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El Blog de Sergio del Molino

PUNTA UMBRÍA

PUNTA UMBRÍA

He estado escribiéndome estos días con mi amigo Ángel, a quien años ha que no contactaba, y hemos recordado alguna batallita de nuestras correrías, de cuando éramos parte del Colectivo Casandra y nos tomábamos el mundo un poco más en serio. En uno de los mails le he dicho: "Tengo que escribir de Punta Umbría". Y a ello me pongo hoy, que a toro pasado, nueve años después, seguro que nadie se molesta. Y si se molestan, que ajos coman.

Corría el año 1999 y un grupo de desubicados sacábamos en Madrid una revista llamada Derraiz, cuya colección conservo con mucho cariño en algún sitio de mi desordenadísima biblioteca. Las reuniones de redacción empezaban a las dos de la tarde con una comida hogareña y terminaban a las tres de la mañana con unas botellas de ron vacías. Desde fuera, éramos un arcano, pero entre nosotros formábamos una piña muy compacta, con un humor privado inexportable que nos hacía caernos de las sillas y unos planteamientos vitales que poca gente podía compartir, como se demostró con el tiempo.

El caso es que nuestra revista llamó la atención de unos tipos inquietos de Punta Umbría y una mañana nos encontramos en el apartado de correos con una invitación para asistir como ponentes al I Congreso de Editores Españoles Independientes. En realidad, editores ibéricos, pues había unos cuantos portugueses. La idea era juntar a todos los pirados que nos movíamos al margen del mogollón mediático, a todos los que tratábamos de plantear otra cultura, de abrir otros debates, de pensar otras vidas. Cuando llegó la invitación, acabábamos de sacar el Manifiesto 99.00. Un nuevo arte para una nueva época (la modestia no era nuestro rollo), aprovechando el cambio de milenio, y pensamos que Punta Umbría podía ser un foro estupendo para darlo a conocer. Así que llenamos tres o cuatro cajas hasta arriba de manifiestos y cogimos otra caja atiborrada de varios números de Derraiz, muchas pegatinas y muchas tarjetas. Lo cargamos todo en tres coches, nos juntamos en el parking de la estación de Chamartín y enfilamos hacia el sur. Hacía buen tiempo. Creo que hasta llevábamos los bañadores, por si acaso.

Llegamos, nos instalamos, damos un paseo por la playa, nos ponemos hasta las cejas de pescaíto frito y acudimos al bareto donde se celebra la fiesta de bienvenida. Y empieza el asombro.

Nos bastaron dos sorbos a la primera copa para corroborar que estábamos completamente fuera de lugar. A aquella gente no le interesaba nada de lo que pudiéramos decir. La noche empezó con una performance sobre las mujeres maltratadas. Una reflexión sobre el silencio en el que viven millones y millones de seres humanos, anunció un tiparraco. Acto seguido, se sienta, coge un micrófono con una mano y un rollo de cinta aislante con la otra y empieza a enrollar el micro con la cinta. El ruido es infame, destrozatímpanos. Los huesecillos del oído se descoyuntan, los pabellones auditivos empiezan a chorrear sangre. Cuando se le acaba el rollo de cinta al tío, se hace el silencio de nuevo. Entonces pienso: "Bien, ahora es cuando nos lanzamos sobre él, lo despedazamos y arrojamos los trozos de su cadáver al mar, pues es lo único que merece". Pero no. Los ya sordos miembros del Colectivo Casandra nos miramos comprobando que solo nosotros tenemos ganas de asesinar al artista, porque los demás aplauden a rabiar. La entrega es absoluta, la performance les ha llegado al alma.

-Macho, esto va a ser muy largo -me dice Ángel cuando va a pedir más bebida a la barra.

Y lo fue. A partir de ahí, el I Congreso de Editores Independientes fue un no parar de agudas reflexiones y originales aportaciones.

