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El Blog de Sergio del Molino

ELOGIO DE BABEL

En los años 20, el entonces periodista conservador -más tarde, periodista nazi- Wilhelm Stapel se despachaba a gusto contra la decadente y apestosamente cosmopolita ciudad de Berlín:

La cuestión esencial que hoy se le plantea a la cultura alemana reside en si las gentes del campo están dispuestas a tolerar las alocadas pretensiones de la intelectualidad berlinesa.

El espíritu del pueblo alemán se alza contra la forma de ver la vida que predomina en Berlín. Lo que está reclamando nuestra época es la rebelión de la Alemania rural contra Berlín.

El verano pasado tuve la suerte de disfrutar en el Museo de Pérgamo de Berlín de la exposición Babilonia: mito y realidad. Creo que se ha expuesto también en el Museo Británico (ojalá siga rulando por más capitales europeas y llegue a Madrid). Es una de las expos más interesantes que he visitado en los últimos años, y muy reveladora.

Una parte de la exposición hablaba del mito -o de los mitos- de Babilonia. Cómo han nacido y crecido, desde la Biblia hasta hoy, y cómo la cultura y el arte occidentales han interpretado y reinterpretado ese mito. La segunda parte era un recorrido por la realidad, por lo que, arqueología e investigación científica mediante, sabemos hoy de lo que fueron Babilonia, sus gobernantes y sus gentes.

Era interesante ver cómo el mito de Babilonia (dios castiga la soberbia de Nabucodonosor por construir una torre gigantesca creando muchas lenguas distintas para que nadie en Babel pueda entenderse, primer paso de la destrucción de Babilonia entera: ya sabéis cómo se las gasta el dios de la Biblia y lo mucho que le mola cargarse países y ciudades enteros) va evolucionando, desde el Renacimiento hasta aquí, en una crítica moral hacia la ciudad moderna. Conforme las ciudades crecen y se desarrollan en Europa -y, más tarde, en América-, surgen más y más voces que las equiparan con la bíblica Babel.

La Babel real, según la exposición, no se pareció en nada a la bíblica, y Nabucodonosor, para la media de tiranos babilónicos, hasta debió de ser un tipo ilustrado que se preocupó por construir caminos y canales de riego. Pero lo interesante para mí no es lo lejos que los mitos están de la realidad. Para eso son mitos. Lo molón es identificar esos mitos como sustento de argumentos ideológicos más que inquietantes a lo largo de la historia.

Las palabras del nazi Stapel son una muestra de la metrópolis moderna vista como Babel. La ciudad como origen y foco de todos los males, como nido de perversiones, de impurezas, de porquería, de mezcla. La ciudad como principio y fin de todo lo execrable, de la deshumanización absoluta, de la anulación de la persona. La ciudad corruptora, tentadora, vil, inmoral. La ciudad como ejemplo de la soberbia humana.

Religiosos o no, los sentimientos de despecho hacia la gran ciudad están muy arraigados en todas las sociedades occidentales. ¿Qué tienen en común un nazi, un hippie neorrural y un monje? Que los tres comparten la visión de la ciudad como Babel.

En los años 70, Mario Gaviria y Enrique Grilló publicaron un ensayo titulado Zaragoza contra Aragón. Tuvo muchísima influencia y todavía hoy se repiten sus argumentos en cientos de artículos y de debates. Básicamente, venían a decir que, dado el enorme desequilibrio demográfico de Aragón (con el 60% de la población concentrada en Zaragoza y su área metropolitana), la capital era un lastre para el desarrollo de la región. El monstruo urbano fagocitaba al débil y disperso agro. Es un discurso que se sigue oyendo por doquier, incluso desde dentro del propio gobierno autonómico, algunos de cuyos miembros parecen sentir una aversión profunda por la capital.

Tanto es así, que el primer Estatuto de Autonomía de Aragón, aprobado en 1982, establecía en su artículo 25.1:

La sede de la Diputación General de Aragón estará en Zaragoza.

