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El Blog de Sergio del Molino

RAFAEL CONTE

Ha muerto Rafael Conte.

No le conocí más que como lector. Bueno, miento, sí que le conocí, pero entonces no sabía quien era.

Fue en Madrid, en una época en la que teníamos por afición colarnos sin invitación en saraos literarios de postín (cuando los había, ahora las editoriales no están para muchas alegrías). Había un acto fastuoso en la Casa de las Américas con Saramago (que no sé si estaba ya nobelizado o en proceso de nobelización) y la créme de la créme del juntaletrismo patrio. Éramos unos micos estudiantes de la Complu, y la verdad es que no sé cómo conseguíamos meternos en esos sitios donde la gente entraba con invitaciones impresas en cartulina gorda y letras doradas y se ponía tibia de canapés.

El objetivo de esa noche no era Saramago, sino Juan Cruz, que por entonces era director de Alfaguara. Mi amiga quería endosarle un novelón, y estaba dispuesta a hacer lo que fuera por que el gran gurú de Prisa le hiciera caso (lo que fuera).

-Míralos -me decía, entre canapé y canapé-, qué viles, qué asquerosos, qué pelotas todos los priseros estos... Qué babosos y que... Y qué bien se lo montan, joder. Yo quiero ser como ellos.

(Hoy por hoy, por lo que yo sé, todavía no lo ha conseguido, señal de que debe de ser más difícil de lo que parece)

Juan Cruz coordinaba el besamanos a Saramago, ante cuya cabeza de tortuga iban postrándose un montón de egregios enfants terribles de las letras patrias, así que era difícil asaltarle. Mi amiga lo consiguió, y creo que logró despertar en él cierto interés sexual. Pero debió de cagarla en algún momento, porque súbitamente se dio la vuelta y se desentendió de su acosadora. Se marchó gritando, bastón en mano: "Hablad con Rafael, hablad con Rafael".

-¿Y quién es Rafael? -pregunté.

-Yo soy Rafael. Rafael Conte, para servirle -me dijo un tipo robusto, con una ancianidad bien llevada, bonachona. Y me tendió la mano.

-¿Rafael Conde? -dijo mi amiga.

-¡Conte, con té!

Hablé un rato con él, mientras mi amiga buscaba un flanco descubierto por el que asaltar de nuevo a Cruz, y me cayó bastante bien. Era una nota discordante en aquel hormiguero de cortesanos y aduladores. Parecía fuera de lugar, pero no se le veía incómodo. La conversación duró poco, lo justo para descubrir que era bastante sordo -y que, quizá, gracias a esa sordera sobrellevaba estar rodeado de pelmas y trepas-. Lo sentí afín a mí. Al fin y al cabo, aunque me había colado, yo tampoco tenía ningún interés por ese sarao ni por esa gente. Era un polizonte consorte, estaba allí por mi amiga.

Con el tiempo aprendí quién era Rafael Conte -que entonces publicaba en el ABC- y lo mucho que pintaba en el panorama literario, y le leí con placer. Nuestros gustos librescos eran bastante dispares y no siempre -casi nunca, más bien- comulgaba con sus ideas, pero siempre era estimulante leerle. Lamenté no haber sabido nada de él cuando me lo encontré.

Hoy, al editar su necrológica en la edición digital del periódico, he querido destacarla porque recordé que era aragonés de nacimiento -aunque no ejerciente-. Estaba convencido de su gentilicio, pero como no quería meter la pata, me metí en el archivo para comprobarlo. Y allí, además de esa confirmación, tropecé con algo que no esperaba: un montón de alusiones venenosas en los artículos de un compañero. Espumarajos de inquina, a montones. ¿Cuentas pendientes? No lo sé, pero de verdad que no menciona a Rafael Conte ni una sola vez para algo bueno, siempre es para acusarle solapadamente de apandador y de mafioso tocomochero del star system literario.

No diré más, que soy partidario de respetar el luto. D. E. P.

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2 comentarios

Mario -

Con una amiga en esos saraos? Ya te interrogaré mañana...

Javier López Clemente -

A mi me gustaba rastrear en el suplemento cultural de El País la firma de Conte, algunas veces, pocoas, no entendía casi nada y ya ves, aquello era un acicate.

Salu2 Córneos.
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