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El Blog de Sergio del Molino

COSICAS VARIAS

Me han hecho una entrevistilla para la web La Biblioteca Imaginaria. Cris Monteoliva ha colgado también una reseña de Malas influencias. Podéis leer ambas aquí. Seguidamente os pego la interviú. Lo que todavía no he podido pegar en ningún sitio es la entrevista que me hicieron en Aragón TV (persigo a Antón Castro para conseguir una copia, seguiré dándole la brasa un poco más). En cuanto la tenga, la colgaré aquí también. 

En La Biblioteca Imaginaria sabemos que no hay nada mejor que comenzar la semana conociendo a los escritores cuyos libros reseñamos. Sergio del Molino, autor del volumen de cuentos Malas influencias es el elegido esta vez.


Los relatos de Malas influencias, como os cuento en la reseña que veréis tras las palabras del autor, es un libro lleno de personajes malvados, de historias intensas, de momentos para la reflexión. Entrevistar a su autor tras la lectura de este libro se me hacía necesario. Creo que el  porqué lo sabréis tras leer esta entrevista que tan amablemente nos ha concedido:


¿Qué autores han sido una buena o una mala experiencia en tu camino de lector que un día llega a ser escritor?


No sé si hay un camino de lector que se convierte en escritor. No creo que el escritor sea la forma de mariposa y el lector, la crisálida. Leo porque escribo y escribo porque leo, ambas cosas forman parte de mi vocación literaria y una no es consecuencia de la otra. Mis buenas experiencias como lector las han provocado nombres tan dispares como Cortázar, Rulfo, Bioy, Borges, Carver, Chandler, Proust, Mann, Dickens o Mary Shelley. De niño me recuerdo disfrutando mucho de Julio Verne, y de mayor, de la buena literatura estadounidense, desde Steinbeck hasta Nabokov. Si tengo que quedarme con un nombre, ese siempre será Cortázar, y en Cortázar, Rayuela. Las malas experiencias las he olvidado, como a las chicas que me hicieron sufrir.


¿Te consideras tú mismo una mala influencia?


¿Yo, una influencia? ¡Si a mí no me hace caso ni el perro! Me conformo con mantener un cierto control sobre mi propio cuerpo y sobre el mando a distancia de la tele, que a veces tampoco responde a mis órdenes. Más allá de ahí, mi influjo es nulo.



© Colectivo Anguila



Pensando en el primer cuento de este volumen, en “¿Puedo ir al servicio?”, se me ocurre la siguiente pregunta: ¿eres de los que leen un libro y lo interpretan según su conveniencia?


Supongo que te refieres a la decodificación aberrante que el protagonista hace del libro de autoayuda, ¿no? Pues claro, ¿y quién no? La lectura honesta siempre es personal y torticera. La literatura está ahí para que nos sirvamos de ella, para que la moldeemos, no para que nos moldee ella a nosotros. Detesto a los autores que adoctrinan y sermonean, que le dicen al lector cómo debe leer su obra y qué debe pensar de ella. Mi Rayuela probablemente es muy distinta de la tuya, y mi Maga no tendrá nada que ver con la que tú imaginabas mientras la leías. Incorporamos los libros a nuestro mundo, les asignamos un lugar en nuestro universo para apropiarnos de ellos. Umberto Eco llamaba a esto decodificación aberrante, y le echaba la culpa a los receptores, que no sabían interpretar adecuadamente el mensaje. Yo no creo que haya una interpretación más adecuada o menos aberrante que otra. Mira el Quijote: cada generación ha creído ver cosas muy distintas en su trama: un romántico del XIX, un discípulo de Unamuno y un punki de los 80 interpretan a Don Quijote y a Sancho cada uno a su aire, y les atribuyen significados opuestos. Cada uno construye su propio Quijote. Ésa es la grandeza de la literatura: sólo las obras maestras admiten infinitas lecturas. Los libros que se agotan en una sola explicación son romos, no me interesan. En ese sentido, y sin ánimo de salirme del tiesto, que soy muy consciente de mi insignificancia, me ha sorprendido muy gratamente la disparidad de visiones que me están devolviendo los lectores de Malas influencias. No hay unanimidad: lo que unos consideran un cuento genial, otros creen que es bazofia pretenciosa, y viceversa. Hay quien me dice que El doctor Chase, que quizá sea el relato más oscuro y complicado del volumen, le ha llegado al alma, y hay quien me ha dicho que no ha entendido ni jota. Esta disparidad de pareceres me produce mucho gozo.