Lo normal, para eso es la capital, ¿no? Pues no, porque acto seguido venía el artículo 25.2, con el siguiente matiz:

Por Ley de Cortes de Aragón podrá modificarse la sede de la Diputación General.

Ese "modificarse" no se refería a cambiar las alfombras o a poner azulejos en los baños, sino a dejar bien abierta la posibilidad, exigida por ciertas corrientes tanto de izquierda como conservadoras, de que la capital de Aragón se desplazase a otro sitio, lejos de la católica, fea y sentimental -e industrial- Zaragoza.

En la redacción del estatuto actual se ha eliminado esa ridícula salvedad (seamos serios: ¿dónde cojones querían montar la capital? ¿En Jaca, por haber sido la primera corte del reino medieval? ¿En Caspe, por lo del Compromiso? ¿En Barbastro, por Torreciudad, para que el poder político esté más cerca del poder real? Amos, anda). Sin embargo, persiste el sentimiento de agravio. Frente al Aragón puro, al de verdad, al que no ha reblado ante Franco ni ante los militares ni ante nadie, se alza una ciudad fea, enorme y traicionera, que engulle y anula todo lo que hace que Aragón sea Aragón.

Son muchos los que siguen buscando el alma de Aragón en los senderos de Ansó, en el claustro de San Juan de la Peña, en las callejas de la judería de Tarazona, en los llaguts de Mequinenza, en los ciervos de Beceite o en las masías del Maestrazgo. También la buscan en la plaza del Torico de Teruel y en San Pedro el Viejo de Huesca. Hacen muchos kilómetros en busca de un alma que, sin que ellos la escuchen, late fuerte en su ciudad, en la ciudad de Zaragoza. Todo lo que Aragón ha sido y es está en Zaragoza. Y lejos de engullirlo, lejos de tragárselo, Zaragoza ha conservado intacto el legado de cientos de generaciones de aragoneses. ¿Cómo lo ha hecho? De la única forma posible: siendo una gran ciudad, desproporcionada y gigantesca en comparación con su región rural.

Sin Zaragoza, Aragón no sobreviviría. Sin una sociedad urbana y moderna, capaz de absorber e integrar a los aragoneses, Aragón se habría disuelto en el éxodo rural. ¿Quién se hubiera preocupado de estudiar y conservar las tradiciones aragonesas si no existiera una ciudad como Zaragoza, con la universidad y el capital humano necesarios para ello?

Sin grandes ciudades, nuestro mundo no existiría. Sin la eclosión de esos monstruos tan denostados, sin las Torres de Babel no habría nada de lo que nos hace felices. Me parece estupendo que haya quien busque la comunión con la naturaleza en una Arcadia rural, pero decir que la ciudad nos deshumaniza, nos corrompe e hipoteca el futuro del mundo rural es una enorme chorrada. La ciudad es nuestro hábitat, donde la especie mejora al ampliarse infinitamente las posibilidades de intercambio genético. En la ciudad la vida no se estrangula, se expande, y su efecto se irradia al hinterland.

No vivimos en un mundo de países ni de naciones: vivimos en un mundo de ciudades. Vivimos en Babel, y ojalá nuestra Babel sea mil veces más sucia, depravada, cosmopolita y heterogénea que la bíblica.

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11 comentarios

S. del Molino -

Nani: ¿? No entiendo a qué te refieres.

NANI -

Me ha gustado tu libro, disfruto con tu blog, me gusta como escribes. Si además hicieras acopia de algo de humildad y aceptaras las críticas, serías la hostia, pero así, no.

S. del Molino -

Juan, me desagrada profundamente el tonito repelente que empleas. Entraría a debatir contigo si planteases tu postura de otra forma, pero así, no.

