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El Blog de Sergio del Molino

PARA TI, QUE ERES JOVEN

Literariamente, 1984 de Orwell es mucho mejor que Un mundo feliz, de Huxley. Tiene más intención, más mala uva alegórica, más ingenio y más hurgamiento en la llaga con las uñas sucias. Normal: el libro de Orwell está escrito desde la decepción, el dolor y la desilusión más negras, mientras que Huxley hace una divagación de club de caballeros a la hora del té, sin implicarse del todo en lo que escribe. Orwell emociona y conmociona y Huxley resulta curiosón. Sin embargo, como profeta, Huxley le da mil vueltas al pobretón de Orwell, que no dio pie con bolo. Lógico: los buenos profetas, desde Mahoma hasta aquí, escriben que dan asco (y eso tampoco se puede decir de Huxley, seamos medio justos, pero su prosa es más antigua y oxidada que la de muchos de sus contemporáneos, ha envejecido peor). Acertarán en sus predicciones, pero las expresan con la elegancia de un paquidermo.

Total, que Huxley acertó al ver lo que se nos venía encima: la fuente de la eterna juventud. En una sociedad -la europea- formada básicamente por viejos, todos quieren ser jóvenes. No es ya que alguien de 70 años "se sienta" joven, que tiene todo el derecho del mundo a sentirse como le dé la gana, sino que no tolera que se refieran a él en términos de "persona mayor" o "anciano". Nosotros, en los periódicos, hemos desterrado el término "anciano" de las crónicas. Los "so called" ancianos se agarraban unos mosqueos de aúpa, y no saben lo duro que es descolgar el teléfono en la redacción cuando todavía no te has bebido el café y ser abroncado por un joven anciano.

Por contra, estamos obligados a escribir "un joven de 39 años". Porque ese joven de 39 años tampoco acepta otro apelativo. Las listas de jóvenes promesas artísticas de cualquier ámbito están llenas de cuarentones que llevan veinte años instaladas en ellas. Cuando uno pilla la etiqueta de "artista joven" no la suelta hasta que cumple los 60, y los que vienen detrás tienen que poner cara todavía más juvenil para ser admitidos en el club. Aunque, cuidado, que no se despisten, porque la barrera de los 30 es todavía muy poderosa. Lo cuenta una escritora mallorquina, Llucia Ramis, en una novelita titulada Coses que et passen a Barcelona quan tens 30 anys: es una edad imposible, porque estás en el grupo juvenil, pero a la vez te perciben como un viejo. Ya nadie te ríe las gracias, la condescendencia se agota de repente, se espera algo de tí (que ya deberías haber hecho) y a la vez esperan encontrarse con un joven "dinámico" y despreocupado. A los 30 ya no se es un JASP de esos que triunfaban hace unos años, pero hay que vivir como si todavía lo fueras (pero dejando claro que no lo eres, no sé si me explico).

"El problema, amigo Sergio -me dijo Julio Espinosa un día entre cañas- es que vivimos en una sociedad que no está dispuesta a dejarnos ser adultos". Y es cierto.

En general, las sociedades están ahí para no dejarte ser lo que quieres ser, si es que quieres ser algo. Las sociedades, como tribus tecnologizadas, están para asignar roles y para vigilar que esos roles se cumplen, por el bien de la tribu. La consigna de esta tribu es ser joven, pero solo serlo en unos cuantos aspectos, en los que interesan para crear un jolgorio festivo atontecedor y falso. El "espíritu juvenil" que venden los refrescos es el acomodaticio, nihilista y hedonista. Que está bien, nadie me gana a mí a hedonista, pero se obvian algunos caracteres que tradicionalmente se han ligado a la juventud: el idealismo ardoroso, las ganas de echarse al monte o de embarcarse en un mercante rumbo a Singapur, la despreocupación por el mañana... Frente a eso, nihilismo de sofá, ansias de pillar una hipoteca y angustias por no amarrar un contrato fijo. Desde luego, no es la juventud aventurera de Julio Verne ni de Mark Twain. Parece una juventud algo viejuna y cansada.

Es la enorme contradicción que llevo años observando: por un lado, nadie quiere que le quiten la etiqueta de "joven", y está dispuesto a cualquier cosa para mantenerla, pero, al mismo tiempo, nada desea más que una estabilidad y un sosiego propios de la senectud. Quieren ser jóvenes para cantar a voz en grito a las cuatro de la mañana, pero con el resguardo de una hipoteca y un contrato fijo. Eso ya ni siquiera es juventud aburguesada, es juventud viejuna, inconcebible, un galimatías.

A mí me gusta salir todas las noches, me gusta emborracharme, me pirran los chistes de pedos, gasto bromas de octavo de EGB, veo dibujos animados y soy incapaz de hacer proyectos de futuro que vayan más allá de la semana que viene (aunque creo que eso lo estoy cambiando un poco). Y espero seguir haciéndolo muchos años. Pero, aunque yo me comporte así en mi día a día, no quiero que eso defina mi relación con la sociedad y con el Estado. Frente a ellos, quiero ser tratado como lo que soy: un adulto. No quiero condescendencias ni paternalismos. Soy una persona adulta, y como tal quiero ser tratado por mi banco, por la empresa que me da trabajo, por la comunidad de vecinos y por el ayuntamiento. No se dirijan a mí rapeando, por dios, que queda muy ridículo.

Recomendación final para este mundo juvenil en el que vivimos: la tira Para tí, que eres joven, de Manel Fontdevila y Monteys, cada semana en El Jueves. Un monumento generacional que acabará siendo universal. Al tiempo.

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2 comentarios

Anakrix -

Es verdad, Sergi. Nadie quiere hacerse adulto y mucho menos viejo. Y para colmo, los niños cada vez dejan de ser niños antes y se meten de lleno en los torbellinos de adolescencias prematuras. Qué raros somos, no? Nos ahorraríamos disgustos si asumiésemos lo bueno de cada edad, llamándola por su nombre. Todas tienen su lado bueno y su lado malo. Y aunque ser joven es estupendo, también es la época de los granos, las inseguridades y la dependencia económica de los padres. Yo, a estas alturas, prefiero ser adulta, aunque ya me asomen las patas de gallo y necesite tres días para recuperarme de una noche de juerga. Ya no soy una cría, pero me gusto muchísimo más que cuando tenía 20 años.

Chewi -

Mi empresa está llena de jóvenes valores que ya hace unos 20 que les salieron los pelos en los... ¿quién va a avisarles de que ya no son ni jóvenes ni valores? Igual me creo una cuenta de correo y distribuyo la dirección de este blog por toda la empresa.

Bueno, y los 30 no duelen tanto...
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