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El Blog de Sergio del Molino

BIKINIS INTELECTUALES

Nuevos derroteros de la narrativa española actual. Casi na. Ése es el coloquio que se ha tenido que tragar Elsa Fernández Santos en la Casa de Velázquez de Madrid para glosar en El País. Es uno de esos títulos que provocan somnolencia fulminante. Qué pestiño. Cuánta sandez subvencionada se escucha en esos saraos, como convenientemente queda recogido en la crónica de Elsa Fernández Santos, que de tan notarial parece un resumen taquigráfico, más que un trabajo periodístico (pero eso sería tema para un coloquio titulado Nuevos derroteros del periodismo español actual).

Como mi masoquismo dominical no tiene límites, llego hasta el final del artículo, y allí me encuentro con este cierre, quiero pensar que intencionado e irónico:

El colmo de lo novedoso, añade [el crítico Santos Alonso], se limita a repetir formas arcaicas de los años sesenta o setenta, y críticos y periodistas "ignorantes o desmemoriados lo aplauden".

¡Cómo, qué me dices! O sea, que después de más de 5.000 caracteres con espacios hablando de relatos reticulares (¿?), de cuentos basados en performances, de autoficciones y de autofelaciones, nos suelta esa bomba, llamando "ignorantes o desmemoriados" a todos los "expertos" que disertan en los párrafos anteriores. Acabáramos.

Lo comentaba una de estas tardes de garabateo de libros en la feria con una librera simpática, genial y gran conversadora, a propósito de algunos volúmenes de ensayo literario en cuyos títulos superabundaba el prefijo ’post’ (postliteratura, postnovela, postpoesía, postlibro, postal, postcoital, postraumático, postpostpostartamudeo...).

-Chica, ¿es que nadie se da cuenta de que estos obsesos de la postmodernidad son más viejos que la Tana?

-Y tanto, pero cualquiera se lo dice.

Pues hombre, alguien debería decirlo, porque lo flipan demasiado. Toda esta presunta literatura experimental no es más que un refrito del nouveau roman de hace medio siglo, que a su vez es un refrito de las vanguardias de los años 10 y 20. Vamos, que su postmodernidad dura ya cien años, que llevan un siglo haciendo lo mismo y vendiéndolo como nuevo. O como postnuevo.

Y me parece estupendo que Agustín Fernández Mallo y su parroquia se lo lleven crudo. En serio. No son malos escritores, ni mucho menos. Pero su rollo post me cansa. No nos tomen el pelo, que lo de romper la linealidad narrativa y la unidad espacio-tiempo, descomponer el punto de vista en muchas voces, fragmentar los relatos e incorporar en ellos elementos del ensayo o construirlos con técnicas de collage está ya muy visto. No digo yo que dejen de hacerlo, a mí me gusta esa literatura, la verdad, pero sí les pediría que, en aras de no hacer el ridículo ante personas que han terminado el bachillerato, que no lo flipen tanto.

Hace un tiempo, un narrador se me quejaba de que las grandes editoriales no le hacían caso porque su literatura era demasiado vanguardista: "Claro -me decía-, no entienden que haya varias voces fragmentadas en una novela, no están acostumbrados aún".

¿Que no están acostumbrados aún? Hombre, pues han tenido un siglo para acostumbrarse. Que hasta Unamuno, que era un señor con levita al que le gustaba que le llamasen Don Miguel y no me lo imagino yo en una rave party, escribió una novelita en la que el personaje se enfadaba con el autor y se salía del libro. En fin, que está ya todo inventado, no me jodan.

En los años 70, cuando la nouveau roman empezó a desinflarse y los escritores redescubrieron la fluidez de la gramática convencional, con sus reconfortantes sujeto, verbo y predicado, algunos se cuestionaron los excesos experimentales. En la literatura en español, Cortázar fue y es la bandera de aquel subidón experimental, y por aquel entonces apareció un ensayo titulado ¿Es Julio Cortázar un surrealista? Y el autor se respondía que sí, que por supuesto, que muchas de las audacias asombrosas de su obra beben directamente de las gamberradas de Breton y compañía. Vamos, que Julio tampoco se había inventado nada. Y estoy de acuerdo.

El problema no es reinventar y actualizar formas, estilos y temas. El problema es que todo el esfuerzo creativo de un autor se centre en vender una postmodernidad que ya practicaban sus abuelos, sólo que ellos lo hacían mejor.

El otro día, en otra caseta de la feria, en un rato en el que no firmé nada de nada, me puse a hojear el último libro de Carlos Castán, Papeles dispersos, una colección de artículos y reflexiones en torno a la literatura. Y allí me encontré esto:

Siempre he considerado que el papel esencial de la literatura (igual que el del arte en general) consiste en ahondar en la condición humana, en arrojar algo de luz acerca de qué significa y qué comporta para un ser humano existir, hallarse entre las cosas y bajo la capa del cielo; en explorar los diversos condicionamientos que nos dan forma.

Y un poquito más adelante:

No pretendo, ni mucho menos, que los grandes temas que desde siempre han preocupado al hombre aparezcan resueltos en la obra literaria, pero lo que sí pido es que estén en juego, que en cada página permanezcan sobre la mesa.

A Ricardo Piglia y a Ernesto Sábato les he leído reflexiones muy parecidas. Las suscribo todas. No hay más. La literatura es eso. La literatura que a mí me interesa es eso. Y la literatura que se escribe con honestidad es eso. En ella caben todos los estilos y todas las sensibilidades: en esa búsqueda caben Galdós y Cervantes, pero también Georges Pérec y Apollinaire. Cabe la literatura de viajes de Paul Theroux y la prosa reconcentrada de Robert Musil. Hay millones de formas de aproximarse a la condición humana desde la ficción, y si son honestas y se reconoce en ellas la voz del autor, qué más da que se manifiesten como relatos fragmentarios y discontínuos o como teatro isabelino. Los lectores sabremos luego ponernos la que mejor nos siente, aquella cuya música nos suene mejor.

Pero lo que me alucina es que se pueda montar un coloquio entero sobre literatura y no mencionar ni una sola vez la condición humana. Para mí que no hablaban de literatura, sino de modelitos, de moda de primavera-verano. Eso es la postmodernidad: un bikini intelectual.

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