¿Has visto a Aurora últimamente por ahí?


Hace muchísimo que no. Y espero que nunca lea ese cuento. Me daría una vergüenza enorme.


¿Tienen algo de autobiográfico los relatos “Valle, Arizona” y “Perros de Pavlov”? 


¿Qué si me han asesinado en un motel y he sido agredido por un radiador? Claro, absolutamente, ¿a ti no te ha pasado? No, en serio, sí que son autobiográficos, me has pillado. De hecho, son dos guiños para los fieles a mi blog personal (que haberlos, haylos, hay gente para todo). “Valle, Arizona” es un fragmento adaptado del diario que escribí durante un viaje por el oeste de Estados Unidos y “Perros de Pavlov” es un desquite por mi torpeza, que es el rasgo que mejor me define. Los habituales del blog conocen ambas historias y pensé que les haría gracia encontrarlas en el libro. Es un pequeño premio por la grata compañía que me hacen.


¿Qué pasaría si el tío Manolo se encontrara con el doctor Chase?


No lo sé, tendría que ponerme a escribir para averiguarlo. Puede que se enamoraran. O que departieran sobre materialismo dialéctico, fútbol y prostitución, porque no creo que el tío Manolo aceptara someterse a terapia. Aunque no sé, porque el tío Manolo no habla inglés y el doctor Chase no habla español. Necesitarían un intérprete.


¿Te gustan los traidores?


Según y como. Habría que ver qué o a quién traicionan y cuáles son sus razones para traicionarlo. En cualquier caso, tienen una dimensión mucho más humana que los leales inflexibles y acríticos, que están más cerca de los robots y de los ordenadores. No admiro a los fanáticos de ningún tipo.



¿Y las personalidades autodestructivas, como la de Sylvia Plath?


Las personalidades autodestructivas suelen ser, ante todo, destructivas. Primero destruyen a los demás, y cuando no les queda nadie cerca a quien destruir, se atacan a sí mismas. No creo ser muy original si confieso que me he sentido atraído por este tipo de gente, tan al límite, tan dolorosamente vitales, que te fuerzan y te obligan a asomarte a abismos que no creías que existiesen. El vértigo y el morbo están en el núcleo duro de nuestra condición humana, y la fascinación por el riesgo, también. El relato Malas influencias, que narra los últimos días de Sylvia Plath, es una prospección absolutamente personal sobre la incongruente pasión que despiertan en nosotros los que se empeñan en situarse en el margen. Hay algo de frustración burguesa, de envidia de señor acomodado, al ver cómo esas vidas ajadas, que son más desgraciadas y doloridas que las nuestras, se muestran también más auténticas, más reales, sin los ropajes de la convención. Hay una maraña de sentimientos complejos que hacen que admiremos, desde una cómoda butaca, a gente como Sylvia Plath, o como Van Gogh, o como Leopoldo María Panero, o como Marylin Monroe (¿por qué no? Siempre pienso en ella como en una heroína punk). Fuerzan los límites que nosotros nunca cruzamos, o con los que nos limitamos a coquetear, sin dar nunca el gran salto. Y, sin embargo, y quizá también a consecuencia de ello, los rechazamos y los dejamos tirados en la cuneta, les negamos la entrada a nuestras casas, porque sabemos que nos pueden destrozar. Esa dialéctica de atracción-repulsión, que es una constante en el mundo del arte y la literatura, es la que quería explorar en el cuento. Lo escribí para aclarar mis sentimientos confusos sobre el asunto, pero creo que sólo he conseguido embrollarlos más.


¿Te sientes identificado con alguno de tus personajes?


