Blogia
El Blog de Sergio del Molino

UN LUGAR EN LA CUMBRE

UN LUGAR EN LA CUMBRE

Echo un ojo a las novedades literarias que vienen después de la vorágine navideña y me encuentro con que Impedimenta, esa editorial indie entre las indies, acaba de editar la novela de John Braine Un lugar en la cumbre. Qué noticia tan estupenda, ya se me hacen los dedos huéspedes esperando tenerla en mis manos y revivir las sensaciones que disfruté cuando vi la peli en la que está basada.

Un lugar en la cumbre (la peli) es una de las mejores obras de Jack Clayton, un director inglés que sólo firmó como realizador diez películas entre 1944 y 1992, pero entre ellas estaban, además de Un lugar en la cumbre, El gran Gatsby y una adaptación de Otra vuelta de tuerca, de Henry James, que él tituló The Innocents. Las tres, adaptaciones literarias. ¿Casualidad?

Le tengo cariño a esa peli porque la primera vez que la vi, en Madrid, sólo entendí un 75 por ciento o así. La pasaban en la filmoteca, en la sala grande del cine Doré, que tenía un sistema de subtitulado electrónico horroroso. Ese día tenía un poco de conjuntivitis y no pude ponerme las lentillas (sí, soy medio ciego, un cuatro ojos salvado por la tecnología de las lentes de contacto, alabada sea), y como la amiga que me acompañaba llegó tarde, no pudimos pillar asiento delante y nos tuvimos que meter en la última fila. Vamos, que no veía una mierda. Los personajes y lo esencial de las escenas sí, sin problemas, pero de los subtítulos, ni hostias, ni media letra. Así que puse oído, me concentré mucho y descubrí que lo entendía todo mucho mejor de lo que pensaba. Supongo que la vocalización high class de los personajes burgueses ayudó lo suyo, pero mi ego salió muy reforzado, no sabía que comprendía el inglés tan bien, fue un descubrimiento. Volví a ver la peli a la semana siguiente en otro pase y comprobé que no me había perdido nada sustancial.

Anécdotas estúpidas al margen, el caso es que Un lugar en la cumbre me enseñó el gusto por lo inglés, por su elegancia cínica cuando se ponen a narrar, por su capacidad de pasar de la melancolía a la carcajada sin transición, por la forma en la que tensan la cuerda, por cómo saben moverse por los barrancos sinuosos del melodrama sin caer casi nunca en lo cursi. Por lo bien que cuentan lo que cuentan.

Al resto de naciones no nos sale igual. Hay dos clases de escritores: los ingleses y el resto. Algunos americanos que han recibido una educación protobritánica en la Costa Este se parecen, pero no del todo, no terminan de cogerle el tono. Sí, Henry James y Poe podrían pasar por británicos, pero siempre les acaba saliendo una debilidad honesta o de integridad moral que un inglés no dejaría que asomase. Para ser un escritor inglés hay que haber nacido, al menos, en la Commonwealth.

No basta con empaparse de Oscar Wilde, Evelyn Waugh, Charles Dickens, Robert Louis Stevenson y Somerset Maughan (sí, ya sé que en esta lista hay también irlandeses y escoceses, pero como están muertos no pueden impedirme que les ponga la etiqueta de inglés, gentilicio que me introducirían por el recto si me leyeran). Puedes esforzarte mucho, ver miles de obras de teatro en Londres, salir de caza con el Príncipe de Gales, practicar el idioma hasta tener el acento de un docorando de Oxford, coger una cirrosis rebañando pintas en los pubs de Westminster y tragarte un período de sesiones entero en la Cámara de los Lores, y aun así, aunque tú creas que ya le has cogido el punto, no escribirás como un escritor inglés.

Supongo que tiene que ver con la falta de melanina, con una dieta de gachas pobre en vitaminas y rica en... ¿mierda? Habrá que respirar esa atmósfera húmeda desde niño, habrá que crecer con un fantasma en el ático, tendrás que haber sido educado en el desprecio hacia el sistema métrico decimal y en la glorificación de un rey que decapitaba a sus esposas. Son tantas cosas que lo hacen inimitable: para escribir como un inglés hay que ser un inglés. No hace falta haber nacido en Francia para ser un escritor francés (miren a Cortázar), ni haber nacido en Estados Unidos para ser un escritor norteamericano (miren a Carlos Fuentes), ni haber nacido en Argentina para ser un escritor argentino (miren a Vila-Matas), pero no hay escritores ingleses que no hayan nacido en las islas.

Bueno, quizá haya uno, la excepción que confirma la regla: Jorge Luis Borges.

Pero él lo tenía fácil, pues era medio inglés y fue educado como tal en un país que estuvo a punto de ser colonia inglesa.

Un lugar en la cumbre me abrió las puertas al universo cínico, amoral, contradictorio y clasista de la literatura inglesa contemporánea. Me ayudó a comprender las claves de ese mundo y me enseñó a quererlo.

En Malas influencias, el libro que saco en febrero, intento escribir como un escritor inglés en un par de relatos. Por supuesto, no me sale, pero me divertí mucho fingiendo ser lo que no soy. Para eso está la literatura, ¿no?

Y ahora, si me disculpan, me voy a preparar un dry martini al estilo de Winston Churchill.

Foto: Jack Clayton.

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres
¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres

2 comentarios

S. del Molino -

¡No me jodas, que este blog es una república y no tiene rey!
Feliz año para ti también.

Mayusta -

Feliz año, rey de los blogueros, y que los reyes den descanso a los israelíes...Abrazos
¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres