Blogia
El Blog de Sergio del Molino

METÁFORAS CONTRA LA CRISIS

En La Ventana, un programón que todavía no ha encontrado un rival a su altura en la radio española (exceptuando al desaparecido Juan Antonio Cebrián), rompieron el otro día esa inercia mediática que consiste en resobar el cliché hasta dejarlo sin resto alguno de sustancia y abrieron el programa con un tema que pondría los pelos de punta a cualquier ejecutivo obsesionado por el share y las audiencias: el valor de las metáforas. Si señores, uno de los programas más populares de España, con millones de oyentes, dedicó mucho más de media hora a debatir sobre las metáforas, y lo hizo con la presencia de un poeta, reclamado como experto en el tema. Fue muy divertido e iluminador. Para que luego digan que los medios sólo generan simpleza.

Fue toda una clase de literatura. Probablemente mejor que muchas clases de literatura. La excusa se la dio la crisis económica. El día anterior habían entrevistado a varios banqueros, analistas y expertos varios para que explicaran a los oyentes la verdadera magnitud del movidón de Wall Street, y se dieron cuenta de que todos y cada uno de esos expertos recurrieron a las metáforas para hacerse entender. Metáforas en ocasiones bastante logradas, y en ocasiones bastante manidas y superficiales, pero que aclararon muchos arcanos que nos resultan incomprensibles a la masa analfabeta.

Así, en La Ventana descubrieron una verdad que la mayoría de los periodistas ignora y que muchos escritores parecen empeñados en ignorar: que la metáfora sirve para decir más. No es un recurso estético ni embellecedor. No es un adorno para que un texto quede "bonito": la metáfora es una puerta abierta al conocimiento más profundo, una herramienta poderosísima para iluminar zonas oscuras. ¿Veis como recurro a metáforas para explicar lo que es una metáfora?

Ernesto Sábato, que no es precisamente un escritor fácil ni diáfano, defendía que la literatura, y muy en especial la novela, encuentra su razón de ser por su capacidad de penetración. Allí donde se detiene la filosofía, dice Sábato, allí donde el lenguaje explícito y descriptivo se tropieza con el muro de lo incomprensible, la literatura llega sin problemas. Los filósofos se encuentran con un callejón cerrado cuando quieren definir qué es el amor, pero un poeta hábil no tiene muchas dificultades para hacernos entender (no ya sentir, ni imaginar, ni suponer: entender, con todo lo que implica el entendimiento) el amor.

Los científicos y los que tratan con materias que el resto de los humanos no comprendemos recurren siempre a las metáforas para explicarnos cualquier cosa, desde la teoría de la relatividad hasta el funcionamiento del sistema financiero (que es una gran metáfora en sí mismo). Cualquiera de nosotros recurre a metáforas e imágenes plásticas cuando quiere explicar sus sentimientos a otra persona. O un mecanismo: los mecánicos hablan de un motor como si fuera un corazón, y los médicos hablan del corazón como si fuera un motor. Cualquier niño sabe que la metáfora es la forma más profunda y sencilla de expresar algo complejo.

Sin embargo, en los medios de comunicación, la metáfora pierde constantemente su sentido. Las buenas metáforas son frágiles y delicadas, y puestas en malas lenguas se ahogan. Cuando una metáfora funciona, corre de periodista en periodista, salta de una columna a otra, se contagia entre bocas e inunda todas las crónicas. Llega un punto en el que ya nadie usa la fórmula explícita, y entonces la metáfora deja de serlo y se convierte en uno de los detritus más repugnantes del lenguaje: el cliché, el lugar común. Entonces, la metáfora pasa de decirlo todo a no decir nada, a ser un aditamento molesto del discurso, una distracción, una banalidad insoportable. Entre todos los periodistas presurosos y sin ganas de pensar, violan a la metáfora por turnos hasta que, hastiados, la arrojan en un rincón de la celda hecha un amasijo de sangre. A veces, los periodistas actuamos con el lenguaje como torturadores hábiles entrenados en las mazmorras del Tercer Reich.

No solo nosotros. Hace poco empecé a leer un libro de un novel que había ganado un premio literario que tiene cierto prestigio (y que, iluso de mí, creí que me daba garantías) y me puse malo. De verdad, me cabreé un montón: me acordé de la madre de cada uno de los miembros del jurado de tan renombrado premio. ¡Qué basura tan increíblemente basta! Era un lugar común detrás de otro. El libro iba tan cargado de clichés que sonaba como una carretilla de chatarra: ni un levísimo destello de ingenio, nada de verdad, ni una gota de esfuerzo mental por contar la historia con un poco de gracia. Lo dejé a la mitad, incapaz de perder más tiempo.

Muchos escritores parecen empeñados también en sodomizar a las metáforas y en construir presuntas novelas a base de clichés. No digo yo que construir con basura no tenga cierto encanto. Incluso hay una corriente escultórica y de collages que solo utiliza materiales de desecho recogidos en vertederos, pero está claro que en la literatura el reciclaje de palabras resobadas no funciona. Muchos personajes que se dicen escritores son incapaces de valorar la metáfora, y mucho menos de usarla con cierta elegancia. ¿Por qué les pasará eso a estos presuntos periodistas y escritores?, me pregunto. Y me respondo: porque realmente no tienen nada que decir, y por eso no dicen nada, solo llenan papelotes. Si sintieran de verdad la necesidad de comunicar algo no les quedaría más remedio que adiestrarse en el buen uso de metáforas, imágenes y símbolos. Pero, ¿para qué van a hacer tamaño esfuerzo si la literatura y el periodismo se la sudan?

¿Qué queréis, que diga nombres? ¿Queréis que señale con el dedo? Pues no lo haré. Al menos, no hoy. Pasaos otro día por el blog y a lo mejor os facilito una lista de culpables, pero seguro que vosotros, sagaces y exigentísimos lectores, tenéis ya la vuestra en la cabeza.

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres
¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres

2 comentarios

S. del Molino -

Cotillas...

Javivi -

Cuenta, cuenta!
¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres