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El Blog de Sergio del Molino

LA CIUDAD PIXELADA

LA CIUDAD PIXELADA

No suelo pegarlos aquí, sólo de cuando en cuando, pero aquí tenéis el artículo de La ciudad pixelada que salió publicado el domingo pasado. La ilustración, as usual, by Álvaro Ortiz.

También he retomado el blog De reojo en Heraldo.es con dos nuevas reseñas: una de Arturo Barea y otra de B. Traven.

Soldados en el jardín de la paz ya está liquidado. He recibido las pruebas definitivas y la semana que viene entra en máquinas. Estará en librerías en septiembre. La presentación, en octubre. Ya tengo presentador, por cierto. Un crack al que quiero y admiro, y es un honor que me haya dicho que sí.

La lucha de clases, a dos ruedas

Estas madrugadas de julio, mientras me concentro en convocar al espíritu del sueño, bajo el sofoco sin pixelar de la ciudad, escucho los mil sonidos que suben de la calle por la ventana abierta. Parece que Zaragoza tampoco puede dormir, y se retuerce, gime y se desespera, componiendo una sinfonía quejosa y rítmica. Entre semana es una cadencia agradable, con un toque narcótico, como de nana mecánica. Pero los fines de semana el barullo es de guerra.

Debajo de mi ventana hay una estación de Bizi con la que algunos de estos guerreros les gusta ensañarse. Oigo -y a veces, veo- cómo patean las bicis aparcadas. Con alegría rabiosa. Al principio, me planteo llamar a la Policía, pero desisto: para cuando marque el número, explique lo que pasa, decidan mandar una patrulla y ésta llegue al fin, los pateadores bicicleteros andarán ya por la otra punta de la ciudad.

Me fijo en que solo les da por las bicis. De acuerdo que el vandalismo findesemanero se ceba también con retrovisores de coches aparcados, farolas, cierres de comercios y cualquier objeto del mobiliario urbano, pero lo de esta estación de Bizi es distinto. Van a por ella. Dejan tranquilos los coches de al lado, no tocan los contenedores, no le dan al cierre del bar de abajo. Su objetivo es claro: no quieren destrozar en plan genérico, sino en plan concreto.

La Bizi de París se llama Vélib y es un servicio que funciona prácticamente igual que el de Zaragoza. A principios de junio, 'Le Monde' empezó a publicar algunos reportajes sobre la saña destructora que se cebaba contra las bicis de Vélib. Muchas estaciones amanecían apaleadas, con los vehículos inutilizados, y más de una acababa en el Sena, donde reaparecía varios kilómetros río abajo. La empresa aseguró que, en pocas semanas, unas 8.000 bicis habían sido robadas o destrozadas. La cosa se desmadró tanto que, el 13 de junio, el editorialista de 'Le Monde' Bertrand Le Gendre decidió tomar cartas en el asunto y publicó un artículo titulado 'Pourquoi les Vélib', fétiches des bobos, sont vandalisés' (Por qué las Vélib, fetiches de los molones/modernetes sufren el vandalismo).

El titular es bastante elocuente (bobo es una de las miles de las contracciones hirientes y geniales que tiene la rica lengua francesa, y se corresponde con la expresión 'bourgeois bohème', bohemio burgués) e indica por dónde van los tiros: el empobrecido parisino pobre, ahogado por la crisis, la emprende contra las Vélib porque son el emblema de todo lo que le ahoga. Dice Le Gendre, en tosca traducción mía: "Como todos los emblemas de la sociedad de consumo, las Vélib suscitan controversia. No se trata de un cuadro y dos ruedas robadas, sino de un icono urbano, un atributo del burgués bohemio, el 'bobo', figura objeto de burla, pero también envidiada".

En Zaragoza no las tiran al Ebro (que yo sepa. O, al menos, no las arrojan en masa), y no estoy seguro de que la inquina contra las bicis de alquiler encaje en esta bonita teoría revisitada de la lucha de clases. He superado el discurso punk y no creo que detrás de toda destrucción vandálica haya necesariamente una pulsión expresiva. Todavía nos consuela pensar que los actos de destrucción están guiados por premisas filosóficas, pero, detrás de una burrada, la mayoría de las veces solo hay un burro. De los que rebuznan y cocean, no de los que cuentan chistes, como el de 'Shrek'.

Les veo desde mi ventana y, créanme, no hay épica ni lírica en sus patadas. El medio no siempre es el mensaje.

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5 comentarios

Mario -

Conclusiones:
1. Hay que aparcar cerca de una estación de Bizi.
2. El alcohol sigue mandando a los jóvenes a la trinchera (lástima de una buena guerra que de utilidad a tanto desfase etílico perdido)

S. del Molino -

Rondabandarra: con delicadeza, hombre, no seas bruto, que no es una de esas chicas de pueblo que te llevas a la era, son instrumentos delicados.

Javivi: te mando a mi sastre mañana para que te vaya tomando medidas. ¿Hacia dónde cargas?

Javivi -

Es más, como diría Camps: amiguito, te quiero un güevo.

Javivi -

Yo también te quiero, guapo!

Rondabandarra Contador -

Si no hace falta que las apaleen, se rompen ellas solas. ¡¡Belloch, arregla los cambios, que se saltan!!
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