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El Blog de Sergio del Molino

EL LUPANAR ETERNO

A propósito del libro de Gracq que comentaba el otro día. En general, tiene razón el gruñón francés, pero falla en una cosa esencial: durante todo el panfleto, atribuye todos esos males de la república de las letras a la sociedad de masas surgida tras la Segunda Guerra Mundial. Implícitamente, asoma la muletilla de "esto en mis tiempos no pasaba".

¿Que no?

Amos, anda.

La cantinela de que todo tiempo pasado fue mejor la llevamos escuchando desde que a un homo sapiens se le irritaron las cuerdas vocales de tanto comer mamut y tosió emitiendo un sonido quejumbroso que hoy llamamos lenguaje. Lo primero que dijo un humano fue: "Estos jovenzanos imberbes no saben cazar bisontes como es debido. En mis tiempos sí que se cazaba bien, ahora ya no saben ni afilar la lanza de sílex. Vamos hacia el abismo".

Todo lo que denuncia Gracq sigue vigente, pero no era nuevo en 1950. Lo único nuevo de 1950 era la sociedad de masas institucionalizada. Lo nuevo era el ascenso de una clase media que quería aparentar dignidad burguesa, y la forma más fácil de adquirirla era a través de la cultura, que es una de las fuentes de legitimación social más poderosas desde que los bailes de primavera de los duques de Medina-Sidonia pasaron de moda. Incluso llego a sospechar que lo que le molesta realmente a Gracq no es el teatrillo vanidoso de la farándula letraherida, sino que el público, selecto y educado antes de la guerra, se haya llenado de gañanes recién salidos de la aldea, con el pelo de la dehesa a medio sacudir.

Porque casi 200 años antes que Gracq, un español, José Cadalso, ya dejó caer alguna que otra andanada parecida en Los eruditos a la violeta. Y entonces no había una industria cultural ni unos periodistas amarillosos a los que echarle la culpa.

Incluso en una cultura cortesana y de salón pueden identificarse males parecidos. Es extraño que nos emperremos en no verlo y atribuyamos siempre a nuestros antepasados una dignidad que nosotros, al parecer, hemos perdido.

Pues os voy a contar un secreto: nuestros antepasados, aunque parezcan algo en los retratos antiguos, eran unos hijos de puta.

Hicieron cruzadas, exterminaron razas indígenas enteras, esclavizaron a varios continentes, churruscaron en hogueras a todo quisque, les gasearon, les empalaron, les abrieron en canal, les deportaron, les encerraron en guetos...

¿Por qué razón debemos suponer que los literatos que vivían en esas sociedades eran mejores artistas y personas que los literatos actuales? En principio, yo tiendo a presuponer que eran, por lo menos, tan hijos de puta como ellos. No hay motivo para deducir que tuvieran un estatus moral o estético superior. En eso sigo siendo marxista y creo que el arte es fruto de su tiempo. Un tiempo esclavista genera un arte esclavista.

Otra cosa es que sepamos leer a toro pasado. Otra cosa es que sepamos rescatar lo que nos interesa y lo que nos emociona. Otra cosa es que, pasados los años, sepamos abstraernos del hombre y nos centremos en la obra. Tras el refinado que sólo el transcurrir de los siglos puede realizar, nos queda un repertorio de lo mejor, de lo más interesante, y la filfa queda fuera. Ni la miramos siquiera.

Lo malo del presente es que la filfa no se puede apartar. Todavía no se ha tamizado nada y es difícil saber qué merecerá la pena y qué quedará en el olvido. Para escribir el libro de los alemanes he vaciado varias colecciones de periódicos de 1916 hasta entrados los años 20, y por curiosidad he seguido la crónica cultureta de aquellos años. ¿Sabéis dónde estaban los nombres que estudiamos hoy en los libros de texto, esos de la generación del 98 y del 27? En ningún sitio. Si acaso, en la letra pequeña. Nada de lo que aquella gente consideraba grandioso o imprescindible ha aguantado hasta hoy. Lo que leemos ahora era marginal entonces. No todo, pero sí en buena medida. Los intereses, el amigueo y la crítica aduladora y manipuladora funcionaban entonces igual que ahora, encumbrando a mediocres y soslayando a los curritos honestos. Sólo que entonces había muchos más analfabetos y la cosa cantaba menos, sólo concernía a cuatro señoritos cultos. La diferencia es cuantitativa, no cualitativa.

De los tiempos de Gracq a esta parte parece que lo único que ha cambiado es la sofisticación de los protocolos culturetas. Todo escritor que publique con una editorial firma un contrato en el que se compromete, en una cláusula estándar, a colaborar activamente en la promoción del libro, concediendo entrevistas y asistiendo a los saraos que el editor considere menester. Yo lo he firmado las dos veces sin rechistar (pero a mí no me duele: soy un exhibicionista de gabardina, me mola que me saquen de paseo).

Este requisito no es un dogal, claro, pero está mal visto que un autor se escaquee de esas obligaciones (aunque un escaqueo bien llevado puede ser un arma promocional más poderosa que el machaque continuo: miren Salinger, o Elfriede Jelinek. No estar nunca, a veces, es más eficaz que estar a todas horas, como les pasa a esas chicas que se hacen las distantes y cuyo desprecio nos erotiza mucho más que si nos lo pusieran fácil).

Los mecanismos están más controlados y hay más aros por los que un escritor se ve conminado a pasar, pero, en lo fundamental, hoy como hace mil años, la república de las letras es una casa de putas. Forma parte de su encanto. De su despreciable encanto, si lo quieren así. A mí me reconforta saber que está poblada por humanos con las mismas mezquindades que los demás, y no por seres puros e insoportablemente enmohecidos en sus torres de marfil o de alabastro.

Porque, puestos a considerar dioses a los juntaletras, prefiero que sean dioses griegos, con sus raptos, sus orgías y sus matanzas, que aburridos déspotas absolutos judeo-cristianos con el culo tan gordo como para tenerlo en todas partes.

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1 comentario

Mario -

Autor bueno, es el autor muerto... Jeje, y no importa época... Y si es poeta, que le calven una estaca en el corazón por si acaso...
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