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El Blog de Sergio del Molino

TRANSCRIPCIONES

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Ha nevado. Poco, no ha cuajado, pero hace un frío del recopón. Yo me aseguro de que la calefacción está a tope y aprovecho la mañana de fiesta que tengo para terminarme una novela de Edmundo Paz Soldán.

Mientras, Barajas se colapsa, los pueblos se quedan aislados, la gente se agarra un cabreo de tres pares de cojones. Y yo leo en el sillón.

Mientras, en Gaza sigue la matanza y Putin deja sin calefacción a media Europa del Este. Y yo leo en el sillón.

¿Egoísmo? Por supuesto, idéntico al tuyo. No sé qué decir de Gaza, no sé qué decir de Putin. Hay verbos que se crecen con la rabia. El mío se achica. Cualquier cosa que diga sonará banal, innecesaria, oportunista, facilona, inútil. Iré a la manifestación contra la guerra, como fui a las de 2003, pero ahora sólo aspiro a leer en el sillón. Quiero que mi banalidad, oportunismo, facilonería e inutilidad se queden en mi mundo banal, oportunista, facilón e inútil, que se concentra en mi hueco en el sillón, en la ventana a través de la que veo caer la nieve y desde la que he hecho esta foto moteada de copos.

Acabo de leer Río fugitivo, una de las primeras novelas de Edmundo Paz Soldán, que ha reeditado en España ese editor de lance que es Luis Solano, el baranda de Libros del Asteroide. Paz Soldán es la gran esperanza blanca literaria de un país, Bolivia, que no ha dado grandes nombres a las letras latinoamericanas, y Río fugitivo, que es lo primero que he leído de él, me ha parecido una novela interesante y, a la vez, muy imperfecta. Y muy interesante en sus imperfecciones también, porque apuntan una gran ambición literaria y un talento desesperado por probar sus límites y forzarlos. Pero esto lo tengo que confirmar con la lectura de otros libros suyos.

Río fugitivo es la reescritura actualizada de La ciudad y los perros, de Mario Vargas Llosa. Las dos son novelas iniciáticas, las dos pretenden ser corales (pero sólo una lo consigue), las dos se desarrollan en un colegio masculino elitista, las dos tienen un trasfondo autobiográfico, las dos pretenden apuntalar una reflexión muy vasta y muy politizada sobre las contradicciones de la sociedad latinoamericana y en las dos hay un crimen que puede ser también un simple accidente. Hay muchas más similitudes, pero esas son las básicas.

Se diferencian en que Vargas Llosa emociona más, escribe mejor, es menos sentimental con sus personajes y sabe darles una voz más profunda y propia. Pero, pese a todo, el experimento de Paz Soldán es muy loable, y como lector, gratificante: porque es honesto, es arriesgado y es ambicioso, y esas tres virtudes compensan todas las demás faltas, que tampoco son tantas.

Río fugitivo es Cochabamba, una ciudad de provincias en la Bolivia de los años 80 contada por un narrador en el último año de bachillerato en el Don Bosco, el colegio de las élites de la ciudad, donde no hay cholos (que es como los blancos se refieren despectivamente a los que tienen rasgos indígenas).

En la contraportada, el editor ha pegado un fragmento de una reseña del escritor José María Merino que dice así: "Novela coral que expone con verosimilitud ciertos comportamientos colectivos y motivaciones de los personajes pertenecientes en su mayoría a la alta burguesía de su país".

Esta frase ilustra muy bien hasta qué punto la crítica literaria se hace ensartando tópicos y frases huecas como chorizos. A veces, me da la impresión de que los reseñistas ni siquiera se molestan en releer las frases que escriben.

Pues siento contradecir a todo un académico de la RAE, pero Río fugitivo no es una novela coral. Su modelo, La ciudad y los perros, sí, pero el relato de Paz Soldán está contado en primera persona y tiene un protagonista que sobresale muy por encima de los demás, que actúan de secundarios. De coral, nada, es una novela de personaje, una novela iniciática de las clásicas.

También dice que "expone con verosimilitud ciertos comportamientos...". Pues me va a disculpar de nuevo, señor Merino, pero a no ser que usted haya vivido en Cochabamba en la primera mitad de los años 80 y frecuentado a los miembros de la alta burguesía de esa ciudad, ¿qué cojones sabrá si Paz Soldán "expone con verosimilitud" esos comportamientos? Si me habla de verosimilitud narrativa, estoy de acuerdo, es una narración redonda, pero no tengo ni idea de si esos niños bien blanquitos se parecen en algo a los niños bien blanquitos de Cochabamba. Me tendré que fiar de lo que me diga Paz Soldán y encogerme de hombros.

Se leen con demasiada frecuencia tonterías de ese calibre: "Qué bien refleja la España del siglo XVII". ¿Y usted qué sabe? ¿Ha viajado en el tiempo?

A mi me importan tres pimientos bolivianos que la Cochabamba de Río fugitivo se parezca o no a la Cochabamba que espero visitar como turista algún día. Lo que me importa es que me creo a los personajes que la pueblan, que empatizo con sus sentimientos, que me conmueven sus miedos, que me reconozco en sus palabras y en sus actos. Ahí está la verosimilitud, ahí está la fuerza de la novela.

Y si me reconozco es porque la vida imita al arte. Paz Soldán ha metido su vida y sus recuerdos en el molde de La ciudad y los perros de Vargas Llosa, y decidió meterla porque en La ciudad y los perros no vio Perú, no vio el barrio de Miraflores de Lima, no vio los años 40, sino que se vio a sí mismo cuando era adolescente, entendió lo universal del libro. Entendió que Vargas Llosas no estaba retratando un lugar ni una época, sino que hablaba de la condición humana y del doloroso descubrimiento del mundo.

En términos musicales, el verbo transcribir define el proceso de adaptación de una partitura escrita originariamente para un instrumento para que se pueda tocar en otro. No todas las partituras se pueden transcribir a instrumentos distintos a los que se han concebido, pero Paz Soldán ha demostrado que la partitura que Vargas Llosa compuso para la Lima de los años 40 vale perfectamente para la Cochabamba de los 80. Y seguro que vale también para la Zaragoza de 2009, para el Hong Kong de los años 50 o para la isla de Tasmania del año 2078.

¿A que parece obvio? Pues hay críticos que no se enteran.

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1 comentario

Sergio -

Sergio, amor, ¿cómo se te ocurre colgar una imagen tomada desde tu ventana? Ya sabemos dónde vives... y te esperaremos en el patio, como groupies enloquecidas, para que nos firmes tu libro!!!
Abrazos!!!
Sergio.
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