreé viendo las casitas prefabricadas de ese tranquilo barrio cercano a Queens. Creo que lo primero que vi de Nueva York fueron los neones de una pequeña pizzería que estaba al lado del metro. Suena extraño, pero me sentí reconfortado al ver esos neones, como si hubiera llegado a un hogar perdido. Todo en Nueva York es familiar, todo está visto, leído y escuchado. Es imposible no sentirse parte de esa ciudad.

Qué envidia me dan los que vuelven de Nueva York. Es de las pocas ciudades a las que volvería una y otra vez. Otra de ellas es Buenos Aires, claro, pero no hay muchas más. Ciudades que me enamoran y que me fascinan hay un montón (soy sensiblón y fácilmente emocionable: basta un pasaje de un libro o un beso en una película lluviosa para que un lugar me conquiste), pero las ciudades a las que me escaparía siempre que tuviera ocasión son muy pocas. En otros tiempos habría dicho que son ciudades en las que quiero vivir. Ahora ya no estoy tan seguro, porque creo que son muy escasos los afortunados que pueden escoger el sitio donde viven. La vida nos coloca en un lugar y el tiempo y los amores lo convierten en nuestra casa. Uno elige muy poquitas cosas en la vida. A lo sumo, aceptamos o rechazamos lo que se nos cruza en el camino, y nos esforzamos por adaptarnos a ello.

Pero a Nueva York me escaparía siempre. Sin motivo ninguno. Cogería un avión mañana mismo sólo para comerme un bocata de pastrami en un deli italiano a las dos de la madrugada. O para sentarme en Washington Square y ver pasar la gente. O para cruzar andando el puente de Brooklyn y entrar en un café que hay al otro lado y cuyo nombre no recuerdo, pero que era sobrio, de buena madera barnizada y lleno de frases de orgullo patriótico de Brooklyn y desprecio a Manhattan. Porque los tipos de Brooklyn hablan con cerrado acento de Brooklyn y no son neoyorquinos: "I’m not a new yorker, I’m from Brooklyn!", gritarán. Un new yorker es un tipo estirado que escucha jazz y va a galerías de arte. Uno de Brooklyn es un tipo bronco, con camisa remangada y que bebe cerveza Bud.

Muchos americanos se refieren a Nueva York simplemente como "the City". Y así es. Es la ciudad. Es nuestra ciudad, pues como provincianos europeos del gran imperio global, también nos sentimos como en casa en la capital de nuestro mundo. A todos nos corresponde un pedacito de Nueva York.

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5 comentarios

Chewi -

Pues yo me voy contigo cuando quieras. Echo de menos caminar como una loca.

¿O te vas a seguir la gira de Bunbury?

Ya me dirás algo...

OYE TU CABRON -

AYER SE APARECIO BUNBURY CON UN MEGACONCIERTO DEL COPON Y TU ERES CAPAZ DE CUALKIER COSA CON TAL IGNORARLO... TE MERECES TODO LOKE TE PASE!!!

Gilgamesh -

O sea que los brooklynianos son los trianeros de Nueva York, sólo que en luar de Cruzcampo beben Bud...
Seguro que cuando pasan por el Puente de Brooklyn, Triana, Contigo, Vida mía, Me lleno de Alegría.
Qué sevillanas bellas se compondrían en la City, sí.

S. del Molino -

A la inclusa. Allí le darán pan. O algo parecido.

María -

Muy bien, majo, pero a ver qué hacemos con tu Sergito, que pide pan.
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