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El Blog de Sergio del Molino

MATRIMONIADAS

Iker Seisdedos entrevista en EPS a Bruce Labruce, un actor y director de porno gay que dice cosas muy sensatas. Dice, por ejemplo, que está en contra del matrimonio gay, porque no se puede estar a favor de ningún tipo de matrimonio. ¡Al fin!, exclamé con gozo, y mi voz retumbó en los azulejos del baño, que es donde suelo leer yo el EPS (pero no se lo digas a los del EPS, que ellos se creen muy modernos y no conciben que su revista cool se lea en los retretes, que es donde se lee la prensa dominical, incluidos mis reportajes).

¡Al fin!, volví a exclamar en el pasillo. Al fin alguien que piensa como yo. Y un gay medio famoso y underground nada menos.

Es una cosa que nunca he podido decir muy alto, y aunque a alguna amiga gay se lo he comentado -que para eso están los amigos-, suelo callarme la opinión en foros que no sean estrictamente íntimos y de mucha confianza. Pero ahora que Bruce Labruce la ha puesto negro sobre blanco, me siento libre para perorar.

Ahora ya no hay remedio ni marcha atrás, pero la cerrazón de unos pocos nos ha privado a todos de la posibilidad de abrir un debate profundo sobre la aberración monstruosa del matrimonio. Podíamos haber sentado las bases de un movimiento que disolviera esa institución medieval y retrógrada, pero en lugar de eso, la hemos reforzado. Por los siglos de los siglos. Otra batalla perdida.

Creo que la reivindicación del matrimonio gay se basa en un malentendido. En nombre de la igualdad, se consagran la desigualdad y el privilegio. No se sulfuren todavía. Antes de llamarme homófobo, falangista o carcamal, sigan leyendo, por favor.

La Ilustración y la Revolución Francesa que sentaron las bases de la democracia (llámenla formal, burguesa o lo que quieran, pero democracia al fin y al cabo) consagraron la igualdad y el imperio de la ley como valores irrenunciables de una sociedad que aspire a convivir en libertad. Lo de la fraternidad podemos dejarlo para otro rato, que yo no quiero sentirme ’frater’ de según qué individuos. Igualdad quiere decir eso, que todos somos formalmente iguales ante la ley. Es decir, ante el Estado. Para el Estado, todos contamos lo mismo. Para nuestros padres podemos ser los más listos y para nuestra empresa podemos estar mejor pagados que otros, pero el Estado no distingue entre los individuos que lo forman.

Sin embargo, esa igualdad (todo lo formal que quieran) se resquebraja en el momento en el que ese mismo Estado encargado de garantizarla reconoce la institución del matrimonio. No la rompería si el matrimonio fuera una impostura, un rito sin valor jurídico, pero no es así, porque tiene unas enormes consecuencias legales. Los que pasan por él se convierten en ciudadanos de otro rango, ya no mantienen una relación singular con el Estado, sino en tándem, y eso implica una serie de ventajas, fundamentalmente fiscales, que los ciudadanos que no se han casado no disfrutan. El matrimonio genera una casta de privilegiados, que tienen un trato de favor con el Estado. Por detrás de ellos están los solteros, que pagan más impuestos y, en el caso de que tengan hijos, se enfrentan a un considerable lío burocrático para según que cosas. Lío del que podrían prescindir si estuvieran casados.

¿Cómo solucionar esta desigualdad lacerante e intolerable en un Estado que se dice democrático? Obviamente, eliminando esa insitución o dejándola sin efectos jurídicos, regulando mucho mejor y más racionalmente las sucesiones y las herencias para compensar las lagunas que su desaparición pueda dejar. Si somos ciudadanos, lo somos con todas las consecuencias. La relación de pareja, el amor y esas zarandajas caen del lado de la esfera íntima de la persona. Allá cada cual con quién vive y con quién folla. El Estado no pinta nada ahí.

