Blogia
El Blog de Sergio del Molino

LO OSCURO DEL SHAMAN

Leo en el libro de relatos Órbita, de Miguel Serrano Larraz (Ed. Candaya), que se presenta este martes y que reseñaré el lunes en el blog de libros del Heraldo, De reojo, un cuento titulado Shaman’s Blues. Habla de un bar -y una época- que ya no existe. Habla del Shaman, un garito que también fue uno de mis hogares durante un tiempo. Tanto era así, que cuando anunciaron que lo cerraban, se elaboraron unas nostálgicas y lloronas páginas en el suplemento MVT. Estaban cerrando muchos bares, y yo escribí un par de reportajes sobre el cerrojazo que se estaba imponiendo a la noche zaragozana. El del Shaman no fue obra mía, pero formó parte de esa campaña que hicimos unos cuantos desde Heraldo y que de nada sirivió. De hecho, el reportaje del cierre del Shaman hizo que el garito reviviera sus años de gloria. Los viejos parroquianos se interesaron por su suerte y el dueño, al ver el dinero fluir de nuevo a la caja, pospuso el cierre.

Qué cabrón, pensamos. Ahora nos va a dejar con la palabra en la boca. Si cierras, cierra, hombre.

Y cerró. Acabó cerrando de verdad, cuando las telarañas volvieron a dominar la caja registradora.

El Shaman era un garito rockero enclavado en la zona de bares más hortera y bisbalera de la ciudad. Estaba en el Casco pero no era un bar del Casco -la gente de Zaragoza sabe qué significa esa expresión-. Su sitio natural era la calle de la Paz o la zona de Bretón o junto al viejo Laberinto. Era un outsider en el Casco. De vez en cuando, alguien del público natural del Casco (una despedida de soltera con pollas en la cabeza, dos agricultores de Fima con camisas recién estrenadas y carteras forradas de billetes, la cajera de tu sucursal bancaria o tu prima, esa que se afilió a Nuevas Generaciones y te acusa de ser proetarra y guarro en las reuniones familiares) abría por error la puerta del Shaman. Asomaba la cabeza, veía el percal, musitaba un "lo siento", reculaba y volvía a salir. Y ahí dentro nos quedábamos los cuatro gatos de siempre, apoltronados en la oscuridad, destrozándonos los tímpanos con los Red Hot o con Metallica. Creo que un día hasta pusieron a Thin Lizzy, y en medio de mi borrachera, le solté a S. un speech amuermante sobre Phil Lynott y cómo casi se cargó a Nancy, la novia de Syd Vicious.

En el baño había un cartel de un concierto de Love of Lesbian. Lo miraba mientras meaba y siempre pensaba: vaya mierda de nombre. Siempre, no dejaba pasar esa reflexión etílica ni una vez.

En el Shaman hice muchas cosas, la mayoría inconfesables. Leyendo Shaman’s Blues me he dado cuenta de lo importantes que han sido los bares en mi vida. Los padres y los munícipes meapilas dicen que los jóvenes vamos de bares porque no hay alternativas de ocio en la ciudad. Yo no sé si las hay, pero, desde luego, no cambiaba mis noches en bares por nada. Ya puede haber campeonatos de bádminton, torneos de mus y partidas de War Hammer a las cuatro de la mañana, que yo me quedo acodado en la barra de mi bar, hablando a gritos y probando la resistencia de los huesecillos de mi oído.

Una amiga mía dice que en el Shaman empezó algo en mi vida que todavía dura -y de qué manera-. Yo no estoy de acuerdo. No creo que fuera en ese bar, aunque seguro que su atmósfera pútrida estaba involucrada. Hay muchas versiones de Cómo Empezó Todo, y la del Shaman es tan buena como cualquier otra. Lo que está claro es que empezó, sin duda, en un bar. Como empiezan todas las historias buenas.

Me gustaría hacer en este blog una serie sobre los mejores bares de mi vida. La voy a hacer. A deshoras y sin pautas, pero voy a dedicar un post a cada antro que ha significado algo para mí, ahora que empiezo a sumar años y noto que llevo muchos locales a mis espaldas.

Hablaré de El Paso, en Madrid, y de cómo su dueño, Félix, se negó a cambiar al euro para conservar su viejo futbolín del Madrid y el Atleti. Las bebidas se pagaban con euros, pero guardaba un bote de monedas de veinte duros para el futbolín (con un cambio generoso: 50 céntimos la moneda de 100 pesetas). Cuando jugábamos a lo bestia, se cabreaba mucho. Creo que aquel futbolín era su posesión más querida. Me llevé un chasco cuando me enteré de que lo habían traspasado a unos horteras numetaleros.

Hablaré del Angie, del Hotel California, del Clandestino, del macarruzo El Búho, y del sitio aquel de los bajos de Argüelles donde conocimos a Tonel Metal.

Hablaré de los sitios de Castellón donde nos desfondábamos al salir del periódico a las dos de la madrugada, donde bebíamos con ansia de mineros explotados. En La Casa Verde, en el Octopussy, en el Ricoamor, en Les Bruixes... Y de las escapadas a Valencia, de las noches en El Carmen, de los cubatas en el Circus, en los antros de la calle Cavallers y de aquellas madrugadas de primavera apoltronados en las terrazas de la plaza del Tossal, cuando una ráfaga de olor a azahar nos despejaba y nos soltaba la lengua.

Pero hablaré sobre todo de Zaragoza. De los que fueron y los que son. Hablaré del Ícaro, de La Caja de los Hilos, del Shaman, de la King Kong, de La Casa Magnética, de La Lata de Bombillas, del Laberinto, del Páramo, de El Zorro (ah, las noches del Zorro...), de la Zeta, del Azul, de los bares de Bretón, del Central, del viejo Cairo, del viejo Hendrix...

Bares... No saben lo que se pierden los que se quedan en casa jugando al Pictionary.

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres
¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres

3 comentarios

Chelita -

Tienes toda la razón, Sergio. Los bares forman parte de nuestra educación vital y sentimental, y ningún joven (ni no tan joven) debería renunciar a ellos. La de momentos, canciones, personas.. que he conocido y disfrutado en bares, desde los bares míticos de mi adolescencia (el Loco's y el Kashmir) hasta los garitos madrileños que aún frecuento con gusto y fruición. Debo reconocer, eso sí, que por desgracia, en los bares auténticos mujeres 'semos' pocas, pero las que hay valemos por tres

Mario -

Pues no coincido en muchos, pero en los que lo hago, contigo a muerte, en el Shaman (dios, qué noches las de aquellos años) y en el Hendrix (dios, qué años los de aquellas noches).
Y es verdad tías, muchas no había, pero cuando las había... Abran juego, señores...

Ruben -

Hombre, en el Casco no todo es musica pachanguera, ahi sigue la Recogida y siempre esta a tope. En mis tiempos yo frecuentaba el shaman, el espejo, hendrix y otros y el problema de esos bares es que por muy a gusto que estuvieras no habia nunca una puta tia(con perdon), en todo caso alguna camarera o grupies fuera del alcance del ciudadano comun.
¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres