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El Blog de Sergio del Molino

ADOLESCENTES DISMINUIDOS

ADOLESCENTES DISMINUIDOS

La voz en off de Lester Burnham decía al principio de American Beauty (peli de la que se cumplen ahora diez años. Escribiré un post sobre el inlfujo de esta obra en la primera década del siglo XXI, que creo que es grande):

Jane es la típica adolescente: insegura, malhumorada... Me gustaría decirle que se le pasará, pero no quiero mentirle.

El adalid de la literatura postmoderna (o post lo que sea. Hemos tenido tantos post-algo que ya no sé qué viene después de qué) Michel Houellebecq, en Ampliación del campo de batalla, escribe:

La adolescencia no sólo es una etapa importante de la vida, sino que es la única etapa en la que se puede hablar de vida en el verdadero sentido del término. Los atractores pulsionales se desenfrenan en torno a los trece años y luego disminuyen poco a poco, o más bien se resuelven en modelos de comportamiento que a fin de cuentas sólo son fuerzas petrificadas. La violencia del estallido inicial hace que el resultado del conflicto pueda ser incierto durante muchos años; es lo que se llama, en electrodinámica, un régimen transitorio (...). Lo cual puede expresarse de forma más brutal y menos exacta diciendo que el hombre es un adolescente disminuido.

Cuando en el instituto escandalizamos al profesorado con una revista en la que pusimos todas las inconveniencias políticas y sexuales que se nos ocurrieron y el consejo escolar amenazó con expedientarnos, un profesor dijo (y así fue publicado en el siguiente número, donde se glosaron las reacciones a nuestra gamberrada):

Es como el acné, una típica adolescentada.

Herbert, uno de los protagonistas de Malas influencias -minutos publicitarios: el libro saldrá a la venta probablemente la semana que viene-, dice (o le hago decir):

Una adolescentada enorme y maloliente de la que incluso hoy me avergonzaría si fuera capaz de recordarla.

Vergüenza, atrevimiento, sexualidad atronadora. La región más complicada de la vida de un ser humano. Hormonas en ebullición, niños que juegan a un juego cuyas reglas no comprenden, que hacen cosas de las que su yo adulto se arrepentirá. No como en la infancia, donde todo era fácil, donde las cosas podían ser como uno quisiera que fueran con tan solo decirlo en voz alta. La treta ya no vale después, y encima hay que lidiar con esas erecciones, con esos furores y con esa rabia. Nostalgias neolíticas. Nostalgias de un tiempo en el que podían desfogarse como ciervos en berrea, en ritos de iniciación, en orgías a la sombra de los dólmenes.

La patria del hombre no es la infancia, es su adolescencia. Los afectados por el síndrome de Peter Pan no quieren ser niños eternos, quieren ser adolescentes eternos.

Adolescentes disminuidos. Lester Burnham lo sabía bien. Así se nos va pasando la vida.

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