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El Blog de Sergio del Molino

LAS HISTORIAS DE HOPPER

LAS HISTORIAS DE HOPPER

Una de las más irritantes virtudes de Rodrigo Fresán es que explicita pensamientos que tú ya has pensado, pero no has dicho. O te hace sentir que los has pensado antes, que la originalidad no es patrimonio exclusivo suyo. En el cuento "El pánico de la Huida Considerada ataca de nuevo (Un milagro)" dice que los cuadros de Edward Hopper son cuentos cortos. "No son cuadros, son historias -dice Selene, la prota del relato-. Puedo leerlas, y lo que más me gusta es que no se conforman con ser apenas un instante en la inmensidad del tiempo. Ya sé: es como si los cuadros de Hopper tuvieran un antes y un después. Como cuentos, como historias".

Recuerdo haber tenido esa misma sensación mientras paseaba por el Moma de Nueva York. Las pinturas de Hopper me agarran con placidez. Tienen un temblor inquietante. Creo que, todas juntas, conforman ese mito perseguido por todos los escritores de Estados Unidos: la gran novela americana.

Me encanta especialmente esta, de 1940. Recuerdo que la última vez que la vi, hace unos meses, en nuestra última escapada americana, se nos puso al lado una madre que llevaba a sus dos criejos pequeños de visita por el Moma. Pensé: qué madre más maja y más divertida. Les llevaba por el museo jugando, enseñándoles a disfrutar, a dejarse emocionar por las escenas y por los colores. No les aleccionaba, no les soltaba rollos, no intentaba que "aprendieran" arte, sino que gozaran de él.

El chavalín, que era un poco menos espabilado que su hermana, se iba parando en los mismos cuadros en los que me paraba yo (señal de que yo tampoco soy muy espabilado y tiendo a fijarme siempre en lo accesorio). Y cuando me detuve ante este, el chico se quedó flipado y me miró, buscando la confirmación de su flipe. La madre se acercó por detrás y le preguntó:

-Do you like it? What is this?

El niño me miró, yo me encogí de hombros, y el chico respondió bajito, muy tímido:

-A petrol station.

Pero algo me decía que el chaval estaba viendo algo más que una gasolinera. La madre también se paró junto a nosotros, intercambió miradas y palabras amables con Cris (yo tiendo a la asocialidad en los lugares públicos y rehuí la mirada, no soy de conversar sobre los cuadros de Hopper con extraños, aunque los extraños me parezcan encantadores. Por suerte, Cris tiene el charming touch que a mí me falta) y nuestros caminos se separaron en la modernez blanca y nítida del museo.

Sé que el chaval también vio una historia en este cuadro de Hopper. Yo veo un crimen aquí. Veo un hombre que espera el crepúsculo inminente para deshacerse del cuerpo que esconde en la caseta de la gasolinera. Se lo llevará al otro lado de la carretera, al bosque oscuro y silencioso que rodea el lugar. Y lo enterrará bien hondo. A algo más de seis pies de profundidad. Lo fascinante de Hopper es que capta el momento tenso de la espera: no está el antes ni el después, pero los dos extremos temporales se proyectan fuera de los márgenes.

Por cierto, el cuento de Fresán al que he aludido tiene forma de cuadro de Hopper. No sé cómo lo ha hecho, pero ha escrito un cuadro de Hopper. Eso es talento.

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2 comentarios

marmota -

Exacto!!! Siempre tengo esa sensación al ver esas chicas mirando por ventanas!!!
"Explicita pensamientos que tú ya has pensado. O te hace sentir que los has pensado antes".
Lo mismo, oye!

Anakrix -

No había pensado lo de las historias y es muy bonito. Pero lo que sí me pasa con los cuadros de Hooper es que siempre me parecen retratos de gente triste...
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