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El Blog de Sergio del Molino

JALEO EN WASHINGTON, D. C.

Bueno, al fin puedo sentarme a gusto en la habitación del hotel, con mi viejo amigo el portátil zarrapastroso, a teclear cuatro tonterías para el blog. En el hotel de Nueva York no había wifi en la habitación, había que bajar al vestíbulo y hacer el pino-puente para encontrar una señal decente. Y yo no estoy ni para pino-puentes ni para colarme en tiendas Apple para postear desde los ordenadores que tienen en exposición (y allí la gente no se corta un pelo).

Pero ahora estamos en Washington, y no sé si será el influjo benefactor de San Obama de Assís o los efluvios libertadores que emana el monumento a Lincoln, pero la conexión va como un tiro. Lástima que haya estrenado cámara nueva y no tenga instalado el programita para descargar las afotos, porque hace nada hemos pasado por delante de Jaleo, el restaurante de José Andrés en Washington. De hecho, antes de ver el letrero, hemos visto a través de la cristalera cómo dos propios se encajaban una señora paella. Nos miramos y pensamos: "Ya están estos pobres e ilusos yankis siendo intoxicados por el paellador de turno, con arroz brillante y cabezas de gamba cuyo cuerpo nunca aparece (por eso a esa paella-guiri se la conoce como ’arroz con ojos’)". El caso es que, en un segundo vistazo, aquella paella no tenía mala pinta. Daba algo más que el pego. Incluso parecía apetitosa: con su capita fina de arroz, su marisco bien dispuesto, su amarillo sanote y azafranado... Y entonces hemos visto el nombre del restaurante: Jaleo. Y el cabezón sonriente de José Andrés dando la bienvenida en un letrero ad hoc.

Por cómo se hablaba del extrañamente mediático José Andrés en España, yo creía que su restaurante en Washington era una cosa fina y exclusiva, llena de senadores mangantes, de millonarios judíos que pasan maletines a congresistas bien dispuestos y de señoras pechugonas que organizan galas benéficas a favor del Salvation Army. Pues no. Jaleo no es El Bulli, señores. Aquello es una tasca apañada, pero informal, sin manteles en las mesas, donde los curritos federales que trabajan en los edificios aledaños van a empapuzarse de callos a la madrileña, croquetas de bacalao y calamares en su tinta (bien regado todo con sangría de esa que les mola). Los precios, razonables tirando a populares (para la media de Estados Unidos, que siempre es algo más cara que en España), y el ambiente no podía estar más alejado de la alta cocina.

Qué decepción. Yo me imaginaba a José Andrés escribiendo unas memorias en las que desvelaba cómo Obama dijo de Hilary Clinton que "a esa pequeña zorra blanca hay que bajarle los humos", mientras engullía unos espárragos deconstruidos de la Ribera navarra. O cómo George W. Bush, despanzurrándose en la butaca y soltándose el botón del pantalón, le confesaba, satisfecho: "José Andrés, estas farias tuyas son mejores que mis puros cubanos de contrabando". Y resulta que ni Obama, ni congresistas, ni starlettes de medio pelo han pasado por su casa. Qué desilusión. Me esperaba más de usted, señor José Andrés. Por contra, he de decir que su tasca me resulta amable y acogedora, y se nota que el público local le hace aprecio. Nosotros, para llevar la contraria, hemos comido en un japonés bastante pijo donde me han servido el mejor sushi que he probado en mi vida. Delicioso.

Por lo demás, Washington resulta agotadora. Poco turismo extranjero y mucho redneck con furor por venerar a los padres de su patria y por poner cara compungida en el Memorial de Vietnam. Turistear por esta ciudad monumental tomada por cochazos negros del FBI (ves tantos que ya pierde su gracia: te cansas de hacer fotos de tipos trajeados y seriotes en todoterrenos brillantes y rugientes) es demoledor para los pies. Aunque es pequeña y accesible, la parte monumental es un despropósito faraónico que altera las leyes de la perspectiva y donde lo que parece que está lejos, en realidad está muy lejos. Mañana nos tomaremos las cosas con más calma, acorde con el ritmo de una ciudad que no parece vivir el frenesí de la serie El Ala Oeste de la Casa Blanca. Es una ciudad funcionarial y cosmopolita, lo que le da un aire interesante y reposado al mismo tiempo. Parece un buen sitio para vivir, pero yo me quedo con Nueva York. Por mil motivos más que obvios, no me hagáis enumerarlos.

De Nueva York, si me permitís, hablaré otro día, desde casa.

Antes de irme a recorrer Washington by night, dos breves recordatorios: el jueves 19 por la noche, a eso de las 0.30 (creo, no estoy nada seguro), me entrevistan en el programa cultural de Aragón Televisión, Borradores. Me invitaron a leer a cámara un pasaje del libro y, al terminar de hacerlo, me di cuenta de que estaba lleno de palabras como follar, semen y no sé qué más cerdadas que no se pueden decir por la tele. No sé si lo emitirán o le meterán la debida tijera (y la recomendación de lavarme la boca con jabón). Comenta Gilgamesh que Malas influencias se puede comprar ya por internet en Agapea, y acabo de comprobar que también está en la web de La Casa del Libro. Cuando vuelva a Zaragoza colgaré los enlaces en el blog promocional. Y acabo de leer un mail de mi bienhallado editor instándome a cerrar la fecha de la presentación en Madrid. Será, con toda seguridad, entre el 30 de marzo y el 8 de abril (os diré el día concreto en cuanto lo cierre la editorial) en la librería Tres Rosas Amarillas de Malasaña (calle San Vicente Ferrer, metro Tribunal). Habrá vinito.

Y ya, que estoy de vacaciones y me han prohibido ocuparme mucho de estas cosas.

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3 comentarios

S. del Molino -

Gracias, yo no la he visto aún. A ver si esta semana me pasan una copia.

Enrique -

Quedo muy chula la entrevista en el Vinilo, con un parroquiano al fondo que trataba de cotillear.

magui -

Hola, Sergio:

Acabo de ver tu entrevista en el programa Borradores... muy bonita, divertida y emotiva, como ha dicho el presentador, pero la entrevistadora tenía un poco ojos de zuzto, jeje.

Las "Malas Influencias" las engullí hace unos días, tienen varios relatos interesantes, aunque el libro -materialmente hablando- ya no lo tengo en mi poder. Al final, dejar a otra gente los libros que te gustan, o regalar un libro a alguien porque su lectura te ha evocado anécdotas compartidas es uno de los placeres de la literatura. Compartir es vivir, jeje.

Enhorabuena por tu éxito.
Todavía tengo por casa algún cuadernillo de más de diez años ha, de cuando ganaste el Concurso Literario "Santo Tomás de Aquino" del insti :-P... ya por aquel entonces se percibía que ahí había madera.

Un saludo.
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