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El Blog de Sergio del Molino

COMERRANAS

Leo en Las vírgenes sabias, de Leonard Woolf, escrita hace cerca de cien años:

El lugar en el que se vive debe ser cómodo, eso ante todo. La gente debe dejarte a tu aire (...). La comida debe ser apetitosa. La gente debe hablarte en un idioma que entiendas. Supongo, mi querida Milla, que Londres es el único lugar que se encuentra adecuadamente acondicionado para todos esos menesteres. Todo esto, por supuesto, sería imposible en Alemania; los alemanes son gente difícil de soportar. En Francia está el problema de la comida, que siempre le amarga a uno la digestión. Y en Italia ocurre lo mismo, solo que allí a uno estas cosas le afectan de manera diferente. Y, por supuesto, las lenguas extranjeras son sencillamente inaguantables.

Se lo leo a Cris, y me dice: "Sólo un francés podría escribir algo parecido, hablando de la comida inglesa y del resto de las naciones". Es cierto. Hay países que se hermanan en el desprecio a los bárbaros. Y en el desprecio mutuo. Se han despreciado tanto los unos a los otros que acaban pareciéndose un montón.

Durante mucho tiempo, los ingleses han considerado que los franceses eran repugnantes a la hora de comer. Tiene cojones que unos tíos que meriendan sándwiches de pepino y que tienen al roast-beef, que no deja de ser un trozo de carne maltratado, el primo tonto de un asado en condiciones, tengan esa opinión del país donde mejor se come del mundo (y luego desarrollaré este axioma que no debería merecer discusión, pero que seguro que alguien me viene con Arzak, con Adrià y con la cocina mediterránea, como si la francesa no tuviera también su parte mediterránea).

Parece una humorada, pero así son las cosas. De hecho, durante mucho tiempo a los franceses se les llamó frogeaters. Literalmente, comerranas. Porque servían en sus restaurantes ancas de ídem, algo que a los ingleses les parecía sumamente repugnante. Pero no sólo les asqueaban las ancas. Les costó acostumbrarse a la deliciosa y sádica costumbre de hipertrofiar hígados de oca y, por lo general, consideraban que la cocina tradicional gabacha, llena de salsas gordas y ricas en grasas, era demasiado pesada e indigesta para el frugal paladar de un caballero inglés (sí, esos que desayunan medio kilo de bacon rezumante de grasaza de la sartén).

Es verdad que es una de las críticas más unánimes que se le ha hecho a la haute cuisine tradicional: esas holandesas, esas espesísimas salsas al roquefort, esas carnes irreconocibles después de haber sido anegadas en litros de nata, mantequilla y huevos... Pero, aun así, a pesar de que ni los estómagos más resistentes podían digerir aquello sin un buen espolvoreado de bicarbonato, la cocina francesa ha sido y sigue siendo la mejor. Mejor que la española. Sin duda. Como en Francia, no se come en ningún sitio.

Porque los franceses son sincréticos. Francia es el Caribe de Europa -sin su gracia, sin sus playas e, iba a decir, sin sus dictadorzuelos, pero viendo a Sarkozy...-, en el sentido de que allí se cruzan y se mezclan todas las corrientes del continente. Y la gastronomía es una de las manifestaciones culturales más permeables a la polución extranjera, la que primero y con más alegría incorpora a su espíritu los vientos del mundo. Por eso, en Francia se mezclan las tradiciones más puramente continentales, las que vienen de Germania, del norte y del este de Europa, con las meridionales y mediterráneas (mediterráneas que entreveran su legado romano con el moruno).

Por supuesto, hay muchas cocinas francesas, como hay muchas españolas. El estándar clásico se perdió hace mucho, y ahora a los gabachos les gusta destacar sus maravillas regionales. Nada tiene que ver la sencilla y calórica gastronomía bretona con la barroca y delicada de Occitania, prima hermana de la catalana. Hay dos territorios en Francia: el territorio mantequilla y el territorio aceite de oliva, que parten el país en norte y sur. Este último ha ganado mucho predicamento en los últimos años, ya no es una rareza, ya forma parte del canon francés. Recuerdo los primeros viajes a Francia, cuando cargábamos el maletero del coche con garrafas de aceite de oliva porque allí se vendía a precio de oro y nuestra familia -que se había aficionado a él en los viajes a España- no podía comprarlo. Hoy es asequible. O, al menos, ya no es prohibitivo, y se puede encontrar en cualquier sitio del país.

A los ingleses, todos lo sabemos, les ha salvado la Commonwealth. Les ha salvado, una vez más, el Imperio. O sus rescoldos. Gracias a la cocina que viene de sus antiguas colonias y protectorados, Londres se ha convertido en paraíso de gourmets. En las casas seguirán comiendo mierda, pero en Londres, con una tarjeta de crédito a mano -no es barato, para qué engañarse- no hay capricho, por exquisito que sea, que un morroputa no pueda darse.

Pero, para los viejos, los franceses siguen siendo unos comerranas. Por algo serán tan odiados.

En un episodio de Los Simpson, el archimalvado Hank Scorpio está apuntando dos cabezas de misiles hacia Europa, y le preguna a Hommer, para decidirse por su objetivo:

-¿Cuál es tu país menos favorito, Italia o Francia?

-Francia.

-Je, je. Ni uno dice Italia -se regodea Scorpio.

Pos eso.

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1 comentario

identico -

"Mejor que la española. Sin duda. Como en Francia, no se come en ningún sitio"
...¿tu tá loco?

"Francia es el Caribe de Europa"
...si. tu tá loco.

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