La verdad es que poco. Siento afinidad por Herbert, de Malas influencias. Intuyo que he volcado en él algunos anhelos y muchos miedos de cuando era más joven, cuando era otro yo, pero con el resto creo que no me tomaría ni una caña. Son mala gente. Salvo con Federico Jogenzoler, de El emperador de Buenos Aires, que es un cabrón con pintas divertido, si obvias su parte criminal, claro. Con él sí que me iría de bares: su humor socarrón se parece bastante al mío.




© Colectivo Anguila




¿Qué esperas que encuentren los lectores en este libro?


Creo que ya he contestado en parte a esta pregunta antes. Espero que encuentren en él una forma de perder el tiempo, que no les aproveche nada, que se empapen del espíritu de los electroduendes de desaprender cómo se deshacen las cosas. Y sobre todo espero que, si después de leerlo les parece repugnante y vomitivo, por favor, no me lo hagan saber, que soy un tipo sensible y egomaníaco y encajo fatal las malas críticas. Miéntanme, digan que me aman aunque me detesten en secreto.


¿Tienes ya nuevos proyectos literarios en mente? 


Después del verano saldrá Soldados en el jardín de la paz (espero que ese sea el título definitivo, todavía no ha entrado en imprenta) un reportaje-ensayo fruto de una investigación periodística. Es la historia de los colonos alemanes de Camerún, cuya colonia fue conquistada durante la Primera Guerra Mundial. Ellos buscaron refugio en la Guinea Española, y en 1916 acabaron en Zaragoza, donde echaron raíces y fundaron una comunidad alemana poderosa cuya historia llega hasta hoy. El libro cuenta, a ratos en forma seminovelada, su deriva hacia el nazismo, y llega hasta el final de la Segunda Guerra Mundial. Además, acabo de empezar una serie de artículos literarios los domingos en Heraldo de Aragón, titulados La ciudad pixelada, con los que estoy muy contento, con ilustraciones de Álvaro Ortiz, que es un dibujante de cómic genial, con el que me entiendo muy bien. Y este verano, cuando cierre todos los frentes que tengo abiertos, me pondré en serio con una novelita corta cuyo título y trama ya tengo muy madurados.


Muchas gracias a Sergio por tomarse su tiempo a la hora de contestar esta entrevista, por ofrecernos respuestas tan reveladoras y, además, facilitarnos sus fotos.


Como siempre, amigos, os agradezco también a vosotros por estar ahí, tan atentos. Espero que esta entrevista os haya gustado tanto como a mí.


Cristina Monteoliva

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5 comentarios

Cristina Monteoliva -

No sé a quién iba dirigido el mensajillo de Mario, pero os informo de que en La Biblioteca Imaginaria, cuantos más estemos, mejor. Así que si alguien quiere hacer reseñas, que contacte conmigo (crismonteoliva@hotmail.com) y ya lo hablamos.
Un besico para todos!

maria -

pues que me ha parecido muy bien porque yo tengo una amiga musulmana y es muy buena me explica muchas cosas de su relijion y yo tambien le cuento cosas de nuestra cultura. es muy buena amiga, algunas vezes me da pena porque nosotros los españoles los insultamos con la palabra ¨moro¨ ami eso me da rabia, pero ahora ya no son las mismas cosas que antes ya no hay mucho que les tratan mal ,,,y eso me alegra mucho ,,porque ella para mi es como una hermana.para mi amiga nadia,,.

Mario -

Hala, hazle una reseña a la Cris... Que las tuyas son de profesional...

álvaro ortiz -

me sonroja usted!

suerte con el reportaje-ensayo, pinta interesante

salud!

Cris Monteoliva -

www.labibliotecaimaginaria.es

Espero que finalmente puedas poner esa otra entrevista. A mí colgar ésta en la web de La Biblioteca Imaginaria me costó la misma vida: el editor se reveló y ponía las distintas partes en el orden que le daba la mismísima gana. ¿Será un caso de MALAS INFLUENCIAS?
Besos,

Cris
www.labibliotecaimaginaria.es
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