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El Blog de Sergio del Molino

SABOR DE SOLEDAD

SABOR DE SOLEDAD

Aunque detesto dar y recibir consejos y recomendaciones, aquí van un par, para predicar con el ejemplo. Una: si no has viajado a Estados Unidos, hazlo cuando tengas oportunidad. Descubrirás un país complejo -y un raro espejo donde los europeos nos miramos- que gana con cada visita, donde los tópicos y sus refutaciones se dan de tortas en cada esquina, donde los prejuicios se confirman y se desmienten de forma cambiante cada cinco minutos. Y dos: cuando lo visitéis, no importa dónde, no os marchéis sin antes dedicarle un rato a uno de los puntales de su cultura popular, la tele. Darse un garbeo por el enmarañado mundo del cable, de la CNN a los canales latinos en español pasando por los delirios locales, puede ser más ilustrativo y ejemplar que una clase sobre antrolpología cultural americana en Harvard.

No soy objetivo. Me encanta la tele. Ya sé que como presunto intelectualillo letraherido debería adoptar una pose altanera, pero es que no me sale llamarla caja tonta. También es cierto que no me trago lo que me echen, que apenas veo la tele en abierto y que en los últimos tiempos veo más televisión en el ordenador, siguiendo mis series favoritas un día después de que las echen en Estados Unidos, que en el aparato del salón. Pero aun siendo un espectador atípico que no termina de encajar en ningún target de los que manejan los anunciantes, hago testimonio público de mi fe catódica.

Y como acto litúrgico de esa fe, acudí en peregrinación a una de las mecas de mi religión: el Rockefeller Center de Nueva York, entre las calles 48 y 51 y la Quinta y Sexta avenidas de Manhattan. Allí, entre otras muchas cosas, tiene su sede la NBC, el canal major que inventó y llevó a la gloria el género de la sitcom (de sus estudios han salido Friends y Seinfeld) y que domina como nadie la comedia urbana, gamberra e irreverente. Allí se hace desde 1975 Saturday Night Live, la mayor cantera de cómicos del país, que empieza siempre con un skech protagonizado por el invitado que se remata con la frase que abre el programa a grito pelado: "Live from New York City, this is Saturday Night!".

Esos tíos dominan como maestros la liturgia del show business. Desde los tiempos de los gladiadores, no se habían visto espectáculos de masas tan prodigiosos e hipnotizantes como los que ha dado la industria televisiva americana. La cosa ha llegado a unos niveles de delirio y sofisticación tales que ahora triunfan por doquier parodias del propio invento. Discursos metatelevisivos, tele dentro de la tele, la tele como tema y objeto. Se lo cuentan a Jacques Derrida y se vuelve a morir del susto.

30 Rock es la sitcom de la NBC que parodia el mundo de la tele. Y no lo hace en un hipotético canal de un hipotético país para evitar herir susceptibilidades. Lo hace ambientando la acción en los mismos estudios de la NBC en Rockefeller Center, contando el día a día del equipo de un late night sospechosamente parecido a Saturday Night Live (de donde procede su artífice, guionista, productora y protagonista: Tina Fey). En España la emiten en La Sexta a las dos de la mañana. Es decir, que para el caso da lo mismo si no la emiten, porque es evidente que no la ve nadie.

En mi peregrinación catódica ritual, recalé (por segunda vez en mi vida, lo mío es de psiquiatra) en la tienda de la NBC, donde se puede encontrar merchandising de lo más ingenioso. No se limitan a vender camisetas y gorras con el logo de las series, sino que se curran unas bromas muy ocurrentes sobre momentos y situaciones que sólo pueden entender los fans. Por supuesto, le di caña a la visa y me llevé unas cuantas para mi colección de camisetas, pero mi favorita es una que reproduce una bolsa de gusanitos mexicanos Sabor de Soledad ("¡Muy crujientes y afectados!"), que hace alusión a una de las bromas más crueles de la serie.

En 30 Rock Tina Fey es Liz Lemon, directora del late night y cómica friki e inadaptada. Tiene 38 años, vive sola en un apartamento de mierda y por su vida van pasando hombres a cual más desastroso y miserable. No lleva nada bien ni envejecer ni su deriva sentimental, y de cuando en cuando le asoman unas ganas de ser madre que no puede satisfacer. Para colmo, tiende a engancharse a la comida basura, y se pasa un capítulo entero comiendo unos gusanitos mexicanos llamados Sabor de Soledad. La cosa coincide con un retraso de su regla, así que se hace una prueba de embarazo que da positivo.

La trama del capítulo muestra cómo crecen las ilusiones de Liz, cómo se imagina ya siendo madre, cómo va a organizar su caótica vida y cómo ve que las cosas empiezan a salirle bien, aunque crea que el padre es un ex noviete gañán del que no termina de despedirse. Pero, al final del capítulo, a Liz le viene la regla. Resulta que los gusanitos mexicanos (llamados, insisto, Sabor de Soledad) están hechos con semen de toro, y en el paquete se especifica que su consumo puede provocar falsos positivos en pruebas de embarazo.

Con su mezcla de humor burdo y cruel y de tragedia sentimental, este episodio me parece más que brillante. Especialmente porque sirve como ejemplo del valor del punto de vista de la narración. La vida de Liz Lemon se cuenta como una comedia, pero bien podría ser un drama. Tina Fey escoge contarla desde el lado cómico. Isabel Coixet, probablemente, le pondría banda sonora de Antony And The Johnsons y subrayaría con largos planos-secuencia la angustia que experimenta Liz Lemon en su acongojado corazón. Y podría hacerlo sin alterar un ápice la trama. Sólo hay que cambiar el punto de vista.

Los dramas o las comedias no están en las historias, sino en la voz de quien las cuenta. Es el narrador quien decide si algo es gracioso o triste, y un mismo episodio puede ser ambas cosas. Se puede jugar también con la ambivalencia, dando más profundidad al relato. Nada es dramático o cómico per se. Depende de nuestra mirada y de nuestra forma de verlo y de volver a construirlo.

Por eso la comedia es más arriesgada y requiere de más inteligencia, talento y técnica: porque estamos  más acostumbrados a dramatizar que a reirnos. Ante una historia como la de Liz Lemon, la mayoría de los narradores escogerían tratarla como una peli de Isabel Coixet. Hay que tenerlos muy bien puestos y tener un sentido narrativo muy desarrollado para escoger el lado ácido y contarla como una comedia. Ojo, digo una comedia, no una caricatura: el personaje de Liz Lemon tiene una talla humana y una fuerza empática innegables. No es un monigote. El narrador no le pierde nunca el respeto, y eso es importante para que el asunto no derive en una farsa.

Por eso me gusta 30 Rock. Y por eso me he comprado la camiseta de Sabor de Soledad.

Otro rato cuento algo más interesante del viaje.

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3 comentarios

Diego -

Me encanta esa serie.
Es una lástima que no hayas hecho el tour porque seguro que el guía era Kenneth.

S. del Molino -

Con vergüenza he de confesar que pasamos mogollón del tour. Nuestro horterismo es limitado. De hecho, tampoco visitamos los estudios de cine y tele de Los Ángeles cuando estuvimos allí. Como turistas no valemos un pimiento.

Chewi -

Hiciste el tour por los estudios? Y lo más importante, compraste la foto que te hacen como si fueras presentador de las noticias? Si no lo hiciste, no has estado ahí.
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