Claro que la injusticia retrógrada del matrimonio iba más allá, porque encima premiaba sólo a las parejas heterosexuales. Ahí los gays tenían mucho qué decir. Efectivamente, ¿por qué ellos no? Enarbolando la bandera de la igualdad, se lanzaron a reclamar ese privilegio para ellos también. Y lo lograron.

Pero, ¿de verdad es éste un triunfo? ¿Es éste un avance de las libertades? No, simplemente, se ha generalizado una injusticia. Socializar la desigualdad no genera igualdad. Al contrario, consolida una situación de agravio, la hace extensible a todos.

Es como si los revolucionarios franceses de 1789, en lugar de liquidar a reyes y nobles y fulminar privilegios, hubiesen luchado por la extensión de esos privilegios. Como si hubiesen reclamado el derecho de todos a tener sirvientes o títulos nobiliarios o la democratización del derecho de pernada, en lugar de proclamar su supresión. El movimiento gay podría haber generado este debate, pero se quedó en una cosa pacata y cortísima de miras. Quizá entonces la lucha habría salido de los muros del estricto movimiento gay y muchos ciudadanos nos habríamos unido a ella con entusiasmo. No habría sido una reivindicación de una minoría o colectivo, sino un movimiento que implicaría a la sociedad entera, a todos y cada uno de nosotros. Enhorabuena a los premiados, espero que les tiren mucho arroz en las bodas y que desgraven muchos euros a Hacienda.

Qué oportunidad perdida para avanzar en la verdadera igualdad. Los solteros que no creemos en el matrimonio y vivimos tan ricamente con nuestras parejas sin dar explicaciones a nadie de cómo y por qué vivimos como vivimos seguiremos siendo ciudadanos de segunda división. O tendremos que pasar por el aro para ahorrarnos algún dolor de cabeza en las ventanillas del Registro Civil o para asegurarnos de que nuestra familia no deja en la calle a nuestra pareja si nos atropella un camión (circunstancia que podría solucionarse con un sencillo trámite notarial sin anillos ni padrinos). 

Pero claro, ya sé que hablo de cosas que no interesan a nadie. Entiendo que el movimiento pro matrimonio gay habla de tul ilusión, de la despedida de soltero con sus pollas de goma y de las lágrimas de una madre en mitad de la ceremonia. Eso es lo que cuenta. ¿A quién le importa la igualdad teniendo un viaje de novios a Punta Cana o pudiendo echar en navidades el partidillo de fútbol entre casados y solteros?

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6 comentarios

Hable ahora o calle para siempre -

Pues tienes toda la razón. Es como lo de que las mujeres pudieran entrar al ejercito. O esas ilusiones de ser jefas. Me está sonando super mal pero creo que es así. No puedes intentar superar una desigualdad (ya sea por razón de sexo, raza, etc.) para poder aprovecharte de otras.
Por cierto, esto del matrimonio está fatal. Se casa un primo mio de 22 años. No es por la iglesia, es por lo penal. Supongo que trataré de beber y emborracharme. Sí. Salud.

Rondabandarra Gardel -

Gracias, Anakrix. No, no nos lo perderemos, ni Ushuaia, ni Iguazú...
Un completo, vaya.

Anakrix -

Te casas, Rondabandarra?????? Muchísimas felicidades. Y disfrutad del viaje, porque Argentina es maravillosa. No sé cómo os lo habéis montado, pero si me aceptas un consejo, no os perdáis el Perito Moreno. Ese glaciar es lo más impresionante que he visto en mi vida.
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Rondabandarra tanguero -

Yo sé de uno que se va de vacaciones a Argentina, con esos 15 días. :D
Y no miro a nadie.
Y eso que tengo un espejo delante.

Chewi -

Y los 15 días de vacaciones! Arriba el matrimonio!

Anakrix -

Joer, qué mazazo. Yo estaba tan orgullosa de que en España se pudieran casar los gays y ahora vas tú y me desarmas con tus argumentos. De todos modos, y viendo que la abolición del matrimonio parece una cosa complicada, algo habremos ganado si todas las parejas -y no solo las hetero- pueden acceder a él, no?
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