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El Blog de Sergio del Molino

OH, HAPPY DAY

De verdad que pensaba que me iba a pasar el día mano sobre mano, bostezando a intervalos de tres segundos y contando las hormigas que desfilaban por las junturas de las baldosas. Pero no. El Día del Libro fue un día divertido. Incluso muy divertido a ratos, gracias a la compañía que me tocó. Y los editores, esos animales llorones que aúllan a la luna porque la gente no lee, hicieron caja, lo cual me alegra, especialmente por Mario y por Óscar, por la parte que me toca. Firmé muchísimo más de lo que esperaba firmar, que era nada, y me llevé más de una grata sorpresa. En resumen, que fue un día espléndido, de verdad, me reí mucho.

Como no esperaba firmar tanto, no me había preparado una dedicatoria estándar, que hubiera sido lo suyo, así que acabé con las neuronas fundidas inventándome frases pretendidamente emotivas. Espero no haberme pasado con nadie. Por cierto, desvelo una humorada privada: el boli con el que firmé ayer es de propaganda de una funeraria que me regalaron al hacer un reportaje sobre muertos. He decidido que va a ser el boli oficial de las firmas en las ferias y actos por venir. Creo que hasta huele un poco a formol.

No tengo fotos, pero espero que Mario me pase alguna de las que va a colgar en el Facebook de la editorial.

Paso al (por razones de frágil memoria) incompleto capítulo de agradecimientos.

En primer lugar, gracias a mi tocayo Sergio Navarro, declarado fan de este blog, que se pasó por allí a última hora a "rellenarme la petaca". Me dejó sin palabras y profundamente emocionado y sorprendido cuando me regaló una botella de ginebra Tanqueray. Por supuesto que nos tomaremos más reposadamente algo en un bar y charlaremos largo y tendido.

Nacho Escuín, el poeta y editor indie por excelencia de esta tierra -con permiso de mis queridos troperos- me regaló un lote de libros de Eclipsados. "Para que los disfrutes tú, no te los doy para que los reseñes en ningún sitio", me dijo, para eliminar sospechas que no existían de tráfico de influencias. Gracias mil. Nacho queda emplazado también, si quiere, a una cervecita en otro rato.

Con mi compi de firmas, Carlos Castán, hablé poco, la verdad, pero fue un verdadero honor compartir stand y algún que otro vaso de vino del Somontano con un autor de su talla.

Me dio muchísima rabia no poder firmarle un ejemplar a Antonio Aramayona, profesor de mis tiempos púberes y acerado articulista de El Periódico de Aragón. Llegó demasiado pronto (o yo llegué demasiado tarde), pero que dé por seguro que ese ejemplar va a estar dedicado como él merece.

Después de años sin vernos, me emocionó mucho que mi vieja amiga Silvia se acercara a la firma de ejemplares, y que además lo hiciera empujando el carrito de su hija Claudia. Dios, cómo pasa el tiempo, ¿no? Qué cambio de perspectiva tan salvaje, de los días de vino y rosas a los días de biberón y chupete.

Por supuesto, también se pasó por ahí mi madre, que no hay más que una, a comprar ejemplares para regalar a la familia venezolana. Mi tía de Venezuela anda de visita por las Españas y también pude saludarla al fin.

Eva Puyó e Ismael Grasa se llevaron un librillo también, y Santiago Gascón rememoró una anécdota de cuando yo era becario y debí de escribir mal su nombre en algún reportaje. Volví a escribirlo mal a propósito en la dedicatoria.

Pero, sobre todo, me reí mucho con Óscar, Mario y María. Como jóvenes perros viejos que son, se conocen al público de estos saraos, y distinguen a un lector de un simple curioso por la forma en la que manosea los libros. Me dieron unas clases de psicología librera de andar por casa. "Este va a llevarse uno", me susurraban cuando veían a un propio leer la solapa del libro. "Esa, ni de coña, lo sobará y lo dejará otra vez", decían con otra paseante. Yo no notaba diferencia entre la actitud de ambos, pero lo cierto es que se cumplía la profecía, y el tipo compraba y la otra, no. Tienen un sexto sentido del que carezco. Sé que no sería un buen vendedor, pero tampoco aspiro a ello.

Me he olvidado de muchos amigos que se pasaron, y de algunos lectores de este blog que se acercaron a saludar. Sabréis perdonarme. Y sabréis perdonarme este largo e insulso capítulo de agradecimientos, pero me siento obligado a consignarlos. Mañana reencauzo el blog a su tono habitual.

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5 comentarios

Mario -

Te debo esas fotos, sí señor... Desastre aullador soy...

Sergio -

Como dirían en el pueblo, "Madre, qué vergüenza..."
Si supieras que ya en el acto de presentación de tu libro, celebrado en FNAC, quería sorprenderte con un detalle que sé te enloquecerá... pero todavía no he sido capaz de localizarlo! Paciencia y mientras tanto, señor del Molino, beba y alumbre un nuevo volumen de relatos... Ya le he dado las primeras dentelladas a "Malas influencias". Hablamos! Un abrazo y gracias a ti de nuevo por regalarnos tu blog!

Antonio -

Sí, sí, una pena que yo sea tan madrugador, pero ya me firmarás tu libro, del que ya voy a medias. Tambiénn una pena no ver a Silvia y a Claudia... ¿No hay forma de dar marcaha atrás en el tiempo? Hasta enseguida.

S. del Molino -

Cierto, la anécdota era más cortazariana, iba a las raíces de la identidad misma, jajajaja.

santiago gastón -

Tovarich Sergei.
La anécdota, o se cuenta entera, o no se cuenta. Que parece que yo me moleste porque me cambien el nombre.
No, maño, no, en realidad me cambiaste de personalidad y durante tiempo sufrí personalidad múltiple, ahora disfruto de ella(s).
En otro aparte ya hablaremos de Hommer en el Denver Post y de la mala influencia que sobre mí ha ejercido ya tu libro.
Pero hoy tengo a mis amigicos de Teruel y Los Ángeles en casa y debo hacerles una paella que no olviden jamais.
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