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El Blog de Sergio del Molino

NICE BOYS DON'T PLAY ROCK AND ROLL

NICE BOYS DON'T PLAY ROCK AND ROLL

Es estupendo que justo cuando la industria del disco se va a la mierda, reviva el viejo vinilo. La Fnac empezó dándole un espacio marginal y cada vez ocupa más expositores: muchos nuevos lanzamientos se sacan también en vinilo, y se reeditan viejos discos remasterizados constantemente. Hoy he olisqueado un poco por allí y me he dado un caprichazo comprando los cuatro discos de Use your illusion, el magnum opus de Guns n’ Roses. La chorrez esa de Chinese Democracy me suena a autopsia, y paso de necrofilias. Me quedo con los clásicos, con los que no se puede ser necrófilo porque son inmortales, nunca acusan rigidez cadavérica.

Es una pequeña revancha de pijo con tarjeta de crédito, la verdad, porque con esta compra me siento como un conde de Montecristo que adquiere un traje después de pasar por la cárcel. Estos discos han sido claves en mi educación sentimental, pero cuando salieron, los chavalillos del barrio no teníamos dinero para comprarlos. Eran dos discos dobles, un despropósito, un dispendio inasumible para un protoadolescente. Por suerte, a algún amiguete se lo regalaron por su cumpleaños y todos los demás nos hicimos copias en cintas Maxwell de 120 minutos. Las escuché hasta desgastarlas, pero para cuando ya empecé a tener mi colección de discos y dinero para comprarlos, Guns n’ Roses me habían dejado de interesar, así que nunca me compré el CD.

Redescubrí a Guns n’ Roses hace relativamente poco. En un arrebato de nostalgia me compré el Appetite for Destruction y tuve que concluir, aplaudiendo, que sí, que qué cojones, que Guns n’ Roses tenía razón, que el rock era eso, que si existe una idea platónica de rock, ellos son los que más se han acercado a ella. Así que con esta compra ejecuto dos venganzas: la del chaval de barrio que no tenía un chavo para comprarse esos carísimos discos y la de todos los que siempre supimos que el rock era una cuestión de suciedad, berridos y adrenalina, pero que nos vimos obligados a elaborar un discurso intelectualoide para justificar nuestro vicio. Los Guns están ahí para recordarnos que no tenemos que justificar nada.

La frase clave la dan en una canción: "Nice boys don’t play rock and roll". Eso es: los niños bien no tocan rock and roll. Pueden intentarlo, pero no les sale. Al final, siempre se les descubre. Las raíces proletarias del rock están incrustadas en la pelvis de Elvis. El rock no es para remilgados.

Cuando los Guns irrumpieron, las dos grandes tradiciones del rock duro estaban casi estancadas: el punk ya no daba más de sí, y aquel dislate virtuoso del rock progresivo había evolucionado hasta un heavy de gimnasio y ascensor, una cosa más artificial y playera que las tetas de Pamela Anderson. Pero hete aquí que unos chavales de Los Ángeles se pusieron a tocar, y transmitieron a un público aborregado y saturado de laca y sintetizadores una sensación desconocida: la de la autenticidad. Se subían a un escenario y tocaban dejándose las tripas, sin dar tregua y sin para mientes en arreglos ni en corsés de género. De repente, el público recordó por qué le gustaba eso: porque le divertía, porque le permitía descargar adrenalina, porque su descarga era adictiva y te dejaba como nuevo. Los Guns devolvieron al rock todo lo que la política y el virtuosismo le habían robado. Dejaron el rock desnudo, sin adornos ni maquillajes, y lo escupieron al mundo con toda la fuerza de la que fueron capaces.

Del punk rescataron la actitud y el descaro, y de los viejos maestros, la técnica artesanal de construir canciones sólidas y bien hechas. Sólo les faltaba una cosa para completar el invento: comportarse como superestrellas, con toda su inconsciencia, su consumo compulsivo de drogas, sus berrinches de niño pequeño y esa certidumbre tan bien fundada de que el mundo entero gira en torno a ti y te debe pleitesía. Siguieron bien el guión. Cumplieron hasta la parte en la que la guerra de egos entre guitarrista y cantante pone fin a la banda.

Pasaron fugaces, y con ellos se reconfirma aquello de que lo bueno, si breve, mil veces bueno. Su primer disco, de 1986, ya anticipaba en su título lo que iba a venir después: Live like a suicide. En él se contenía la canción Nice boys, todo un manifiesto. En otra canción decían: "No resulta fácil vivir como un gitano" (en inglés, gypsy no sólo hace referencia a la raza, sino a la gente de vida nómada y errante). Al año siguiente sacaron su obra maestra, Appetite for destruction, con sus greatests hits y varias canciones que no han sido superadas en fiereza, que suenan como relámpagos perfectos, como My Michelle, Think about you o Rocket Queen.

Después vino Lies, un buen trabajo, pero no tan emocionante. Con los cuatro discos recogidos bajo el título de Use your illusion se permitieron el desfase que todo rockero en la cima pasado de roscas de ego y droga debe permitirse. Calamaro hizo algo así con El salmón, pero le salió mal. A los Guns, por suerte, les fue bien: son cuatro buenos discos, donde su trabajo está a la altura de su ambición, pero no alcanzaron las cumbres del Appetite (normal: el Appetite era instinto puro, espontaneidad apenas pulida por un productor poco entrometido, es difícil superar enamoramientos pasionales tan poderosos). El genio empezaba a notarse gastado y lo que antes era fresco ya empezaba a oler a enquistamiento. La cuesta abajo se adivinaba al final de ese esfuerzo monumental. Digamos que con Use your illusion quisieron demostrar que su talento no era espontáneo, que eran capaces de hacer algo serio, profundo y currado. Y lo hicieron, sin duda, pero parece que la presión les abrumó un poco: demasiados arreglos, demasiados retoques en la mesa de mezclas, demasiado poco directo. La actitud punk se había perdido, pero no nos importaba, porque los Guns seguían estando ahí, seguían divirtiéndonos. No se habían convertido en unos nice boys.

Pero ya estaba, se acabó. El siguiente disco, The Spaghetti Incident, fue bochornoso. Los Guns estaban agotados, habían perdido definitivamente el touch. Poco después, se separarían. Hicieron bien, pero no tendrían que haber tardado tanto. Por coherencia, tendrían que haberse ahorrado ese último bodrio. Use your illusion hubiera sido un cierre precioso a su carrera, sin borrón ni mancha, un adiós bien hecho. Pero no, tuvieron que meter su coda. No importa. Para mí -y sé que para mucha más gente- los Guns se acabaron con Use your illusion. Cuatro discos, cinco años de carrera. Bien poquito, pero, bien mirado, ¿para qué más? Cinco años y cuatro discos son más que suficientes para decir todo lo que hay que decir.

Ahora que estoy a punto de sacar Malas influencias envidio a los que son capaces de concentrar todo lo que llevan dentro en muy poco. Yo no quiero crear una obra literaria extensa. Me gustaría escribir pocos libros, porque eso significaría que he encontrado enseguida lo que andaba buscando. Sólo hay dos explicaciones para los que persisten libro tras libro o disco tras disco: o se han enquistado en una fórmula banal que les resulta fácil repetir o no alcanzan a encontrar lo que quieren contar, por lo que tienen que seguir buscando. Y sería horrible pasarte la vida buscando y no encontrar nada al final. Por eso envidio a los creadores poco prolíficos, porque creo que han encontrado algo parecido a la paz de espíritu.

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1 comentario

Jonathan -

Muy buen comentario Sergio. . . y que me dices de los Rolling Stones? Y los discos como solista de Mick Jagger?
Saludos
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