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El Blog de Sergio del Molino

HETEROFOBIA

La madrileñitis de ayer tiene un reverso para el que no se me ocurre nombre, pero que estaría compuesto por todos esos prejuicios e infundios que muchos españoles tienen sobre Madrid. Hay quien la considera un nido de facciosos y quien la ve como una pestilente bacanal progre. El mito de Babel, la decadencia de la civilización, el aleph donde se arremolina con fuerza de huracán todo lo que repugna del mundo. Tanto en la madrileñitis como en su reverso el sentimiento que domina es el de la heterofobia, neologismo que significa "miedo al otro" y que Javier Rodrigo utiliza profusamente para explicar el germen de la violencia fascista en su intensísimo libro -para ser de historia, claro- Hasta la raíz.

Ocurre constantemente: construimos un mundo de referencias que oponemos a un exterior mítico y simple y así asentamos nuestra vida. El paletismo viene del miedo a descubrir al otro y de la pereza por conocerlo. Cuando la heterofobia se mantiene en niveles bajos, se puede vivir en un país. No es más que un ruido molesto de fondo, son muestras de ignorancia que, a su vez, se pueden ignorar. Pero cuando la heterofobia se organiza, crece y grita, arrastra a todo el mundo y termina a bombazo limpio. Cuando el otro, además de una amenaza temida, es una masa deshumanizada, se abre la puerta al exterminio. Podemos fingir que no escuchamos los comentarios del taxista facha, pero no podemos ignorar Auschwitz. Eso sí, conviene que tengamos presente que Auschwitz, en el fondo, no es más que los comentarios del taxista facha llevados hasta sus últimas consecuencias y al pie de la letra. Cuando escuchen a alguien decir "habría que matarlos a todos", recuerden que nuestros abuelos ya intentaron matarlos a todos de verdad. Y casi lo consiguieron.

La teoría económica dice que mediante la propiedad privada los humanos poseemos cosas. Es mentira. El anhelo de todo humano es justamente el contrario: ser poseído por otra cosa. Pertenecer a algo: una tribu, un dios o un club de bádminton. O una casa. Algunos buscan ese refugio con desesperación, y muy pocos escogen la intemperie y el vaivén del vagabundo. Una pena, porque el anhelo de pertenencia es destructor y peligroso.

Una parte de mi familia se exilió a Venezuela después de la guerra. Toda la familia de mi abuela menos mi abuela, que se quedó en Madrid. Habían combatido por la República. La primera hija de mi abuela, que nació cuando aún humeaban las bombas, se marchó a Caracas de jovencita, buscando en América una vida que mis abuelos no le podían ofrecer en España. No tendría ni 18 años cuando partió. Mi tía ha vivido en Venezuela toda su vida, y siempre la ha vivido como española, agarrándose desesperadamente a sus orígenes y rechazando integrarse en un país que se empeñó en no ver como el suyo. Cuando viene a España le pido que me haga sancocho, arepas y platos tropicales, pero siempre se hace la loca, alegando que aquí no encuentra los ingredientes. Hasta que mi prima (su hija) me desveló el verdadero motivo de su negativa: "¡Pero si mi mamá nunca hace platos criollos! No le gusta la cocina venezolana, siempre hace guisos españoles".

Qué queréis que os diga, me dio un vuelco el corazón. Mi tía ha llevado su españolismo hasta el delirio: se ha negado a solicitar la nacionalidad venezolana pese a que puede tenerla sin renunciar a la española, y se empeña en mantener la identidad española de su familia contra viento y marea. Una vez, jugando con uno de mis sobrinos segundos, un chavalín de madre venezolana y padre colombiano, le espeté: "¡Pero baila con más gracia, que se note que eres caribeño!". Mi tía, que estaba delante, me recriminó solemnemente: "No es caribeño, es español".

Mi tía tiene mucho acento venezolano para un oído español y mucho acento español para un oído venezolano. Ha llegado al tramo final de su vida metida en un limbo: se sigue aferrando a su españolidad, pero cuando viene a España apenas se maneja en un país absolutamente extraño para ella. Y en Venezuela tampoco se siente una verdadera venezolana -ni la tienen por tal, pues se ha pasado toda su vida negando la mayor-.

El doloroso desarraigo que siente hoy es consecuencia de la heterofobia, de no querer conocer y amar a los otros, de oponer nuestra mismedad a una otredad que consideramos hostil a priori, por si acaso.

El único remedio consiste en dejarse fluir e influir, en disfrutar del viaje y en no enrocarse en nada. En mirar por la ventanilla, en probar los platos que nos ponen delante, en besar los labios que se ofrecen a nuestra boca y en romper el impermeable y la capucha con los que caminamos por la vida.

Para mi tía es muy tarde ya, pero los demás podemos romper el círculo vicioso de la heterofobia y hacerle un corte de mangas al que nos quiera enrolar en su cruzada de estulticia. Mézclense, que en todas partes hay buena simiente, y aparten la molesta paja a un lado.

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4 comentarios

Javivi -

Javier Rodrigo? Me suena ese nombre

S. del Molino -

Gracias, Colombo y Enrique. Como llevo barba no se ve, pero estoy ruborizado.
Colombo, ¿por qué preguntas lo del Heraldo? El material de este blog, salvo que se diga lo contrario, es original. Este es el espacio donde más libre soy: nadie me paga por hacerlo, todo lo que ves aquí responde sólo a mi capricho. Lo demás es trabajo, y el trabajo siempre es feo.

enrique -

Hola, Sergio
sigo este blog desde hace meses y muchas veces quiero añadir un comentario y al final me da vergüenza y me voy sin avisar. Tus dos últimas entregas son muy buenas y me han dicidido a acusar recibo. Enhorabuena.

Colombo -

Eres bueno, tio. ¿Lo publicarás en HERALDO?
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