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El Blog de Sergio del Molino

CUANDO FALLA LA VOLUNTAD

CUANDO FALLA LA VOLUNTAD

Veo amodorrado Pekín Express, el nuevo reality de Cuatro en el que diez parejas viajan de San Petersburgo a Pekín con un presupuesto de un euro al día. Comparto plenamente la opinión de Enric González, que dice que no tiene ningún mérito viajar con un equipo de televisión en la chepa, porque todo el mundo te va a echar un cable a cambio de un minuto de gloria catódica, aunque sea en España. En ese sentido, el programa es un fraude completo. Deberían ir ellos solos con una mini cámara digital, a ver si los nietos de los cosacos eran tan amables y dispuestos. Por otro lado, los realities me aburren un montón. No tengo prejuicios intelectualoides contra ellos, no os equivoquéis, que también me aburren mucho los debates sobre la telebasura. Simplemente, me parece un tostón tragarme las andanzas de unos tipos más simples que un repollo. Sólo soy cotilla con la gente interesante que hace y dice cosas divertidas.

Pero con Pekín Express no me pasa. De acuerdo, es un reality y debería aburrirme, y además es una estafa manifiesta, pero todo eso deja de tener importancia si lo ves como un programa de viajes un tanto peculiar. Y a mí siempre me gusta ver paisajes lejanos y perdidos.

Claro que, por muy bien hecho que esté el programa y por muy entretenido que sea ver a morlacos rusos emborrachando a unos macarras de Chamberí con vodka a las siete de la mañana, el asunto no resiste la comparación con la literatura de viajes de verdad. Qué mala suerte tienen los de Pekín Express, porque, en contra de lo que ellos piensan, recorren una ruta trillada por grandísimos viajeros. Paul Theroux, sin ir más lejos. Y claro, cuando comparas el viaje de Pekín Express con el de un titán como Theroux, la cosa da vergüenza ajena.

En el gallo de hierro es un monumento de la literatura de viajes. El año es 1986, y el trayecto, Londres-China. Viajó en tren desde Inglaterra hasta Pekín y, una vez en Pekín, estuvo viajando por casi toda China en ferrocarril durante meses. El resultado es un libro vivaz, lleno de observaciones puntillosas, de datos, de anécdotas y de personajes maravillosos. Está escrito con la contención verbal propia de Theroux, que se mantiene siempre atado a los hechos, a la acción que transcurre en tierra, sin puntos muertos ni digresiones ni prejuicios ni lugares comunes sobre los tipismos exóticos que un occidental espera encontrarse en un viaje así.

Hay dos aforismos muy certeros en el libro, que valen por diez tesis doctorales de filólogos sobre la literatura de viajes. Uno es:

La literatura de viajes es una autobiografía en tono menor.

El otro es:

Todo libro de viajes revela más sobre el viajero que sobre el país recorrido.

Hay varios momentos dulces y minúsculos en los que esta segunda verdad se descubre en En el gallo de hierro, pero a mí me gusta especialmente este, casi al final, cuando viaja en un tren que le va a dejar en las puertas del Tíbet, en una región deshabitada, espantosa y desértica a la que ni los chinos quieren ir:

Yo me alegraba de estar aquí, en medio de semejante desierto. Permanecí dentro de la seguridad del tren y contemplé la tierra desolada con creciente entusiasmo. En el desierto de Lop Nor de Xinjiang, en Hamí y en Turfán dicen: ’Marco Polo pasó por aquí’ o ’Por aquí discurría la Ruta de la Seda’. Pero en Qinghai no se podía reivindicar nada de nada. Por aquí nunca pasó nadie. Nadie lo atravesaba. Y era siempre así: igual de vacío.

Ahí tenemos a una persona desnuda, a un escritor que en un párrafo descubre sus fantasías, sus fobias y su visión del mundo. Y lo hace sin necesidad de trepar por enredaderas barrocas, sin molestar al fantasma de Góngora ni marearnos con neologismos oscuros. Llámenlo simpleza si quieren. Yo lo llamo lucidez y sublime capacidad expresiva. Mientras que muchos, antes de llegar a las vísceras, destrozamos piel, músculos y hueso en una carnicería estilística que la mayoría de las veces no merece la pena para las conclusiones que ofrece, otros, como Theroux, llegan al fondo con una simple y finísima aguja hipodérmica. Y la verdad es que no hace falta más.

Estoy por enviarle un mail a Paul Theroux y decirle que se haga un viaje por Teruel, que todavía está a tiempo de sentir algo parecido a lo que siente en las puertas del Tíbet en ciertos lugares de Aragón. Aunque no por mucho tiempo.

¿Qué dice Pekín Express de la gente que lo protagoniza? Creo que muy poquito. Dice lo mismo que cualquier reality: que son personas exhibicionistas, que les gusta llorar delante de una cámara y que disfrutan con la marrullería y el mosqueo sistemático. También descubre unos léxicos dolorosamente limitados y una capacidad expresiva más cercana a la de las amebas que a la humana. Nada que no se descubriera en un Gran Hermano. El viaje, en lugar de ayudar a expandirlos, les contrae, les estereotipiza. Bueno, no es el viaje en sí, sino la cámara, claro.

Una lástima. Paul Theroux viaja por esa ruta y no sólo nos abre las puertas a una humanidad extraña que resulta ser muy parecida a la nuestra, con los mismos miedos y deseos, sino que abre las puertas de sí mismo, permite que hurguemos en su interior y descubramos en él cosas de nosotros mismos. Tanto el viaje como la narración en primera persona son puntos de partida de una exploración más intensa. Me diréis que a un programa de televisión no se le puede pedir semejante profundidad. ¿Por qué no? Si veinte tíos en medio de la estepa rusa no son capaces de enseñarme nada sobre la condición humana (pero sí mucho de la condición de las cucarachas, o de las ratas), alguien está haciendo algo mal, alguien no está siendo sincero.

Aun así, merece la pena ver los paisajes y los pueblos destartalados. Por eso me da lástima, porque me parece que se han quedado a medias de haber hecho un programa interesante de verdad. Y esta vez no les han fallado los medios y creo que el talento tampoco, porque técnica y conceptualmente está muy logrado, se nota que hay gente mañosa detrás del invento. Les ha fallado algo mucho más grave: la voluntad.

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2 comentarios

Anakrix -

Hombre, es que no puedes comparar a Theroux con los concursantes de Cuatro. Él viajaba por el placer viajar. Para conocer gentes, culturas y lugares distintos. Para aprender algo más sobre sí mismo y para arañar un poquito eso que nos hace humanos y nos iguala a todos. Los chicos del programa viajan para salir en la tele. No creo que tengan demasiada vocación de trascendencia, vamos...

marmota -

EL concepto no es suyo, en la MTV ya hacían un programa similar. Así que nos quedamos sólo con la técnica...
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