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El Blog de Sergio del Molino

ESTO NO ES SERIO

ESTO NO ES SERIO

Me habría gustado escribir algo sobre el bicentenario de Poe en Heraldo, pero cuando se lo propuse a Antón para el Artes y Letras él ya lo estaba escribiendo para las páginas de Cultura (la pieza central del artículo de Antón Castro se puede leer pinchando aquí). Tengo que espabilar más en el próximo centenario: me pido desde ya hacer un reportaje sobre el tricentenario de Poe. Vayan reservándome unas páginas para el 19 de enero de 2109.

Mientras llega ese día, me queda el blog, donde puedo soltar algunas tontadas más personales y menos formales sobre el pobre y desgraciado Edgar.

¿Quién no es fan de Edgar Allan Poe? Sólo un trozo de carne con ojos o un mendrugo prehomínido puede quedarse indiferente tras la lectura de La caída de la casa Usher, Berenice, El corazón delator, Los crímenes de la calle Morgue o William Wilson, que es uno de mis preferidos. Sí, también hay un Poe poeta (disculpen la cacofonía), pero ese me interesa menos, la verdad.

Qué mal lo pasó el pobre Poe y qué buenas compañías encontró tras su muerte y al otro lado del charco. Sus cuentos pasaron al francés de la mano de Charles Baudelaire, su más incondicional fan, perdidamente enamorado de su literatura. Y al castellano pasaron -en traducción canónica e intocable- de la mano de Julio Cortázar, que era tan fan de Poe como Baudelaire, hasta el punto de que reescribió uno de sus cuentos ambientándolo en el metro de París (Manuscrito hallado en un bolsillo, en el libro Octaedro). ¿Cuántos escritores pueden presumir de haber tenido dos traductores tan insignes y tan fans?

Dicen los que saben de estas cosas, y así lo enseñan en las universidades, que el cuento o relato corto moderno tiene dos tradiciones fundamentales: la realista, que apadrina Chéjov, y la fantástica, que apadrina Kafka. Borges y Cortázar estarían en el lado de Kafka, y Raymond Carver, Bukowski y la gente de la escuela del realismo sucio estadounidense estarían en el de Chéjov.

Pos bueno, pos fale, pos malegro. Ya sabéis que sólo los hooligans dividen el mundo en blancos y negros. Ojalá fuera todo tan fácil, ojalá las cosas se ordenaran ellas solitas así de bien, ojalá el pan fuera siempre pan y el vino, vino.

Cortázar y otros escritores que se han preocupado por la historia del cuento (el más problemático y moderno de todos los géneros literarios, hasta el punto de que muchos niegan incluso que sea un género) se remontan a antes de Chéjov y de Kafka. Es más, Cortázar creía que Chéjov y Kafka estaban ya contenidos en la prosa de Poe. Edgar Allan Poe es algo así como el big bang del cuento: contiene toda la materia del universo. No hay nada en los cuentistas posteriores que no esté ya -siquiera insinuado- en Poe. Inventó y cerró el género. No sólo marcó sus líneas maestras, sino que lo concibió en su totalidad, y ha obligado a los cuentistas posteriores a adaptarse a la ars poetica que impuso con su obra. Hasta hoy mismo: también mis cuentos estaban ya contenidos en Poe antes de que me pusiera a escribirlos, pero no se lo digas a nadie, que el plagio no vende.

Para Poe, el cuento era un género a medio camino entre la poesía y la novela. Estéticamente, funciona como un poema, pero se construye como una novela. Y también al revés: condensa en la estructura de un poema la densidad de una novela. Es versátil, juguetón, se resiste a las taxonomías de los filólogos, hace burlas a los críticos literarios que intentan estudiarlo, es libre y perverso.

Pero estas son cosas que sólo preocupan a los raros que escribimos cuentos. Al lector de cuentos -esa rara especie que los editores niegan que exista- lo que le fascina es la sensación de estar haciendo algo prohibido: una novela exige un compromiso y una disciplina, tienes que avanzar despacio, tener paciencia, desbrozarla con un machete, acumular horas y horas de lectura en sus páginas. Un cuento no. Si la novela es un matrimonio, el cuento es un polvo esquinero, un aquí te pillo aquí te mato, un folleteo sin compromisos, un divertimento de adultos sin ataduras ni planes de boda. Lo coges, lo lees y te largas dejando una nota de despedida sin tu número de teléfono. Sin ni siquiera dar nombres: ha estado bien, pero no insistas en verme otra vez, sólo quería echarte un polvo, paso de que me des conversación.

Por eso mola y por eso tiene un público minoritario, porque lo que triunfa en las masas son las bodas y los viajes de novios a Punta Cana. Porque la gente no folla por follar, sino porque busca algo más: echar un polvo casi siempre es un medio, sólo los crápulas lo consideran un fin. Por eso prefieren la novela, que es una cosa seria, como dios manda. Los cuentos son para perdidos, para mala gente de hábitos nocturnos.

Poe lo entendió perfectamente, y sus contemporáneos vieron por dónde iba, así que lo destrozaron, lo hicieron ser un infeliz, un outsider. ¿Por qué no escribe novelas como Dickens, señor Poe? ¿Qué cojones son estos textitos que se leen en diez minutos? Déjese de canapés y póngase a hacer chuletones. Siente la cabeza, por dios, que las grandes obras no se construyen con jueguecitos infantiles.

Escribir cuentos no es serio. Ni alla maniera de Kafka ni alla maniera de Chéjov. No hay una forma honorable de escribir cuentos. Esa es la mayor enseñanza que nos dejó Poe, y eso es lo que fascinó a Baudelaire y a Cortázar.

Salud, maestro, siga disfrutando de su tumba.

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1 comentario

Javier López Clemente -

Pero, ¿hay algo honorable en escribir?

Salu2 Córneos.
PD: El ABC cultural le dedicó esta semana unas cuantas hojas a Poe, Babelía ni una, yo mandaría un texto, tal vez entre en rotativas
;-)
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