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El Blog de Sergio del Molino

LITERATURA CHUPASANGRE, POR FRESÁN

Cuanto más leo a Rodrigo Fresán, más rabia me da no haber ido a verlo cuando estuvo en la última Feria del Libro de Zaragoza -junto a otros estupendos escritores argentinos, país por el que ya sabéis que siento una debilidad enfermiza-. Su sentido del humor, su forma de samplear -y los temas que samplea-, la belleza refinada de su estilo, la forma exquisitamente cruel en la que le retuerce el cuello al cisne del pop y la estructura en bucle y autorreferencial de su obra hace que su literatura sea adictiva, como un chute hormonal de ingenio directo al cerebro. Además, es un gusto comprobar que comparto con él muchas obsesiones: el rock clasicote, los bonus tracks de los CD, el alcoholismo de John Cheever y la soledad dublinesa de Bram Stocker después de escribir Drácula. Creo que Fresán es la versión hispanoamericana y desquiciada de Nick Hornby. Corrijo y amplío: suena, más bien, a una imposible película de David Lynch con guión de Nick Hornby y banda sonora de Roy Orbison y Bob Dylan.

En Vidas de santos, que es una continuación en muchos sentidos de Historia argentina, hay un ¿cuento? (las piezas que lo componen parecen cuentos, pero no lo son. Tampoco son capítulos de novela. A Fresán no le gustan los géneros) titulado El espíritu santo (Un réquiem) en el que ofrece una definición de literatura. No hay que tomársela muy en serio, porque se inventa una definición nueva en cada libro, pero esta, como tiene a Drácula de por medio, me ha tocado el corazoncito. Os la pongo. Es un pelín larga, pero merece la pena:

[Primero cita un pasaje de Drácula, en boca de Van Helsing, luego habla Fresán. O el narrador]

"Cuando ha encontrado el camino, Drácula puede entrar o salir de cualquier lugar, por más pequeño que sea o más cerrado que parezca. Y éste es un poder nada despreciable en un mundo en el que tantos lugares están cerrados. Pero escúchenme hasta el final. Puede hacer todas estas cosas, pero no es libre. No, es un prisionero, como el esclavo de una galera, como el recluso en su celda. No puede ir a cualquier lugar donde se le ocurra. Pese a ser un ente antinatural, debe obedecer algunas de las leyes de la naturaleza. Por qué, no lo sabemos. No puede entrar en ningún lugar por primera vez a menos que haya alguien de la casa que lo invite a hacerlo; después de esto, sin embargo, puede entrar tantas veces como se le ocurra".

Eso es todo y tal vez eso y esto sea la literatura.

La literatura como vampiro al que -encandilados por las posibilidades de su poder- le abrimos la puerta y lo invitamos sospechando que a partir de entonces será imposible contenerlo.

La literatura como vampiro capaz de convertirnos en cualquier cosa: en lobo, en murciélago, en sólido jirón de niebla bailando a nuestro alrededor y, ah, es tan engañosamente fácil y gratificante entregarse a la danza que nos enseña.

La literatura como vampiro y llave capaz de entrar y salir de cualquier lugar "por más pequeño que sea, por más cerrado que parezca".

La literatura como ese vampiro al que le abrimos la puerta para que nos cuente su historia con el implícito compromiso de volver a contarla algún día a otros que no la conozcan y para que así -una y otra vez, en versiones más o menos completas- sobreviva a los rigores de su tiempo y al espanto de su maldición.

La literatura como ese vampiro que nos exige nuestra sangre para después, si somos dignos de ella, devolvérnosla desde un tajo en su pecho y así volvernos inmortales, poder convertirnos en cualquier cosa y poder abrir todas las puertas que nos inviten a trasponer sabiendo que una parte nuestra se quedará allí, al otro lado del libro, por toda la eternidad, por el tiempo que se siga contando nuestra historia.

Inspirado el Fresán, ¿no? ¿Para qué queremos a catedráticos de Teoría Literaria teniendo a gente como él? Descartes decía que la intuición era también una forma de conocimiento, y es precisamente la que utiliza la literatura. Sin disertaciones, sin argumentos de dentro afuera y de fuera adentro. En bandeja y de un tajo: con la rabiosa clarividencia del enamorado incapaz de razonar su amor.

En pocos párrafos, Fresán expresa lo que a un profesor universitario le costaría varias tesis. Una por cada concepto que aquí se ofrece abierto y destripado: seducción, narratividad, tradición, gloria, posteridad, transmisión, contagio, inmortalidad... A eso se refería Sábato cuando decía que la literatura penetra allí donde la filosofía se queda varada. Qué grande.

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