Juan -

"¿Quién se hubiera preocupado de estudiar y conservar las tradiciones aragonesas si no existiera una ciudad como Zaragoza, con la universidad y el capital humano necesarios para ello?" ¿Quién te ha contado esto a tí muchacho? Evidentemente no sabes de qué estás hablando. Zaragoza ha sido históricamente una capital tan lúgubre, cutre y provinciana que nunca ha tenido capacidad para erigirse en capital del resto de Aragón. Merece un estudio más profundo el hecho de que la segunda ciudad con más aragoneses después de Zaragoza es Barcelona. Allí fue a parar el grueso de la emigración aragonesa por razones obvias y allí reside eso que tú llamas "el legado de cientos de aragoneses". En Zaragoza queda la visión displicente y soberbia del resto de Aragón.

S. del Molino -

Ya salió el tío Carlos Marx! Jajajajaja.

Mario -

Hombre, lo del barrio era broma... Y en cuanto a la ciudad, entiendo siempre que te refieres en todo momento a la ciudad socialdemócrata? Porque en las otras se pueden rebatir una por una todas tus argumentaciones segmentándolas por clases.

S. del Molino -

Javier Córneo: hay que mantener alto el orgullo urbanita!

enrique 1: no entiendo tu reproche, echo en falta una argumentación.

Enrique 2: es cierto, Gaviria se retractó años después, gesto que le honra mucho en un país donde no apearse del burro es un valor social muy apreciado.

Mario: ni muchísimo menos. El barrio fue importante como núcleo social en la sociedad industrial, pero ahora ha perdido gran parte de su fuerza aglutinante. Al menos, en España y en casi todos los países europeos. Y la comunidad de propietarios no pasa de ser un incordio que hay que aguantar. Es la ciudad -la gran ciudad-, con su complejidad, con sus redes inescrutables, con su maraña de intereses que se cruzan y se descruzan, la que marca nuestra vida. Son las posibilidades de la vida urbana, con sus empresas, sus universidades y sus medios de comunicación, la que marca nuestro mundo. Sin ciudades no habría novelas ni películas ni grupos de rock. Ni, por supuesto, ordenadores como el que escribo, ni Internets donde volcarlo.

Mario -

Chico, yo iría más lejos. No somos ni países, ni comunidades, ni ciudades: somos barrios, o mejor, comunidades de vecinos. A ver, en qué leches se parece uno de Delicias a uno de las Fuentes?

Enrique -

Por encima de la afectación de mi tocayo, estoy muy de acuerdo con lo que dices. El alma de Aragón, si es que tal cosa existe, está tanto en San Juan de la Peña como en una calleja de El Tubo. Pero, desde luego, querer vender la idea de que Aragón es Aragón menos Zaragoza es cuando menos cómica. El propio Gaviria ha admitido su equivocación y ha rehecho su discurso en bastantes ocasiones. Zaragoza engulló la población de otros lugares, es innegable. Pero también lo es que, en muchos aspectos, eso también tuvo una vertiente muy positiva. Como despedida, permitidme el autobombo de sugeriros que leáis un artículo mío en el próximo número de "Aragón en Portada", donde hablo de esto, entre otras cosas más o menos relacionadas.

enrique -

"Sin una socidad urbana y moderna, capaz de absorber e integrar a los aragoneses, Aragón se habría disuelto en el éxodo rural. ¿Quién se hubiera preocupado de estudiar y conservar las tradiciones aragonesas si no existiera una ciudad como Zaragoza, con la universidad y el capital humano necesarios para ello?" Gracias, Zaragoza, qué haríamos sin ti. Los pueblerinos nunca podremos agradecerte que seas tan urbana y tan moderna. Y que nos estudies tanto.

Javier López Clemente -

Es alentador encontrar estos argumentos para guardarlos y recurrir a ellos en esas cenas de amigos cuando me toca reivindicar mi condición de urbanita venido de allende las circunvalaciones.

Salu2 Córneos.
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