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El Blog de Sergio del Molino

MELILLA

MELILLA

Hace unas semanas vi un Callejeros dedicado a la gente que trapichea en la frontera de Melilla con Marruecos, y esta mañana he leído un post en el blog de David Torres donde cuenta un paseo por los alrededores de Melilla. Las dos cosas me han recordado los días que pasé allí en 2005. En el momento no fui consciente, ha tenido que pasar el tiempo, pero ahora estoy convencido de que me afectaron muy hondamente, y esta noche de niebla y hielo me apetece escribir sobre ellos.

Muchos lo recordaréis: en el otoño de 2005 se produjeron varios asaltos de inmigrantes a la verja de Melilla que colapsaron la ciudad. La gendarmería marroquí abrió fuego varias veces y hubo muertos, pero por lo visto la Guardia Civil no se quedó corta, y una cámara grabó una paliza a un chaval en la misma verja. Para controlar la crisis, el Gobierno desplegó a la Legión en toda la línea de la frontera y mandó destacamentos de la Guardia Civil desde la Península. Una fotógrafa y yo viajamos allí para hacer una serie de reportajes. De esos días intensos en los que apenas dormí un par de horas seguidas quiero hablar.

Aterrizamos en Melilla a primera hora de la tarde, con la cabeza zumbona porque viajamos en un pequeño avión de hélices que hacía un ruido espantoso. En el aeropuerto nos esperaba Pepe Marqués, nuestro contacto en la ciudad, que nos ayudó muchísimo a movernos y a manejarnos por el terreno. Nos presentó a gente que nos facilitó el trabajo y nos ayudó a cambiar euros por dirhams en una tienducha del barrio del Real.

Tras un encontronazo con un guardia civil en la verja, que quería requisarnos la tarjeta de la cámara de fotos, fui a protestar a la Delegación del Gobierno, donde me atendió un jefe de prensa desbordado, que en su vida había tenido que tratar con tanto periodista y que intentaba disuadirnos de acercarnos a la verja. Nos denegaba los permisos para hacer cualquier cosa. No querían que viéramos el CETI por dentro (Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes, un pequeño campo de concentración donde se retenía y se hacinaban los inmigrantes que alcanzaban la ciudad), no podíamos cruzar la frontera, no podíamos acercarnos a la verja... Así que nos saltamos a la torera todas las proscripciones y echamos a andar. Melilla me pareció una ciudad antipática, hostil y miserable, y mi opinión no cambió en toda la estancia.

De entre todas las sensaciones de aquellos días, pasar a Marruecos fue lo más intenso, y de ese día en concreto quiero escribir.

Sin apenas dormir, para aprovechar el día, nos plantamos al punto de la mañana en el puesto fronterizo de Beni Enzar, para vehículos y peatones. En teoría, para informar desde Marruecos necesitábamos un visado temporal de periodista, pero el gobernador de Nador los denegaba todos, así que decidimos pasar como turistas, confiando en que el equipo de fotos profesional no despertase sospechas.

El paso de Beni Enzar es repugnante. Centenares de personas se apelotonan junto a la garita de la Guardia Civil cargados con mantas, petates y paquetes, a pie y en bici. En el lado español no hacen muchas preguntas a quien sale, y menos si eres español, así que enfilamos con nuestros pasaportes al puesto marroquí. Mientras andábamos por ese callejón lleno de mugre y polvo, un gendarme detuvo a un chaval que iba en bici a mi lado. Le empezó a gritar en árabe, muy violento, y el chaval se bajó de la bici y se protegió la cara con las manos. El gendarme le dio un par de guantazos y unas patadas en la cadera mientras seguía gritándole. Nadie se sobresaltó, a nadie le llamó la atención. Yo temía por la cámara de María, que se haría añicos con un par de zurriagazos como esos.

Aturdidos, llegamos a la ventanilla de la aduana marroquí, rellenamos los impresos, respondimos en francés a cuatro preguntas de protocolo y obtuvimos el permiso para entrar. Todavía quedaban unos 50 metros de pasadizo por delante, y los pasamos presurosos, sin mirar atrás.

Estábamos en la parte marroquí de Melilla: un barrio separado por la verja, con las calles sin asfaltar, sin aceras, sin luz. Un foco de miseria con unos locales miserables donde se trapicheaba con el contrabando de la frontera, la principal fuente de ingresos de la gente de esta zona del Rif. Andábamos a la búsqueda de campamentos de negros que esperaban a la noche para asaltar la verja. El ejército marroquí se había desplegado por los alrededores y había dispersado a la mayoría, pero nos habían dicho de buena tinta que en el Gurugú encontraríamos algunos.

El Gurugú es una montaña que se alza a los pies de Melilla. En los años 20, las tropas rebeldes de Abd el Krim instalaron allí una modesta artillería y bombardearon con ella la ciudad. A los españoles les costó mucho desalojarlas, y después de conocerlo entiendo muy bien por qué: el Gurugú tiene mil recovecos y desfiladeros. Es muy fácil esconderse y disparar sin ser visto contra todo aquel que venga a por tí. Los inmigrantes lo descubrieron enseguida también, y lo utilizaron como refugio. Creo que todavía lo hacen. Además, desde él se ve toda Melilla y se puede estudiar cómo bajar hasta ella y alcanzarla por el lado más seguro.

A las puertas de Beni Enzar había una hilera de taxis esperando. Pactamos un precio con el que parecía el jefe y le dijimos que queríamos ir al Gurugú. Se rascó la cabeza: "¡En Gurugú sólo negros, no hay nada!". Al final, le convencimos. Supongo que nos estafó a base de bien, pero le pagamos los dirhams que nos pidió y nos montamos en el taxi de un conductor suicida que enfiló a toda leche la carretera a Nador... hasta llegar al centro de Nador, muy lejos de donde queríamos ir.

El chófer no sabía hablar castellano ni francés -esto último indicaba que no había ido a la escuela y que probablemente era analfabeto-, y nosotros no sabíamos árabe, así que no podíamos hacerle entender que queríamos subir al monte. Perdimos mucho tiempo hasta que encontramos en la medina de Nador a un hombre que chapurreaba español y le explicó lo que queríamos. El chófer empezó a jurar en árabe, supongo que maldiciendo nuestra excentricidad: ¿para qué cojones queríamos ir a ese sitio dejado de la mano de Alá, si en Nador había de todo? Por unos dirhams más entró en razón y nos dejó junto a un campamento del ejército marroquí, casi en lo más alto del Gurugú.

Allí nos quedamos. Efectivamente, en medio de la nada. Nuestro plan era pasear sin rumbo y, si teníamos suerte, toparnos con uno de esos campamentos. O con sus restos, al menos. La suerte se nos alió.

Después de andar unos metros carretera abajo, se paró otro taxi junto a nosotros y bajó una chica con una cámara de fotos al hombro. Se acercó sonriente y nos dijo en inglés que nos había visto en el hotel de Melilla, que ella también era periodista y que andaba buscando lo mismo que nosotros. Pero jugaba con ventaja, porque ella sabía un poco de árabe. Era una chica francesa encantadora que trabajaba en Tánger como corresponsal freelance de varios periódicos. Nos caímos bien y echamos a andar los tres. Si no encontrábamos nada, por lo menos charlaríamos unas horas en agradable compañía.

Al rato, la chica francesa nos llamó la atención y señaló a un grupo de pinos ladera abajo. Nos acercamos en silencio y, efectivamente, vimos lo que parecía la manga de un chándal. Al otro lado del tronco había un chaval negro sudoroso y muy asustado. Estaba solo, hambriento y hecho mierda. Por señas, le dijimos que no hiciera ruido, que el ejército marroquí estaba acampado dos curvas más abajo y que si le veían le arrestarían y le enviarían a Oujda, en la frontera con Argelia, o al desierto, donde estaban abandonando a algunos grupos. Le llevamos ladera abajo y allí charlamos e hicimos fotos, cruzando los dedos por que ningún soldado de patrulla nos pillara.

Nos contó su historia en un francés atropellado, pero con ese acento africano que se entiende tan bien. Era la de tantos, pero escuchada allí me impresionó mucho más. Creo que era mecánico y había llegado andando desde Mali. Ya no le quedaba dinero y llevaba unos días sin comer. La última vez que se había llevado algo a la boca fue por la caridad de un tendero en un pueblo (aunque los marroquíes tenían fama de ser muy cabrones con los afrikans, como los llamaban, de estafarlos, extorsionarlos y torturarlos, también descubrí que muchos rifeños más pobres que las ratas, conmovidos ante el drama de los inmigrantes, les daban lo poco que tenían sin pedir nada a cambio). Se señalaba las zapatillas deportivas destrozadas y decía que había ido a pie con ellas desde su casa. Llevaba una gorra roja muy llamativa y no hacía nada por esconderse. Viajaba en un grupo del que se había descolgado y parecía muy desvalido. Era milagroso que ni los gendarmes ni los militares le hubiesen echado el guante, y no tenía ni idea de cómo entrar en Melilla.

Mientras hablábamos se acercó un niño pastor con su rebaño de cabras y tuvimos que esconder a nuestro amigo, llevándonoslo unos metros pinar adentro. Le dimos un poco de dinero para que comprara comida cuando pudiera y le señalamos con el dedo dónde estaba el campamento de Médicos sin Fronteras instalado a este lado de la frontera. Allí le atenderían y podría descansar, pero no le dimos muchas esperanzas para cruzar la valla, pues hacía dos noches que nadie conseguía saltarla. Le deseamos suerte y nos separamos. Espero de corazón que le fuera bien y que ahora esté trabajando en algún lugar de Europa, llevando una vida tranquila.

