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El Blog de Sergio del Molino

COMO ACTORES SECUNDARIOS

COMO ACTORES SECUNDARIOS

Parental advisory: este post no es apto para menores proclives al botellón. Niños, no hagáis esto en vuestras casas.

Hará un par de semanas quedé con un amigo a echar una caña antes de cenar. Un plan reposado: un poco de charleta literaria -los dos le damos a la tecla por oficio y vocación-, contarnos lo que tenemos cada uno entre manos y a casa.

Pero la cosa se lió, empezamos a dejar de pedir el vino por copas para pedirlo por botellas y apareció por ahí un montón de gente que saludaba, bebía, brindaba con nosotros y se despedía. Hacia la medianoche cenamos cochifrito (o algo así), se presentaron nuestras respectivas -por lo demás, sobrias y pacientes- y acabamos todos a las dos de la mañana ciegos como piojos en un concurrido antro de modernos con nombre de atracción de feria. Mi amigo y su respectiva hicieron mutis en algún momento indeterminado y yo fui remolcado hasta el hogar mientras decía un montón de inconveniencias y cantaba clásicos de Lluís Llach a voz en grito.

No se puede salir de casa, pensé.

La resaca fue fina, por supuesto, y juré, instantes antes de volver a salir, que a Marx ponía por testigo de que nunca más bebería alcohol. Pero mi day after debió de ser mucho más suave que el de mi compañero de farra, que me mandó un sms disculpándose por lo impropio de su conducta y esperando no haberme ofendido ni a mí ni a mi señora.

Pues sí que estamos bien -seguí pensando, con gran esfuerzo y después de tomarme un sobre de ibuprofeno antirresacoso-, ahora me vienen con culpas judeocristianas. Lo que nos faltaba.

El remordimiento, ese gran enemigo interior.

¿Qué mundo es este en el que uno no se puede salir un poco de madre de cuando en cuando? ¿Qué tristeza de vida es esta que nos avergüenza de nuestras pequeñas -misérrimas- debilidades? Ni que hubiéramos cometido un crimen, digo yo. El crimen lo cometí yo contra el repertorio de Lluís Llach, pero salvo la dignidad de la cançó catalana, nada más resulto herido aquella noche, que por lo demás recuerdo grata e ingeniosa.

La culpa se extiende como el aceite entre los hijos del mayo del 68. Qué generación de mierda esta a la que pertenecemos que es más carca que la de sus padres. Bien está que no busquemos playas bajo los adoquines porque ya sabemos que bajo el pavimento sólo hay cloacas, y destaparlas es insalubre, pero de ahí a que nos avergoncemos del desfase, a que no podamos ni zamparnos una fabada por el qué dirán...

He aquí un retrato generacional, cortesía de Barricada en el disco Por instinto:

Puedes observar como empieza
aunque no lo entiendas
y nadie te lo explique.

Puedes creer que estás equivocado
porque todos parecen divertirse.

Como actores secundarios
demasiado preocupados
en llevar puesto el sombrero
y poner cara de tiernos.

Son chicos muy listos,
todo lo hacen bien.
Son como gusanos
que no paran de comer.

Aburrida, vaya generación.
Ser aburridos es nuestra vocación.

¡Ven, ven, ven!
A mirar el precipicio.
¡Ven, ven, ven!
Todo lo haces por instinto.
¡Ven, ven, ven!
Ven a mirar, salta de aquí.

Llegas con retraso, tu tiempo va al revés.
La aguja se volvió a romper.

Si intentas decirme algo, esa historia ya la sé.
Puños cerrados golpean la sien.

Muy arriba o muy abajo,
ni delante ni detrás,
quédate con lo que quieres,
no hablaremos nunca más.

No he encontrado el vídeo de la canción, pero os pongo esta versión de Los Gandules del No hay tregua, frente a los mismos Barricada. A mí me parece tronchante, pero reconozco que soy muy primario:

Estamos tan empeñados en hacerlo todo bien, en ser perfectos, en lucirnos, en brillar, en destacar en el histérico resorte de la vida (de la vida laboral, vaya, la del éxito, la del reconocimiento), que no toleramos la imperfección, que no soportamos la fluidez del vino cuando se ha perdido la cuenta de las copas y la anestesia de la parte frontal del cerebro, la que controla la inhibición, la que nos lleva al borde del precipicio. Somos actores secundarios demasiado preocupados en llevar puesto el sombrero y poner cara de tiernos.

