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El Blog de Sergio del Molino

METÁFORAS MÉDICAS

METÁFORAS MÉDICAS

Aunque ya esté incorporado como acepción en el diccionario, en su origen, el uso del término corrupción para referirse a la res pública era una metáfora. Y como toda metáfora, encubre o proyecta -o las dos cosas a la vez, aunque suene paradójico- una visión del mundo. Es decir, una ideología.

Es una metáfora anatómica, que presupone que el Estado es un ser vivo afectado por gérmenes que lo corrompen. Gérmenes que vienen de fuera, una enfermedad que hay que extirpar. Una vez extirpada, el Estado recupera el vigor y la salud originales. Pero también puede suceder que la corrupción avance, que los anticuerpos no puedan hacerle frente y acabe matando al Estado.

Esa es la idea que prevalece. Con el tema de la corrupción en el PP, ya son legión los periodistas que se han apresurado a aclarar que este episodio es una infección que se atajará con una buena dosis de antibióticos Garzón. Un par de chutes de garzonina en la Audiencia Nacional y a otra cosa. A seguir disfrutando en plenos y comisiones.

Es una metáfora médica muy conveniente y muy tranquilizadora para los defensores sin fisuras del tinglado tal y como funciona ahora, pero cabe preguntarse si esta corrupción es consecuencia de una enfermedad o si, por el contrario, es una consecuencia natural de la forma en la que está estructurado el Estado. En ese caso, la metáfora médica ya no serviría, a no ser que hablemos de una enfermedad autoinmune y genética, pero una metáfora que hay que explicar y detallar no es metáfora ni es nada.

Pensemos un instante. Con malicia, eso sí: en este sistema, casi todos los servicios y prestaciones, por ley, debe proveerlos la administración. Debe recoger las basuras, construir autopistas, gestionar el transporte público, vigilar que los coches pasen la ITV, construir viviendas de protección oficial, hacer radiografías, programar temporadas de ópera en liceos públicos... En fin, imagínense. Pero las administraciones no hacen estas cosas directamente, con su estructura y su personal a sueldo, sino que la mayoría las delega. Así, un montón de empresas privadas hacen cosas de las que la administración es responsable. Lo hacen en nombre de la administración y, por supuesto, cobran por ello.

De acuerdo: hay mecanismos de concesión y de concurso público sometidos a la ley y a los tribunales. Y la mayoría de las veces, sorprendentemente, se cumplen. Pero, ¿no es este sistema una invitación irresistible a la corrupción? ¿No es un sistema perfecto para que los políticos paguen favores, coloquen a cuñados o hagan la puñeta a sus enemigos? ¿Qué concurso o concesión pública es lo bastante estricto y transparente como para impedir que mangonee en él quien tiene la capacidad de mangonear? No hace falta incurrir en algo descarado: basta con diseñar un concurso público que valore las características concretas que sólo la empresa de tu primo tiene. Caben mil y una sutilezas en este entramado clientelar.

Lo raro, queridos aficionados a las metáforas médicas, es que no haya mucha más corrupción de la que hay. El nivel de corrupción es irrisorio para la cantidad de oportunidades que tienen alcaldes y concejales de meter mano a la caja constantemente.

Hay mil pequeñas trampas, mil pequeños tejemanejes que, sin salirse en absoluto de la legalidad, amparan un sistema clientelar: concesiones que se deciden en cenas y no en despachos de técnicos, sobreprecios que se apalabran en pasillos... Y las dos frases que más se escuchan en la administración: "¿Qué hay de lo mío?" y "Dile al chaval que venga y que diga que va de mi parte".

La administración podría gestionar todas esas cosas ella misma para ahorrarse estas tentaciones. Pero, claro, eso sería comunismo o algo así. Iría en contra del libre mercado. Y no queremos contrariar al libre mercado, ¿no?

Así pues, consuélense con metáforas médicas si quieren, pero aquí el que no pilla cacho es porque no quiere. Quizá para usted el Estado sea el garante de la convivencia y la forma más sofisticada y racional de organizar una sociedad. Para ellos, sólo es una tarta que hay que zamparse rápido, antes de que venga otro y se lleve más trozo.

Lo que me sigue maravillando es que, pese a todo, la cosa funciona razonablemente bien y el nivel de mamoneo se mantiene muy bajo. Tenemos suerte de que, en general se tienda a la honradez y a la responsabilidad -va a tener razón Summers: to er mundo e güeno-, pero el sistema no puede depender de la buena voluntad de la gente, tendría que ser algo más firme. Vamos, creo yo.

Foto: iba a poner una foto de Roldán, el chorizo, pero me ha parecido mejor poner a este otro Roldán, el de la brecha y la Chanson. Es el que está tieso en el suelo. El del caballo, que parece mirarlo como diciendo "este tío es tonto", es Carlomagno. Las montañas del fondo, no sé qué son. Los navarros dicen que Roncesvalles; los aragoneses, que Ordesa, donde está la Brecha de Roldán. Para aclararlo le preguntaron a Roldán, que les dijo que esas montañas ya no están donde estaban, sino en una cuenta de un banco privado de Aruba.

PD: Malas influencias se retrasa un pelín y no estará listo esta semana, como dije. Anunciaré la fecha de lanzamiento exacta. Se mantiene la presentación para el día 26 en Zaragoza, eso sí.

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1 comentario

Cernícalo Primilla -

¡¡¡Si Señor!!!has dado en el clavo. Los Concursos y Concesiones administrativas son el mejor invento de este sistema para "dar de comer" a amigotes y familiares.

En las bases para la valoración de un Concurso siempre hay una parte objetiva (precio, plazo, ...), q no se puede manipular, y otra subjetiva, a libre interpretación del adjudicador. Es con esta última con la q se juega para mamonear y dar "el asunto" a quien se quiera.
Todo este proceso, cuando se hace por los cauces normales lo llaman EXTERNALIZACIÓN (+ políticamente correcto q privatización) y, por supuesto, es legal. Cuando los cauces se tuercen y aparece alguien q desea + y + rápido se convierte en CORRUPCIÓN, siempre y cuando salga a la luz pública, claro.

PD: seguiremos esperando tu libro
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