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El Blog de Sergio del Molino

SERGIO CHEJFEC

La semana pasada estuvo Sergio Chejfec en Zaragoza presentando su último libro. Me habría encantado ir a escucharle, pero me reclamaban otros asuntos, así que he dedicado este domingo resacoso a leerle, que es el mejor halago que le puedes hacer a un escritor.

El año pasado, en Buenos Aires, bebiendo cerveza por litros en la maravillosa terraza de V., que vive en un ático en el barrio de Palermo, oí hablar de Chejfec por primera vez. V. es periodista radiofónica en Argentina y una de esas lectoras que apabullan por la cantidad de libros que lee y por su conciso y certerísimo ojo crítico. En unos minutos, entre cerveza y cerveza, me puso al corriente de los nombres que más podían interesarme del panorama narrativo argentino de hoy, y me preparó una lista de recomendados con la que recorrí al día siguiente las librerías de la calle Corrientes. Entre ellos estaba Sergio Chejfec. "Hay escritores que sólo son judíos de apellido, pero este es un escritor judío, totalmente judío -me dijo-. Es su obsesión, no tiene prácticamente otro tema, siempre está dándole vueltas a su herencia familiar, al desarraigo de los judíos en Buenos Aires y todas esas cosas. Pero con mucha densidad, con algo de afectación. Es un estilista bárbaro, muy refinado, pero hay que saberlo llevar. Como persona es divino, siempre está en los mejores restaurantes de Buenos Aires, con una presencia muy cuidada, muy esnob. Es todo pose".

Me compré todo lo que encontré de Chejfec y me fijé en las fotos de solapa. Tenía razón V.: calvo, de calvicie pulcra y pulida, con gafas y una sobria camiseta negra. Mira a cámara serio y de frente, resaltando su mandíbula marveliana, y transmite una distancia alambicada algo demodé, pero ciertamente graciosa. No creo que sea fingimiento ni pose: no parece que la frivolidad contamine nada de su ser.

Hoy me he pegado la tarde leyendo su primer libro, Lenta biografía. Un opúsculo de menos de 200 páginas en las que apenas pasa nada, pero que tienen una densidad que ni el aceite sin refinar. He tenido que alternar su lectura con En lugar seguro, de Wallace Stegner, que los chicos de Libros del Asteroide me mandaron hace unos días en su traducción catalana (gràcies, amics. Em senta molt bé llegir en català de tant en tant, que portaba massa temps sense fer-ho). Esta es una novela clásica americana de la que hablaré otro día y que este domingo me ha ayudado a licuar un poco la grumosa densidad de Chejfec.

No me malinterpretéis: Chejfec es una lectura interesantísima que permite que las neuronas hagan gimnasia de alto nivel, que de vez en cuando les hace falta, pero hay que coger el libro bien desayunado.

Jugando con la ficción y la realidad, con esos juegos yoísticos tan a la moda, yendo del cuento al ensayo, de la filosofía a la anécdota y de la poesía a la novela, Chejfec trata de desenmascarar a su padre. En el sentido literal: trata de ver más allá de su rostro, adivinando quién es esa persona que llegó a Buenos Aires huyendo del Holocausto y que nunca habla de su pasado polaco. Se nota que Chejfec escribe para aclararse, buscando en las letras un sendero que se marque en la maleza de su mente y de sus recuerdos, y me ha caído bien al instante, porque le reconozco de mi cuerda. Ya sabéis que hay básicamente dos clases de escritores: los que quieren transmitir una visión del mundo que ya tenían antes de ponerse a escribir y los que aspiran a construir su visión del mundo escribiendo. Para estos últimos las palabras sirven para enfocar, para hacer nítida la imagen borrosa que les presenta la vida. Los primeros buscan acólitos; los segundos, compañeros de viaje. Unos discursean, los otros charlan. Unos instan, los otros invitan.

Y así, párrafo a párrafo, Chejfec va descubriendo a su padre. Construyéndole como personaje olisquea el misterio que nunca entendió.

Como en este país también estamos a vueltas con la memoria y las heridas de la historia, creo que este párrafo del libro es muy atractivo:

Yo no pretendo otra cosa: recordar, a pesar de que es imposible y vano. Esto lo pienso hoy, momentos a los que llego después de haber supuesto durante años -con una fe ciega y una pertinacia intermitente, que tenía picos de obsesiones y de olvidos- que la tarea de recordar podía poseer algo de heurística: siempre pensé que el recuerdo revelaba la verdad en general, o por lo menos la verdad de la historia. Me engañaba: creí que descubre algo cuando en realidad no hace otra cosa que manifestarse igual a sí mismo. Nada es igual a sí, excepción hecha de los recuerdos. Por esto puse recién, con textuales palabras, que los relatos escuchados por mí en el comedor de mi casa eran "desapercibidas contemporizaciones entre el presente" y el pasado: percibimos la violencia y el vértigo mental de imaginar un tiempo ya inexistente y una cronología cristalizada, y pretendemos alivianar esos sentimientos y sensaciones cruentos contemporizando desapercibidamente el presente y el pasado.

Seguro que Javivi, nuestro experto en estos temas, tendría mucho que decir al respecto.

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3 comentarios

María -

-Querido, me se cae la baba.
-Será se me.
-No, es baba.

S. del Molino -

Espero que los curas sean de esos que gustan de sobar culitos tiernos. No sé si harán de él un hombre, pero sé que cuando sea un hombre y no un niño, perderán interés.

¿La baba es densa?

María -

Idolatrado Sergio: cuando te pones tan denso, babeo. Todavía no sé lo que ello significa, pero lo hago. El día que te entienda, no sé qué será de mí. Por cierto, el bueno de Sergito se lo he dado a unos curas para que lo cuiden en el seminario y hagan de él un hombre. Tuya 4ever & ever.
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