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El Blog de Sergio del Molino

EPIFANÍA SUBTERRÁNEA

EPIFANÍA SUBTERRÁNEA

Una de mis obsesiones más recurrentes es El tercer hombre. La habré visto no menos de cien veces a lo largo de mi vida (haría muescas en la pared contándolas, pero temo quedarme sin espacio). Por eso, su edición remasterizada en DVD ha sido uno de los regalos que he recibido. Parecerá tonto, pero hay cosas que yo no me bajo de la mula, que necesito palpar, tocar y ver en la estantería. Necesito saber que tienen presencia al margen de un archivo informático enumerado en un listado. Es un vicio analógico que seguramente resultará muy molesto a las generaciones venideras, como una nostalgia viejuna y desgreñada.

Por supuesto, la he vuelto a ver esta misma tarde. Me la sé prácticamente de memoria, y tengo clarísimo que cuando Holly Martins (el grandísimo Joseph Cotten, uno de esos actorazos nunca del todo bien ponderados) dice aquello de "Sólo soy un escritor de novelas que bebe demasiado y se enamora de chicas como usted", quien habla realmente es Graham Greene, que se hace un autorretrato en forma de brindis.

Fue un gusto descubrir que el escritor argentino Rodrigo Fresán también vive obsesionado por esta peli, ya que la ha convertido en uno de los leitmotivs más recurrentes de su obra, que va cargadita de leitmotivs. Es reconfortante saber que no se está solo, que hay otros drogadictos enganchados al mismo opio.

El tercer hombre surge de un encargo que le hacen a Graham Greene. Alexander Korda, en medio de alguna borrachera de dry martinis, le propuso escribir el guión de una peli ambientada en la destruida Viena de posguerra. El borracho novelista inglés aceptó el reto y se puso a currar en serio. Pero, según contó él mismo (así que créanse lo que quieran, porque los escritores mienten apenas hilvanan dos frases), se bloqueó. Cuando ya tenía bastante clara la trama y el perfil de los personajes principales, se quedó seco, no supo cómo encauzar y vertebrar toda la historia. No se le ocurría nada, y por más scotch que bebía, el nudo no se deshacía.

Después de dos semanas trasteando por Viena, se le acabó el plazo: tenía que largarse a escribir y empezar a enseñar la faena a sus jefes, pero el pobre Greene no tenía nada más que unos cuantos folios emborronados con cuatro o cinco ideas que le sonaban idiotas y miserables:

El penúltimo día [de su estancia en Viena] tuve la suerte de almorzar con un joven oficial del Servicio de Inteligencia Británico (...). Él me contó cómo cuando se hizo cargo de Viena exigió de las autoridades austriacas una lista de la policía vienesa. Una sección de la lista tenía la cabecera POLICÍA SUBTERRÁNEA.

"Desháganse de esta gente -ordenó-, las cosas han cambiado", pero un mes más tarde descubrió que la "policía subterránea" continuaba en la lista. Repitió irritado su orden y entonces le explicaron que la "policía subterránea" no era policía secreta, sino una policía que literalmente trabajaba bajo tierra, en el enorme sistema de alcantarillado.

Ahí se desatascó todo. De repente, la historia se compuso en su cabeza, perfectamente estructurada y resuelta, con su clímax, su tensión sexual, su todo. Luego tuvo que cambiar algunas cosas por exigencias de la productora: el prota se llamaba Rollo y era inglés, pero al fichar a Joseph Cotten para el papel, lo convirtió en americano y le bautizó como Holly Martins porque, por lo visto, Rollo significa maricón en el slang de algunas zonas de Estados Unidos. Tuvo que hacer otros cambios menores para ajustar al malvado Harry Lime a la presencia y la voz de Orson Welles, y podar alguna que otra rama más, pero lo esencial de la peli está en la novela corta que escribió como base para el guión y que se publicó años después con prólogo aclaratorio (donde cuenta todas estas batallitas).

Por supuesto, cuando El tercer hombre tomó forma definitiva en su cabeza con la epifanía reveladora de la policía de alcantarillas, ¿a que no sabéis qué hizo? Sí, señor, se fue a celebrarlo con unas copas en el Oriental, uno de los garitos nocturnos de Viena que quedaban en pie. Hay escritores que nacen con el hígado de titanio.

Foto: la persecución final por las alcantarillas de Viena, con la policía subterránea de perseguidora.

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2 comentarios

S. del Molino -

Pues sí, pues sí.

La cuñada -

Vaya, creo que he acertado de lleno con mi regalo, eh???

Me alegro.

Besicos
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