Y ya está bien, hombre: es feo que alguien sienta que se tiene que disculpar por emborracharse con un amigo, digan lo que digan los de Proyecto Hombre y los de Alcohólicos Anónimos.

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8 comentarios

Bender -

pero que tropa tan patetica, que comentarios tan pre-fabricados, sois lo mas parecido a Leticia Sabater en plan filosofo cuando comenta en Radio Marca que he podido leer, que triste

Rosa María -

Hola!!!, eso es por la falta de costumbre amigo. Hay que hacer esas cositas más a menudo, un buen cava y un buen vino al día afinan la piel y el ingenio, y ponen la sangre calentita,pero sin pasarse tanto ni beber cositas fuertes!nada de alcoholismos severos.Eso,creo desde mi humilde punto de vista que es como los régimenes alimenticios,de esos en los que se pasa mucha hambre,el de la alcachofa y todos estes, a la que te desatas de nuevo,y entra el hambre voraz, ni te digo!.Estás perdido e hinchado(y con remordimientos).
A mi, siempre me han gustado las malas influencias, me atraen por efecto imán,o me persiguen, yo que se !pobre de mi! pero, no se, no se, a mi como que me das un poquitín de miedo, creo que voy a leer ese libro sin que me vea papá. Saludos!

S. del Molino -

María: mañana habrá noticias al respecto por aquí, si no las cuentan en otro sitio.

Fenrisolo: dudo mucho que el remordimiento sea una señal de nada. Las señales son más sencillas, se ven con más claridad.

Fenrisolo -

La verdad es que me tomo por un niño (aunque no ya menor) proclive al botellón y me siento identificado al cien por cien con tus palabras. La fuerza del remordimiento es lo peor de la resaca; la tuve este finde y tantos otros. Este sábado particularmente pasé de forzarme a no beber, a marcarme un límite. Pensé que así luego no me sentiría defraudado y el remordimiento sería menor. Pues bien: no dio resultado. Volví a casa a las 16:30 del domingo con la impresión de que me habían dado una paliza, sin recordar con quién hablé, a qué tía molesté, dónde me entretuve y, lo peor de todo, con más remordimiento que nunca. Inútil remordimiento, un mal que no todos tienen, y que al menos espero que nos sirva de señal de alerta para no caer en el alcoholismo (¿o ya es demasiado tade?).

María -

Hola Sergio:
Todo esto serán las "Malas influencias" que tengo ganas de leer y que aún no nos has dicho cuando salen.

Enrique -

Bueno, bueno, no sé si creerte... En cualquier caso, que sea la última vez que dices que vas a dejar de beber tan sólo por tener una resaca. Que no me entere yo. Eso no es propio de ti, hombre. A ver si vamos a tener que castigarte sin beber.

S. del Molino -

En absoluto. No hay culpa ninguna, sólo un aparato digestivo maltratado, dolorido y punzante. No otro es el motivo del juramento.

Enrique -

Una vez más vuelvo a estar de acuerdo contigo en lo que escribes. ¿Por qué será que a veces no lo estoy pero que cuando la cosa va de alcohol me apuntaría a una secta fundada y liderada por ti? De todas formas, permíteme una pequeña crítica: jurar las mañanas de resaca, aunque sea poniendo a don Carlos de testigo, que no se volverá a probar el alcohol entiendo que es otra forma de complejo judeo-cristiano de culpa. Puede que una forma más refinada, pero pienso que algo de culpa (y no sólo un malestar físico acojonante) anida en el fondo de esos juramentos, cuya estupidez radica, sin duda, en la falta de alcohol (que no otra cosa es la resaca) que en esos momentos puede hacer que no se piense con claridad. No esperaba esto de ti, del Molino.
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