Con las fotos y la charla que tuvimos escribí un reportaje que titulé El último del Gurugú, que fue bastante bien acogido. No lo presenté a ningún premio, aunque me insistieron en ello. De hecho, en su momento no le di mucha importancia, casi me pareció un trabajo más. Pero hoy sé que aquel día significó mucho para mí.

He querido escribir algún cuento sobre Melilla, sobre el último del Gurugú y sobre la harira y el té con menta que tomábamos en los bares morunos cuando terminábamos el trabajo del día. He querido fabular sobre la noche que pasamos en vela junto a la verja, helados de frío, acosados por patrullas de la Guardia Civil que expulsaban a todo el que se acercaba por allí y sobrecogidos por el canto de los muecines de las mezquitas de uno y otro lado de la frontera cuando llamaron a la primera oración del día. He intentado inspirarme en las sombras que acechaban en los pinares de Rostrogordo a la espera de saltar la verja, y en las caras resignadas que hacían cola en la puerta de la comisaría. He querido construir personajes tan mezquinos y racistas como muchos de los melillenses que tuve el disgusto de tratar. Pero nada. No hay forma. Quizá la experiencia no ha sedimentado todavía. Quizá aún necesite sacarla de forma explícita y lineal para terminar de desbastarla.

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10 comentarios

Melillense -

y despues de esa noche de niebla y hielo te sono el despertador. "VALLA SUEÑO"
NO CONOCES MELILLA NI SU GENTE, POR NO DECIR QUE NO TIENES NI PUTA IDEA DE GEOGRAFIA.

Margot -

HOla Sergio,
Por casualidad he leido tu blog y la experiencia que vivistes me la puedo imaginar porque soy de Melilla y también he tenido la oportunidad de hablar con varios de los inmigrantes que consiguieron pasar la temida frontera.La imagen que te has podido llevar de los Melillenses creo que no es la real, yo conozco como comprenderas a mucha gente por allí y no creo que exista otra ciudad Española en la cual CONVIVAN estas 4 culturas (cristiana,musulmana,judia e indú)de forma tan pacifica e integrada. A lo mejor los dias en los que estuvistes por aquí estaba la gente un poco nerviosa pero por lo general no suele haber problemas de racismo. Desde pequeños somos compañeros de colegio y luego de trabajo...además resulta que mi padre es Guarcia Civil y no te creas que es un plato de buen gusto tener que negarles el paso a esas personas tan necesitadas y que si estuviesemos en su lugar haríamos lo mismo, pero es su deber aunque vaya en contra de su etica.
Te puedo asegurar que somos conscientes del problema y hay mucha gente que los ayuda ya sea dandoles ropa, comida,dinero...etc no podemos hacer otra cosa porque la solución a esto creo que tendría que comenzar en sus respectivos paises y no en el nuestro.

Gilgamesh -

¿Y no tendrás un PDF de ese reportaje, no?

S. del Molino -

Estoy abierto a negociar a partir de esas cifras.
Hala, salud!

Sergio -

A veeeeeeer, de cuánto hablanmos... Seis mil, doce mil al mes para gastar en libros o en vicios todavía peores?
Bueno, lo podemos negociar, jeje...

S. del Molino -

Gracias, que me pongo colorado.
Y esoty en Heraldo porque tengo la mala costumbre de comer, amén de otros muchos vicios, y hasta la fecha me han pagado puntualmente la nómina que me permite costeármelos. Pero sigo a la espera del mecenas que quiera patrocinar mi ocio, porque mi vocación principal es la vagancia y aspiro a que alguien me pague por no hacer nada.

Sergio. -

Gracias por este regalo navideño, alejado de oropeles, abetos y regalos carísimos ofrecidos por mujeers imposibles. Cuando te leo -y lo hago a diario- sigo preguntándome qué cojones haces en Heraldo... si el mejor diario se te quedaría pequeño. Eres un monstruo, y no en sentido peyorativo...
Besos y abrazos, y sé moderadamente feliz...
Sergio.

Angel -

Eres un monstruo. Un ser humano consciente y feliz ... casi ná. De esto trata la técnica del distanciamiento, ¿no?. Bendito Brecht.
Saludos.
P.D. La semana que entra ya te desearé un feliz año.

S. del Molino -

Hombre, pues claro qeu feliz 2009. Felicísimo, de hecho.

Cernícalo Primilla -

Menuda experiencia. No me estraña que no halla sedimentado todavía. Si, visto por la tele cuesta, no puedo imaginarlo en directo.

Feliz? 2009
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