Ángel y yo nos atrincheramos en la última fila del auditorio donde se celebraba, y tapándonos las caras con el programa del congreso, no paramos de descojonarnos. Como dos niños traviesos. Nos contagiábamos la risa mutuamente y no sabíamos parar. El resto del Colectivo Casandra trataba de taparnos para que no se notara la cosa demasiado, pero aun así se daban cuenta. Por el estrado fueron desfilando uno tras otro tipos desquiciados, caraduras, pillasubvenciones, aspirantes a pillasubvenciones, un señor calvo que decía que hacía una revista para acercarse a los chavales de 14 años, que era con los que se sentía bien (no dijo nada de sus culitos tiernos, pero ya se veía qué era lo que le hacía sentir tan bien), unos revolucionarios panchovillescos, artistas visuales, disléxicos, más artistas visuales, trotskistas adictos a la letra prieta y a reeditar actas de la IV Internacional sin traducir y seguidores del tecnofado. Cada cual subía y soltaba su rollo en un carnaval sin sentido. ¿Para qué nos habían juntado con esa gente? Es más, ¿por qué se había juntado esa gente? ¿Era un experimento psiquiátrico?

Cuando llegó nuestra ponencia nos planteamos una puesta en escena agresiva. Quisimos salir con pasamontañas, dos sentados y dos de pie con los brazos cruzados, y leer nuestro rollo de forma categórica y estalinista, como en un comunicado etarra, pero nos pareció que nadie iba a entender la gracia, así que Joaquín y yo nos sentamos y confesamos abiertamente que no sabíamos qué cojones hacíamos allí, que nosotros teníamos un proyecto y un manifiesto y que quien se quisiera unir al debate sería bienvenido. Fuimos faltones. Empezamos diciendo: "No estamos aquí para hablar de grapas ni de gramajes de papel", en alusión a las preocupaciones de buena parte de los editores independientes. Dijimos que para debatir de cuestiones logísticas ya están los medios tradicionales, que creiamos que eso iba a ser un foro de debate sobre alternativas, sobre capacidad de generar espacios de discusión al margen de los establecidos por los grandes medios, que habíamos ido a encontrarnos con gente que creíamos que compartía nuestras inquietudes, pero que por lo visto sólo estaba preocupada por pillar cacho subvencional o ahorrar costes de impresión.

No nos volvieron a llamar. Una pena, porque la playa de Punta Umbría es cojonuda, y el pescaíto del puerto está que te mueres.

Cuánto ha cambiado todo desde entonces. Qué lejos queda aquel despreocupado zagal que era en el Colectivo Casandra. Ahora estoy cerrando la maleta porque me voy a otro sarao, pero un sarao muy distinto. Concretamente, el sarao radicalmente opuesto al congreso indie de Punta Umbría: el Premio Planeta. Me voy unos días a Barcelona a todo trapo a cubrir la feria de las vanidades, a ver de cerca cómo funciona la podrida corrupción de la cumbre literaria. Escribiré algunas cosillas para el Heraldo. Y lo que no me dejen contar allí, os lo susurraré en este blog. Estén atentos, amiguitos.

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6 comentarios

Mario -

Y yo que pensé que era el único que me sentí así en Punta Umbría. Nosotros casi perdemos allí la cordura de nuestro ilustrador.

Oscar Sipán -

Sergio, criatura, también en Punta Umbría? Punta Umbría es lo más parecido a estar muerto. No olvidaré nunca las performance y los modernos de escuela de arte, el viento y las presentaciones de libros con tiradas de 5 ejemplares. Fuimos con Tropo, en el primer años de Tropo (pardillos) y pensamos que eso nos serviría para algo. Y nos sirvió: ahora crucificamos a todo el que se acerque con un proyecto parecido. Abrazos.

Rondabandarra Sagan -

¿Cómo va el encuentro en la tercera fase? ¿Ya has visto muchos habitantes del planeta Agostini?

Ángel -

Leyendo el post no he parado de descojonarme, que tiempos!!!, cualquier día de estos tenemos que recuperar ese manifiesto.
Suerte en BCN
Un abrazo

Lina Morgan -

No lo he leído, pero si quieres te hago un resumen. Hasta ahora, el arte y el mundo del arte son una mierda. Desde ahora, si los artistas y el mundo del arte en general hacen caso a este manifiesto, nos acercaremos a un futuro glorioso.

Paco Martínez Soria -

¿Y cómo reza eso del manifiesto 99.00?
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