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El Blog de Sergio del Molino

POSTUMADAS

POSTUMADAS

Se publica la primera postumada de Guillermo Cabrera Infante, La ninfa inconstante. La ha rescatado su viuda, y como todas las viudas, lo ha hecho desde la convicción de que ha sido fiel a la memoria y voluntad del finado.

Dice Miriam Gómez (en adelante, la viuda) que Cabrera Infante daba instrucciones muy precisas a los correctores de la editorial para que no le tocasen las comas ni los gerundios, que era algo que le irritaba sobremanera. Dice la viuda que, fiel al espíritu quisquilloso de Cabrera Infante, no ha consentido que nadie mueva una coma de sitio, ya que los textos de su difunto eran de precisión relojera suiza, cada letra tenía una razón de ser y un espacio ajustado cuya alteración podía provocar el derrumbe de la obra entera. Qué digo de la obra: del mundo tal y como lo conocemos. Así que la viuda se ha colocado en posición "en guardia", y ha desarmado uno por uno a todos los correctores y editores que la acechaban enarbolando comas, puntos y comas, peninsulizadores de americanismos, panhispanadas diccionáricas y haches y bes. "¡No son erratas, malandrines: es la voluntad de mi esposo!", clamaba la viuda, rodeada de signos de exclamación y puntos suspensivos que los correctores no lograron colocar y que yacían desarmados en el suelo del despacho.

"Sólo una cosa he añadido", dice la viuda. "He añadido una palabra que no me gusta, pero que había que poner para que se sepa de qué época está hablando el texto. La palabra es (redoble de tambor) Batista. Es que si no se dice no queda claro del todo que se está hablando de la Cuba anterior a la Revolución".

Acabáramos.

Ahora sí que la hemos hecho buena.

Resulta que Cabrera Infante, el que medía sus textos con precisión nanotecnológica, se había olvidado de mencionar a Batista. Qué descuido. Habría fumado muchos puros don Guillermo aquella noche y olvidó situar fechas y nombres. Lo normal. Menos mal que la viuda acude al rescate para dejar las cosas claras.

No he leído La ninfa inconstante y hablo por simples y gratuitas ganas de incordiar, pero vamos, digo yo que si Cabrera Infante era tan detallista y minucioso como se dice que era, a lo mejor omitió deliberadamente el nombre de Fulgencio Batista. A lo mejor, digo yo, desde mi más profunda ignorancia, don Guillermo quiso jugar con la ambigüedad. A lo mejor no quiso aclarar a sus lectores si hablaba de la Cuba de ayer o de la de hoy.

Vamos, digo yo.

Habrá que leer la postumada para saber si era así. Pero si la omisión fue deliberada, se ha lucido usted, señora Viuda. Con tres sílabas se ha cargado todos los esfuerzos sutiles de su marido. Se habrá quedado a gusto.

En cualquier caso, yo creo que los escritores, en vez de desperdiciar su último aliento buscando una frase memorable del rollo de "Luz, más luz" o diciéndole a su gente lo mucho que les quieren, deberían gastar esas últimas fuerzas en destruir sus cajones y formatear los discos duros de sus ordenadores. Que nada inédito quede por ahí, al alcance de los herederos. Porque ya se sabe que los herederos todo lo publican, tienen esa manía los jodíos. No importa lo mucho que el autor se avergonzara en vida de esa aberración, que seguro que saldrá a la luz, para satisfacer el gusto necrófilo del mercado editorial.

Pero vuelvo a decir yo: si un escritor X dejó encerrados en un cajón unos textos Y que nunca llevó a ningún editor ni habló de ellos con nadie, ¿no cabría alguna posibilidad de que el hombre -o la mujer- no quisiera verlos publicados ni en su peor pesadilla?

En la música hay ejemplos brutales: Jimi Hendrix sólo publicó en vida tres discos, en una cortísima carrera artística que duró tres años escasos. Su discografía oficial, hoy por hoy, suma ya veinte álbumes. Y creciendo. Creo que han editado hasta un vídeo en súper ocho de unas vacaciones infantiles en La Manga del Mar Menor.

La viuda de Cortázar, Aurora Bernárdez, quiso sacar también material escondido en los cajones, pero no encontró gran cosa inédita y tuvo que conformarse con sacar dos tochos con toda su correspondencia. Bastante aburrida y protocolaria, por cierto.

Caso distinto es el de Bolaño, que sabía que se iba a morir y dejó póstuma su última novela, ya preparadita para que su viuda pudiera vivir de ella cuando él faltara. Ahí empezó su leyenda.

Caso distinto fue también el de John Kennedy Toole, que vio cómo todos los editores rechazaron en vida La conjura de los necios y, tras su suicidio, su madre se empeñó en que lo publicaran. Se dice que los editores dijeron: "¡No joda que está fiambre! ¿Suicidado, dice? ¡Mejor que mejor! Déme esos papelotes de mier..., digo, la excelsa obra de su vástago, que nos vamos a forrar el riñón con ella".

De cualquier forma, menos mal que las viudas, guardianas de los deseos y saberes de sus difuntos, saben poner el Batista donde ellos se lo dejaron. "Ay, Guillermín -pensaría la viuda-, siempre tan despistado. Lo mismo te dejabas las gafas en el bar que te olvidabas de poner el nombre del dictador en la novela. Si no fuera por mí...".

Si me muero mañana, incinérenme con mi ordenador, por favor.

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2 comentarios

ACRey -

Qué bueno¡
Muy lógico lo que dices¡

Severiano -

Te falta la Viuda de todas las Viudas: el albacea de Kafka (que tiene cojones...).
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